“La más noble función de un escritor es dar testimonio, como acta notarial y como fiel cronista, del tiempo que le ha tocado vivir”.

Camilo José Cela

domingo, 3 de diciembre de 2023

Historias profanas. De Gardel a Sarli

Historias profanas
De Gardel a Sarli


Por Edinson Martínez

En la ciudad donde he vivido siempre, durante mi niñez y parte de la adolescencia, había dos salas de cine emblemáticas, estaban ubicadas en el mismo perímetro urbano de su casco central, frente a la plaza principal de aquel bucólico pueblo de entonces.
 Uno de aquellos cines exhibía las novedades de la pantalla grande que llegaban con el retraso comprensible para un apartado pueblo a orillas del lago de Maracaibo lleno de migrantes europeos y gente venida de todas partes atraída por la explotación petrolera. El otro de los cines no se detenía mucho en escogencias fílmicas, todos los días tenía cartelera de dos turnos; el primero de ellos cayendo la noche, y el otro, inmediatamente después, cuando el común de los habitantes de aquella ciudad redonda con unas cuatro calles más o menos importantes, comenzaba a cabecear por el cansancio de la jornada laboral. Ciudad Ojeda es su nombre.

Así, en esos instantes dando paso a la noche plena, la pantalla del viejo establecimiento a cielo abierto, irónicamente identificado como Cine Nuevo, se encendía tentadora ante sus lúbricos espectadores para seducirlos durante casi dos horas con las imágenes impúdicas de la proyección para adultos. Hasta el filo de la medianoche se extendía la función, y luego, como una romería de noctámbulos impenitentes, en silencio, o en alegría contenida, cada quien buscaba el modo de regresar a su casa en un pueblo vencido por el sueño.   

Por razones de edad, como adolescente, nunca pude entrar a ninguna de esas proyecciones, pues, siendo tan pequeño el poblado, cada portero, casi siempre seleccionado por su cara de vinagre para desempeñar su papel a cabalidad, conocía a las generaciones de muchachos deseosos de conseguir un asiento en una de estas funciones sin tener la edad respectiva. Así que la única opción consistía en burlar las prescripciones reglamentarias, entrañando de este modo una doble infracción para los menores de edad: ver una película pornográfica sin edad para ello, y, además, violar la seguridad del cine para conseguir semejante propósito. Más tarde, cuando aquel cine erótico de los años sesenta y setenta del siglo pasado se convirtió en una risible y atontada muestra libidinosa del género, por virtud de las fronteras lujuriosos que fueron superándose en las grotescas escenas de las sucesivas producciones, pues dejó de interesarnos. Al portero, podía verlo de vez en cuando en una de las cafeterías aledañas al cine; un pintoresco lugar propiedad de los únicos dos suizos que vivían en la ciudad. Ya no era el ácido personaje de aquellos años, sino un sujeto reservado, flaco y largo con cara de chino viejo que tomaba una taza de café con manos temblorosas en evidente muestra de un Parkinson avanzando sin remedio.    

De aquellos días inquietos que el recuerdo comienza a palidecer, tengo presente las imágenes de la fachada del Cine Nuevo, en cuyos flancos de su entrada principal se exhibían llamativos afiches o posters de la película de turno, mientras en la parte superior, en grandes letras, destacaba el título del estreno para adultos. De muchas de ellas tengo el recuerdo vivo anunciándose tentadoramente en sus carteles de promoción. En ellos se mostraba la figura voluptuosa de la estrella en pose sugestiva, en tanto, de manera visiblemente calculada, destacaban el nombre de la protagonista y el respectivo lema publicitario: Isabel Sarli en Lujuria Tropical. Pasión en sus ojos, fuego en sus labios, deseo en su cuerpo.

La ficha técnica de la producción fílmica, era lo de menos, a nadie le interesaba, apenas el nombre del director, en algunos casos, dada la filiación existente entre él y la sensual interprete, del resto, como podría ser el guionista, edición y montaje, musicalización, o el nombre del conjunto de actores y actrices que asimismo formaban parte de la realización cinematográfica, a pocos importaba. Nadie se detenía en semejantes detalles.

En realidad, esta clase de filmes era un producto de consumo masivo para hombres, correspondiendo estrictamente a los valores y cultura dominante de la sociedad machista y sexista de aquella época, así que sólo interesaban las escenas de los desnudos que realizaba la protagonista. La propia actriz argentina mencionada antes, en algún momento, contando varias de sus anécdotas en diversas apariciones, llegó a referir que, sus películas cuando no tenían desnudos, su éxito era muy limitado y de poca aceptación del público. En una entrevista con Jorge Coscia en Puerto Cultura en septiembre de 2012, así lo afirma: 

“…Y la película, yo no hice desnudos porque decían que, si Armando era un comerciante, que me ponía desnuda y así ganaba dinero, el otro que era un intelectual, tan querido por los periodistas, y a Armando no lo querían, era el loco, le decían el loco…bueno, yo no voy a hacer desnudos, y no hice desnudos… Setenta veces siete [comenta el entrevistador], un fracaso de público, una película con muchos valores artísticos […]

Hablábamos de Setenta veces siete [continua Jorge Coscia], dirigida por Torre Nilsson, una película que desilusionó a muchos de los seguidores de las películas de Armando Bo porque no había desnudos […]

Viste … [refiere Isabel Sarli] Que iba siempre un hombre con un cuenta ganado para contar la gente que entra al cine y dicen que, cuando se estrenó Setenta veces siete, uno dijo:

“¡Esta es la peor de Armando Bo!”. Porque no había ningún desnudo…”

Mientras escribo esta crónica, lindando la medianoche, se desata una tormenta surgida del calor húmedo que ha sofocado todo el día; se levanta rabiosa viniendo del oeste, marcando el inicio del cambio de temporada climática en la región. En mayo, las lluvias se anuncian con unos calorones pegajosos que, cuando menos las personas esperamos, de pronto en el cielo incandescente que un sol como un disco leonado alumbra, se forma una ventolera que rápidamente trasmuta en oscuros nubarrones lanzando unas gotas pareciendo proyectiles de agua. Así es nuestro trópico deslumbrante –pienso–, ese que Regis Debray con su mirada de otras latitudes, admitiera alucinado en la narrativa de una de sus novelas.

“¿Cómo inventar la melodía de un tiempo cómplice en una región que no tiene estaciones? ¿Cómo componer una partitura para dos voces y un violoncelo donde hace más de treinta grados a la sombra desde la mañana a la noche y nunca menos de veinte desde el atardecer a la mañana? ¿Dónde el verano está separado del invierno por un aguacero y no por un otoño? ¿Dónde los verdes son verdes lo mismo en julio que en enero y las corolas de los tulipanes escarlatas durante todo el año…? El año de Europa es una montaña rusa, un folletín de episodios…”      

          El Indeseable (1975). Regis Debray

El 25 de abril de 1935 Carlos Gardel llegó a Venezuela, venía de Puerto Rico, y era la primera vez que se encontraba en América del Sur, sí en América del Sur, si tomáramos en serio, con la prescindencia obvia del sarcasmo implícito que tiene aquel episodio comentado por el también argentino Tomas Eloy Martínez, cuando de regreso a Buenos Aires, después de pernoctar en Caracas, el taxista muy solemnemente le pregunta: “¿qué tal van las cosas por América Latina?

En efecto, era la primera ocasión en que el ídolo tocaba tierra tropical en el subcontinente. Fue un jueves de abril cuando arribó al puerto de La Guaira, una localidad del centro norte costero de Venezuela, precipitada sobre una extendida costa del mar Caribe, teniendo de fondo el paisaje verde de las montañas que rodean la capital del país. El Caribe, para quienes por primera vez se le acercan, tiene una impresión deslumbrante, de desconcierto no siempre bien comprendida por quienes en un principio lo descubren: una realidad llena de hechos extraordinarios rodeada de un paisaje natural exótico, y una alucinante variedad de formas culturales que amalgama las ancestrales con las raíces africanas y la presencia europea de la Conquista, y también, además, la subsiguiente a causa de los grandes conflictos armados del siglo pasado.  Gabriel García Márquez, así lo apunta en sus Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, en una publicación titulada El olor de la guayaba (1982).  

“Yo creo que el Caribe me enseñó a ver la realidad de otra manera, a aceptar los elementos sobrenaturales como algo que forma parte de nuestra vida cotidiana. El Caribe es un mundo distinto cuya primera obra de literatura mágica es el Diario de Cristóbal Colón, libro que habla de plantas fabulosas y de mundos mitológicos.

Sí la historia del Caribe está llena de magia traída por los esclavos negros de África, pero también por los piratas suecos, holandeses […]. La síntesis humana y los contrastes que hay en el Caribe no se ven en otro lugar del mundo…” 

Aquel día, Carlos Gardel se sintió rodeado del júbilo parroquiano de un país dominado por el conservadurismo y una autocracia de más de un cuarto de siglo. Pocas veces un suceso con esas características ocurría en la cotidianidad soporífera de la dictadura. Más tarde atemperados los ánimos en ciudad costera, Gardel y su comitiva se trasladan a Caracas en un viaje de dos horas por vía férrea. Su llegada a la capital causó el mismo entusiasmo y veneración con el que fuera recibido en La Guaira.

El cantante venía a Venezuela a realizar varias presentaciones, por eso los organizadores de la gira escogieron las ciudades de mayor población y dinamismo económico, y de acuerdo con ello ofrecieron recitales en Caracas, Valencia, Maracay y Maracaibo. Ante el mismísimo dictador Juan Vicente Gómez, en la ciudad de Maracay, realizó una presentación con exclusividad. El viejo y taimado autócrata espantaba entonces de sus alrededores, la mosca de la muerte olfateando su destino –Gómez falleció el 17 de diciembre de ese mismo año–, acaso también la de algún otro en asombrosa fatalidad poco después. Enguantado, como de costumbre, y con su proceder austero, recibió a Gardel y sus acompañantes, igualmente seducido por su talento.    

Una vez concluida la bien estructura gira en el centro del país, continuó a Maracaibo, la capital del naciente emporio petrolero de Venezuela, donde haría una exquisita actuación en los escenarios más importantes de la ciudad, conocidos como teatro Baralt y teatro Metro. En ellos estuvo los días 18 y 19 de mayo de 1935, ovacionado y venerado como todo un ídolo.

Así pues, el éxito del periplo artístico había desbordado las expectativas de sus promotores. Entonces, en último momento, fuera de los planes iniciales, un empresario de espectáculos de nombre Giovanny Pasini, persuade a los organizadores de la prolongada gira, de la idea de incorporar una nueva presentación. Sería un evento relámpago, muy rápido, a pocas horas, en una ciudad cercana, de nombre Cabimas; el verdadero epicentro de la producción petrolera nacional, incluso del hemisferio occidental, a la que Eduardo Galeano, el escritor uruguayo, visitaría décadas después y bautizara como El pezón de América. 

Esta ciudad contaba con una población de unos quince mil habitantes y era el asiento, por otra parte, de las más importantes empresas transnacionales que explotaban el petróleo en todo el planeta. Para trasladarse a ella debían viajar atravesando las aguas del lago de Maracaibo, un estuario de 13.210 km² de superficie que separa a la capital –Maracaibo– del resto de la geografía regional. La travesía la realizarían en una embarcación pequeña durante dos horas surcando el remanso lacustre.

Así, el 20 de mayo, el empresario y propietario del lugar –Cine Internacional– donde actuaría Carlos Gardel, se vistió de gala para recibirlo.

Una multitud se concentró en el muelle de Cabimas para darle la bienvenida al Zorzal Criollo. Personas de todas las edades y sexo se agolparon para ver pasar al célebre cantante quien, con su cortesía habitual, saludaba a todos los admiradores que más tarde vería en el Cine Internacional.

A las 7 de la noche la locación estaba de bote en bote, no cabía un alma. Todo presagiaba un éxito rotundo. Al parecer, Gardel había sido contratado para cantar únicamente tres temas, presumimos, sólo eso, que fueron los tangos de mayor popularidad, entre ellos, quizás, el infaltable Cuesta abajo, o Por una cabeza, tal vez, Tomo y obligo, o Mi Buenos Querido, si asumiéramos que fueron cuatro y no tres. “La memoria es, al fin de cuentas, una cuestión de lenguaje”, diríamos, acompañando aquellas palabras de Tomás Eloy Martínez durante el verano sureño de 2006 en su artículo Con el pasado que vuelve. Pues, la cantidad no alteraría en nada, los sucesos que habrían de presentarse en poco tiempo. 

El caso es que, promediando las diez de la noche, el espectáculo da inicio con la aparición en escena del ídolo tanguero, sus guitarristas acompañaron la ejecución acordada y, al finalizar, sin mayores explicaciones, Carlos Gardel se retiró apresurado sin despedirse. El público, en medio del calor sofocante, del alboroto expectante cobrando fuerza, al darse cuenta, como siempre ocurre en estos casos, siguiendo a una voz incendiaria surgida de la euforia, se enardeció tanto que, en cuestión de segundos, generó una revuelta. Ese descontrol alcanzó fue tan brutal que, las instalaciones del cine, ante la vista de todos, de pronto comenzaron a ser devoradas por un fuego desenfrenado que se extendía desde el fondo del austero proscenio. En pocos minutos las lenguas flameantes del candelero siniestro consumieron el cine de Pasini,

Carlos Gardel regresó a Maracaibo, probablemente no se enteró de lo ocurrido en Cabimas, quizás llegó a tener alguna información vaga, o imprecisa del incidente, nadie lo podría asegurar. El cantante, como estaba previsto, en poco tiempo partió a Curazao, posteriormente a Colombia, y a Medellín, en donde a treinta y cuatro días de aquel incidente en la levantisca tierra petrolera, fallece en el trágico accidente aéreo que marca un antes y un después en la historia del tango.    

La leyenda urbana que surge de aquel suceso en Cabimas, registra los hechos de otra manera: una desmelenada salida del artista, perseguido por una multitud reclamándole por una pésima presentación, en la que nunca pudo escucharse nítidamente su voz ni los acordes de los guitarristas en la abreviada interpretación. Acaso Jorge Luis Borges, en su genialidad, comprendiera este proceder humano de fabular al margen de la realidad, como el camino a la inmortalidad.

“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecuta puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo entre los mortales tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso.”

El Aleph (1949). Jorge Luis Borges

En mayo, el mes escogido por los indescifrables caprichos del azar, Gustavo Cerati –y esto lo recuerdo ahora– nos visitó en Venezuela para ofrecer el recital que le traía de gira por varios países de la región. Fue el último concierto del paisano de Gardel. El 15 de mayo de 2010, después de ofrecer su presentación en Caracas, Cerati sufrió un accidente cerebrovascular isquémico del cual nunca pudo recuperarse.

En el juego de la vida, un poco en manifestación sarcástica al fortuito vaivén de los hechos que trastocan el discurrir parsimonioso de la vida, Daniel Santos canta esa reconocida melodía tropical. He aquí el estribillo de la canción estrenada en 1953.

En el juego de la vida

Juega el grande y juega el chico

Juega el blanco y juega el negro

Juega el pobre y juega el rico.

En el juego de la vida

Nada te vale la suerte

Porque al fin de la partida

Gana el albur de la muerte…

Y confieso que quizás sea una tentación de escritor la de atar casualidades, donde no existe sino una circunstancia transmutando en la imaginación del autor. Al fin y al cabo, el oficio, pareciera que nos va cincelando como el escultor moldea a su obra. En Panamá, en la recepción del hotel donde me hospedé años atrás, aquella tarde mientras esperaba por el taxi, caminaba de un lugar a otro, un poco impaciente me movía, y de pronto, un señor que me observaba sin percatarme, se me acerca amable y después de un saludo con tanta cortesía que parecía un esgrimista de las palabras, me preguntó: “¿Usted es escritor?”

Entonces, pensé –mirándolo sonriente–, que cada quien busca en este mundo de anónimos andantes, a lo mejor sin saberlo, a sus propias contrapartes, o quizás la levadura de la alquimia creativa que a veces le absorta. Los celosos suelen ver infieles en el conjunto; los policías a los maleantes; los médicos, los signos del enfermo en el paciente que aún no tiene. El político, a un seguidor tras cada gesto inocente y, el escritor, a sus personajes del próximo libro. Aquel encuentro, también fue durante un mayo caluroso presagiando tormenta, justo como ahora, cuando escribo esta crónica de historias profanas.

Y es que suelen ser tan indescifrables las vertientes del azar, los cabos sueltos de una realidad que se muestra en episodios aislados, que, si no fuera porque es muy larga y lenta la historia de los hombres, las casualidades nunca se advertirían. En 1958 Pascual Nicolás Pérez, boxeador argentino, campeón mundial del peso mosca, tuvo como retador al único venezolano que hizo mérito para destronarlo, su nombre: Ramón (Ramoncito) Arias, natural de Cabimas. La contienda se llevó a cabo el 19 de abril de 1958, en Caracas, y esa noche, Arias fue derrotado por decisión. Su pueblo, Cabimas, atento a los pormenores, lo vio ganador.

En mayo de 2007, de regreso de Buenos Aires, tal vez a unos cuatro o cinco días, posiblemente en la semana siguiente, una noche ahora imprecisa, ya tarde, costándome un poco conciliar el sueño, decidí mirar la televisión para intentar dormirme. Así, jugando con el control remoto, fui paseándome por varios de los canales sin interés específico en ninguno, de repente, al detenerme en América TV, noto que, en un programa de entrevistas, al parecer de personalidades del medio artístico, una mujer mayor conversaba amenamente con el periodista. Se trataba de una anciana muy atractiva, elegante, con gran facilidad para expresarse y, sobre todo, bastante espontánea para referir cada comentario, eso, precisamente, fue lo que hizo –si obviamos el imperativo albur de las casualidades– que me quedara siguiendo la entrevista hasta conocer de quién se trataba. Al cabo de unos minutos, no muchos, el presentador finalmente dice su nombre: ¡Isabel Sarli!

Sí, nada más y nada menos, que la chica sensual, medio desnuda que aparecía en los posters de mi adolescencia anunciando sus películas en el Cine Nuevo de mis recuerdos. Nunca había visto una entrevista de ella ni tan siquiera escuchado su voz hasta esa medianoche. Hablaba de su experiencia como actriz de cine erótico, de la censura en la Argentina para las producciones de este género. De aquellas cintas que mejor recordaba por su desafío artístico y técnico; de sus filmaciones en Brasil, Uruguay, Paraguay, México, Estados Unidos y otros países; de su amor devoto por Armando Bo, su esposo, en fin, un repaso más o menos nostálgico de su vida, a propósito del cual, el entrevistador, quizás aprovechando ese soplo mustio con el que en ocasiones giraba la conversación, le inquiere de pronto sobre alguna anécdota que particularmente recuerde. Aquí, entonces, la Coca Sarli, como también se le conoció, comienza por decir con una sonrisa llena de gracia:

Sí, tengo una anécdota que recuerdo muy particularmente, fue en Venezuela [Entonces, todos mis sentidos se pusieron alerta], en una región petrolera…, que ahora, esperáte…, no recuerdo bien…, sí, ya está, en Cabimas, fue en Cabimas…, donde nos contrataron para hacer una presentación, una promoción o algo así, aquello estaba lleno, el cine, muchos hombres, trabajadores petroleros, seguro... El caso es que se formó un alboroto tan grande, todos exaltados, volaron sillas y cosas, y la gente se nos venía encima. Tuvimos que salir prácticamente corriendo de aquel lugar.

De aquella entrevista conservo nítidamente en mis recuerdos sus comentarios, y eso es justamente lo que hago al transcribirlos. No pudo ella establecer la fecha de aquel episodio ni el momento preciso en que estuvo en Venezuela.

En 1964 se estrenó la película Lujuria Tropical, llegó a las carteleras de los cines comenzando el año, según anotaciones de la época, fue todo un éxito taquillero. El filme es una coproducción argentino-venezolana rodada en el oriente de Venezuela, en una paradisiaca playa emplazada en las costas del mar Caribe de nombre playa Colorada, una verdadera incitación al pecado por la calidez de sus aguas y un paisaje estimulante. Allí estuvo Hilda Isabel Gorrindo Sarli (Isabel Sarli) junto al resto del elenco de la producción cinematográfica, y naturalmente, su director y guionista Armando Bo –que aquí, de acuerdo con la chispa caribeña para referirnos a situaciones como estas, diríamos sobre él: “que era el novio de la madrina, cuarto bate y dueño del equipo”–. 

Es probable que, en la oportunidad del rodaje, la actriz haya visitado a Cabimas, o, más tarde, durante el estreno, en enero de 1964, y fue entonces, cuando ocurrió el episodio contado por ella ya de manera graciosa en América TV.

El caso es que de esa visita apenas queda el recuerdo, una luz viajando huérfana entre el sueño y la realidad. 

jueves, 19 de octubre de 2023

Que nadie sepa mi sufrir

Que nadie sepa mi sufrir

Por Edinson Martínez
@emartz1


No tratándose de mis pesares, debo aclarar a mis lectores que el título del presente texto corresponde a una vieja canción escrita en 1936 por un argentino de nombre Enrique Dizeo, poeta y compositor dedicado al género del tango. Es una de esas letras corta venas, angustiante y sufriente, a la usanza de las tragedias del desamor cantadas en los tangos que, sin embargo, fue arreglada en ritmo de vals peruano por el también argentino Ángel Cabral. Creo, de acuerdo con los entendidos, en que fue la pieza musical de mayor reconocimiento para su autor. ¡Y vaya que tuvo una extensa lista de composiciones!

Enrique Dizeo tuvo una larga vida, murió a los 87 años, después de vivir entre dos siglos y conocer a las glorias más destacadas del género al que dedicó su talento. Murió en Buenos Aires, durante el otoño de 1980, mientras las hojas de cada Jacarandá se desprendían marchitas a causa del ciclo estacional que cambia el clima de la ciudad. Llevó una vida de contumaz soltería y con ella se despidió de este mundo, como quizás podría expresar la letra de cualquiera de sus inspiraciones.  

La canción me despertó el interés a partir de un comentario inocente realizado por un viejo amigo sobre Julio Jaramillo, el cantante ecuatoriano que anduvo de gira –y de farra también–  por varios rincones de nuestro país, dejando, sino un hijo, al menos varios corazones rotos entre muchas de sus admiradoras.

El Ruiseñor de América, como se le conocía al ídolo musical, estrenó la ya casi olvidada melodía en 1973. De inmediato se convirtió en todo un éxito, como casi todas sus interpretaciones, pues no había rocola que no sonara la canción ni despecho que no la exigiera para alimentar la congoja. Cincuenta años atrás las penas de amor se saldaban con licor y música, no sé ahora cómo se resolverán, si es que acaso todavía existen desconsuelos del corazón. El caso es que esta canción, como muchas otras, según la moda de la época, estaba hecha a la medida para aliviar las aflicciones de Cupido.   

No te asombres si te digo lo que fuiste.

Un ingrato con mi pobre corazón.

Porque el fuego de tus lindos ojos negros.

Alumbraron el camino de otro amor.

Y pensar que te adoraba tiernamente.

Que a tu lado como nunca me sentí.

Y por estas cosas raras de la vida.

Sin el beso de tu boca yo me vi.

Amor de mis amores, amor mío.

¿Qué me hiciste?

Que no puedo conformarme

Sin poderte contemplar…

Que nadie sepa mi sufrir suena reinventada en la voz de Julio Jaramillo en acordes de bolero, dejándose escuchar con ese tono tan particular que los especialistas denominan tenor ligero mientras que, para el común, sus interpretaciones simplemente estaban realizadas con un acento suave y delicado similar al movimiento que despliega una bailarina de ballet. Ya pocos recordaban aquella vieja canción cuando el ecuatoriano la puso de nuevo entre los gustos de la gente, no obstante, que la melodía ya había alcanzado un importante éxito a mitad del siglo pasado en la voz de la leyenda francesa Edith Piaf, quien tomó sus acordes y la versionó con otra letra bajo un título diferente, dándola a conocer así internacionalmente como si en realidad se tratara de una novedad armónica. Una osadía musical de alguien que se había convertido en un mito viviente, aportándole al encanto de la composición, el valor agregado del talento de su voz. El título en francés de dicha versión es La foule (La multitud).  

Al parecer el origen de esta curiosidad musical se remonta a una visita de la cantante parisina a la Argentina en 1953, a la ciudad de Buenos Aires, donde realizó varias presentaciones. Eran los tiempos de gloria del peronismo (1946-1955), y una cierta admiración estética por el ámbito cultural y arquitectónico francés, pues, por alguna razón, a la capital del país sureño, alguna vez se le conoció como la Paris de Sudamérica. Así entonces, la renombrada figura de la canción, pudo escucharla en la voz de un cantante de nombre Alberto Castillo. De inmediato se prendó de la pieza musical y en 1957, por encargo a Michel Rivgauche (1923-2005), letrista y arreglista francés, se estrenó la nueva versión resultando en todo un éxito. Desconozco si se libraron los respectivos derechos de autor y demás asuntos legales concernientes a la difusión de La foule dada la similitud de sus acordes con la pieza original. En nuestros tiempos, sin las validaciones de rigor, eso habría significado una reclamación legal de grandes proporciones.Vo a ver la ciudad en fiesta y en el delirio.

Asfixiando bajo el sol y bajo la alegría.

Y oigo en la música los gritos, las risas.

Que estallan y reverberan a mi alrededor.

Y perdida entre esta gente que me empuja.

Despistada, desamparada, me quedo allí.

Cuando de pronto me doy la vuelta, él retrocede.

Y la muchedumbre viene y me tira entre sus brazos

                                                           Versión en español de La foule

Como puede notarse son letras diferentes, pero, como antes señalé, tienen una idéntica cadencia musical.

En 1973, fecha del estreno de la canción por Julio Jaramillo, en Venezuela se vivía un clima de efervescencia política derivada de las elecciones presidenciales que se llevarían a cabo en diciembre. En junio de ese año, el Consejo Supremo Electoral rechazó la inscripción de la candidatura de Marcos Pérez Jiménez, solicitada por el partido Cruzada Cívica Nacionalista. La resolución se fundamentó en la enmienda constitucional que lo inhabilitó políticamente. A cincuenta años de aquella decisión, el país todavía apela a inhabilitaciones políticas como instrumento de contención para garantizar la estabilidad del statu quo.   

Así como el llamado boom literario latinoamericano iniciado en la década precedente transformó para siempre la percepción del resto del mundo sobre nuestra literatura, a partir de 1973, entre octubre y diciembre de dicho año, las relaciones de los países exportadores de petróleo, entre ellos, naturalmente Venezuela, y las economías desarrolladas, en términos de la dinámica de precios y producción de crudo, ya no serían nunca más las mismas. En ese lapso de unos pocos meses, las cotizaciones internacionales del petróleo se cuadruplicaron, ubicándose en casi 12 dólares el barril. De modo que, en diciembre, el aspirante presidencial victorioso, ya sabía que su periodo gubernamental contaría, al menos, durante su primer año, con abundantes ingresos fiscales para sus planes.  

“En octubre de 1973, la OPEP dispuso suspender sus envíos de petróleo a Estados Unidos, en represalia por el apoyo de Washington a Israel durante la guerra de Yom Kipur. Al mismo tiempo, decidió recortar su producción y fijar precios de exportación más altos, que pasaron de US$ 2,90 a mediados de 1973 a US$ 5,12 en octubre y a US$ 11,65 en diciembre.

La multiplicación por cuatro de los precios provocada por el embargo del petróleo árabe y la asunción por los exportadores del control completo para fijar esos precios, produjeron grandes cambios en todos los rincones de la economía mundial.”

Tomado de El Economista. Versión digital. Por Pablo Maas. (8 de julio de 2021)

Entre 1973 y 1977, varias veces el ídolo ecuatoriano anduvo de gira por nuestro país, en la región donde vivo era frecuente verlo presentarse y concitar alrededor suyo una multitud de seguidores. En ocasiones, huyéndole en cierto modo a las impertinencias de muchos de sus admiradores, daba sus paseos acompañado de sus más íntimos bajo la mayor reserva posible, sin embargo, aquello resultaba inútil, le era inevitable disimular aquel semblante cobrizo de risa fácil sembrado en la memoria colectiva con tanto afecto.

De la mano de un empresario artístico con nombre de personaje novelesco vino a tierras zulianas incontables cantidad de veces. Pedro Camacho se llamaba, como aquel de La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa, quien acompañándolo en los trajines de sus presentaciones siempre resultaba admirado por el hondo calado del cantante en el sentimiento popular. En ocasiones, tratando de evadir el asedio de las personas, intentaba ocultar su figura con algún ingenio inocente que al final resultaba inútil.

Julio Jaramillo era un hombre de mediana estatura, de cabello negro como una noche sin luna, siempre domesticado por el Brylcreem para que ni un solo pelo estuviera fuera de lugar. Se esmeraba en su cuidado personal siendo consciente del imán que atraían a las multitudes. Tenía un andar aplacado, como si midiera cada movimiento antes de proceder a ejecutarlo. Sus devociones, plenas de los excesos que en el medio abundaban, contrastaban con esa manera aliviada de conducirse. Tenía el aspecto natural de un seductor sin que debiera guiñar un ojo para comunicar su encanto. Era como un gato salvaje ponderando su presa cuando se quedaba callado, siempre vestido con una impecable guayabera blanca que rara vez dejaba de usar. Tuvo, según cuentan, 27 hijos y una infinita cantidad de mujeres. 

Julio Jaramillo murió en 1978, con apenas 42 años de edad, debido a una complicación vesicular que lo condujo a dos intervenciones seguidas para que, finalmente, un paro cardiaco lo despachara de este mundo en Guayaquil, su tierra natal. Fue un jueves, quizás como aquel que escribiera para sí César Vallejo en Piedra blanca sobre piedra negra.

“Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París -y no me corro- tal vez un jueves, como es hoy de otoño…”. 

La muerte del celebrado cantante se convirtió en la noticia impacto para toda la región. No hubo quién no lamentara su fallecimiento ni estación radial que no dedicara un programa especial con ocasión de su repentino deceso. Aquel día, en evidente muestra de su cercanía popular, en extraño giro de las cabriolas del azar, como igualmente ocurre ahora mientras escribo este texto, Juvencio Pulgar, diputado y secretario general del MAS en el estado Zulia, en la reunión ordinaria de su Comité Regional, al enterarse de la noticia, solicitó con la más absoluta solemnidad, un minuto de silencio en sentido homenaje al cantor popular. Debo decir ahora, escribiendo estas líneas que debo suspender por un rato, que Juvencio Pulgar también acaba de fallecer.  

Una madrugada, navegando en las nebulosas sendas de los recuerdos, cuenta uno de los testigos de aquellos días que el olvido irá sepultando, cercano el amanecer, en la recta final de unos tragos extendidos más allá de lo debido. De pronto, cuando ya no se esperaba a ningún otro cliente debido a las horas despeñándose atribuladas por la pendiente del nuevo día, un vehículo grande, de lujo, color blanco, moviéndose a paso lento, como si primero husmeara antes de decidirse a llegar, se detiene en el estacionamiento del club nocturno donde él y otros amigos despachaban sus últimos tragos.

“Aquel lugar era un establecimiento amplio, casi al aire libre, con muchas plantas y luces de colores en los techos de los corredores, siempre con un viento fresco que a esas horas era una bendición, mientras la música sonaba fuerte por todas partes, pero, sin embargo, dejaba fluir la conversación sin ese calibre atronador de estos días.

En una de las esquinas, pese al aire libre que circulaba, un ventilador inmenso no dejaba nunca de soplarnos generoso. Detrás de él, una mujer grande, con su mirada puesta en los clientes, no perdía detalles del cosmos etílico del salón. El caso es que, una vez aparcado el vehículo, un sujeto desciende de este con toda calma, se acerca caminando firme, pero pausado, erguido como una vara, de cabello oscuro y brillante, acompañado de quien salta presto del lado del chofer,

A medida que se acercaban al recinto, su figura se fue haciendo más nítida ante la iluminación de aquel club nocturno. El hombre vestía una guayabera blanca, manga larga, haciéndolo ver más elegante y sobrio en aquel lugar. En seguida, me doy cuenta del porte del individuo, de sus ademanes en el caminar, y al observar su cara de adolecente alegre, ciertamente, me pareció conocida, y por eso comienzo a buscarle las semejanzas con el ídolo ecuatoriano. Ni la ropa ni su andar eran propios del resto de los presentes.

A todas estas, el resto de quienes estaban en el salón, no se dieron cuenta de su presencia. Cada quien estaba en lo suyo y, como es de suponer, con mucho licor encima. Pero siempre hay un ojo que mira y un oído que escucha. La mujer detrás del ventilador cuando vio entrar al corredor principal aquella silueta en su impecable guayabera blanca, su cuerpo se irguió en reacción automática, como si viera un espanto, obedeciendo de inmediato a un impulso no consciente, como esas reacciones que se expresan súbitamente sin control alguno. Después, cuando reconoce la certeza de su presunción, en dominio pleno de sus gestos de perplejidad, se levanta del asiento rápidamente, y entonces toda su humanidad se despliega franca, como una pantera saliendo del tedio al estirar sus extremidades en exótica estampa.  De sus labios, en nítida locución, salieron las dos palabras que hicieron girar los rostros de varios clientes.

“¡Julio Jaramillo!”, exclamó jubilosa, poniéndose, en acto seguido, la mano en su boca.

–¿Y, era de verdad, Julio Jaramillo? –le preguntó.

–¡Claro que lo era!

Al pronunciar aquel nombre, los individuos que estábamos en sus cercanías nos sorprendimos, uno de ellos, el más joven y animado, se levantó de la silla, pidiéndole que lo acompañara para dar la bienvenida al famoso cantante. Lo cierto es que cuando la pareja de improvisados anfitriones va en dirección al sujeto, la persona que venía junto a él los detuvo a muy poca distancia, así como hacen los escoltas con sus protegidos, cerrándoles el paso casi al frente de quien se creía era el Ruiseñor de América. Entonces la mujer, burlándolo, dobló su mano en abierta coquetería y se la extendió embelesada para darle la bienvenida. “¡Bienvenido, Julio Jaramillo, al Campestre!”, le dijo eufórica.

El hombre se sonrió guardando silencio. Tomó delicadamente su mano y se la llevó cortésmente hasta sus labios, besándola en caballerosa muestra de su condición de seductor. Allí, en ese instante, me convencí de que realmente era Julio Jaramillo. La rocola, entonces, a todo volumen, sonó frenética Que nadie sepa mi sufrir.”  

domingo, 17 de septiembre de 2023

De tan pesimista que soy, soy optimista

De tan pesimista que soy, soy optimista

Por Edinson Martínez


En 1947 el célebre escritor argelino-francés Albert Camus publicó su obra La peste, una novela que, inscrita en la corriente existencialista, tan en boga en aquellos tiempos, en seguida se convirtió en uno de los textos más importantes de la posguerra, en un momento en que, contemporáneamente, otros grandes novelistas daban a conocer sus obras con el predominio de temas de orden reflexivo, intimistas y filosóficos.

En La peste, el autor, como si avizorara nuestro presente en una suerte de adivinación sobre lo que, en efecto, enfrentaría la humanidad algo más de setenta años después, se relatan los pormenores de la vida colectiva en una ciudad aislada a causa de la repentina aparición de una enfermedad, una peste, como bien la titula su autor, en la cual, a medida que el contagio cobra fuerza, se impone el confinamiento de las personas, separándolas con fines profilácticos tratando de detener sus estragos. Es, entonces, cuando comienzan a manifestarse entre los habitantes de aquella ciudad, Orán, en este caso, todo el conjunto de sentimientos y emociones que los seres humanos somos capaces de experimentar en situaciones extremas, en realidades sobrevenidas, y en contextos amparados por el albur de la incertidumbre.

Así, pues, los residentes de aquella ciudad costera, a orillas del mar Mediterráneo, de pronto se encuentran subyugados por el miedo, la frustración, la impotencia y el individualismo, por una parte, mientras que otros, de acuerdo al vuelo ficcional de la trama, se sobreponen dejando aflorar sentimientos de solidaridad y compasión para superar el flagelo.

La plaga, asolando a la ciudad de Orán, en realidad, es una excusa para mostrarnos las vertientes del comportamiento humano, por ello la contraposición de emociones que caracterizan a los personajes.     

La recién culminada guerra había dejado en el mundo de las ideas una huella profunda, impactando todos los ámbitos del saber y la cultura en general, sobre todo en Europa, donde se debatía sobre la visión que se levantaba entonces en torno a la convivencia humana, dejando en algunos casos una impronta de pesimismo sobre el destino del hombre, así, las nuevas corrientes filosóficas, manifestaban su vena cuestionadora influenciando intensamente la literatura. Hemos de recordar que el mundo posterior a la segunda guerra mundial quedó dividido en dos grandes bloques de poder. Y, autores como George Orwell, quien publica entre 1945 y 1949 Rebelión en la granja y 1984, expresa en sus obras ese aire pesimista, distópico con el que imagina el futuro.

De modo pues que, la literatura, como tantas veces se ha dicho, recoge, con su hechizo ficcional, las inquietudes de cada tiempo, las tribulaciones humanas no siempre advertidas por el común de las personas, y también las reflexiones, ya en el más puro sentido ontológico, que el autor despliega sobre la realidad que le circunda. 

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por eso hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estúpido”. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo.”

                                                                                La peste. Albert Camus. (1947)

La trama de la novela al parecer está basada en una epidemia de cólera ocurrida durante el siglo XIX en la ciudad de Orán (Argelia), durante la ocupación francesa, sin embargo, todo su contexto y reflexiones, tanto de los personajes como la voz del autor a través de quien narra los hechos, están situados cronológicamente en el siglo XX.

Si Albert Camus hubiera presenciado los acontecimientos relacionados con la pandemia de COVID-19 que sacudió de modo reciente el planeta, su texto de 1947 habría sido el borrador, léase bien, el borrador perfecto para una obra similar en el presente siglo, con realmente muy pocas variaciones sobre el comportamiento humano y la dinámica que la enfermedad impuso en un mundo sorprendido por su masiva propagación. 

“Hasta la pequeña satisfacción de escribir nos fue negada. Por una parte, la ciudad no estaba ligada al país por los medios de comunicación habituales, y, por otra parte, una nueva disposición prohibió toda correspondencia para evitar que todas las cartas pudieran ser vehículos de infección. […]

Las comunicaciones telefónicas interurbanas, autorizadas al principio, ocasionaron tales trastornos en las cabinas públicas y en las líneas, que fueron totalmente suspendidas durante unos días y, después severamente limitadas a lo que se llamaba casos de urgencia, tales como una muerte, un nacimiento o un matrimonio. Los telegramas llegaron a ser nuestro único recurso. Seres ligados por la inteligencia, por el corazón o por la carne, fueron reducidos a buscar los signos de esta antigua comunión en las mayúsculas de un despacho de diez palabras. Y como las fórmulas que se pueden emplear en un telegrama se agotan pronto, largas vidas en común o dolorosas pasiones se resumieron rápidamente en un intercambio periódico de fórmulas establecidas tales como: “Sigo bien. Cuídate. Cariños.”

                                                               La peste. (1947). Albert Camus.

El escritor José Saramago en su novela Ensayo sobre la ceguera. (1995), aborda bajo una vertiente psicológica el comportamiento de unos personajes afectados por una pandemia que rápidamente fue extendiéndose en las calles.

Es un texto de ficción sin ninguna referencia a lugares conocidos ni basado en hechos reales. Seis personas fueron contagiándose por una rara enfermedad que fue dejándolas ciegas, esta ceguera a diferencia de las conocidas, descrita por los infectados como blanca, se les asemeja a un mar de leche.

En La peste, el Dr. Rieux es el protagonista y narrador. En el caso de la obra de Saramago, el protagonista es una mujer, suerte de heroína que conduce a los afectados, y quien además es la única que no está contagiada, asimismo, esta mujer, es la esposa de uno de los personajes (el médico) aquejado por la enfermedad.

En esta novela el escritor portugués trenza una estremecedora alegoría acerca del ser humano, cotejando lo más sublime y miserable de la condición humana. El escritor Juan José Millás define la obra en los siguientes términos:

“Hay novelas que después de leídas continuaran iluminando túneles en la conciencia, abriendo puertas de habitaciones a las que no nos habíamos asomado pese a estar dentro de nosotros”.

Entre ambas novelas, escritas en tiempos tan disimiles y con estilos tan claramente bien diferenciados, es posible advertir una identidad compartida a través de la parábola que se deriva del comportamiento de cada uno de los personajes. Es decir, una similar inquietud intelectual que une a los autores en torno a los trascendentes asuntos que conciernen a la condición humana; al significado de la vida, a la sociedad y a sus valores determinando el proceder de las personas. En ambos casos, las epidemias, únicamente son el vehículo para terciar sobre temas como la solidaridad, el egoísmo, el individualismo, y en especial, sentimientos como el amor, cuyo poder es capaz de vencer los obstáculos que separan a las personas, habilitándolas para sobreponerse a la conmoción del aislamiento.     

“Al día siguiente, acostados aún, la mujer del médico le dijo al marido, Tenemos poca comida en casa, va a ser necesario dar una vuelta por el almacén subterráneo del supermercado aquel donde estuve el primer día, si hasta ahora no ha dado nadie con él, podremos abastecernos para una o dos semanas. […]

Hasta cuándo aguantaras la carga de seis personas que no se pueden valer, Aguantaré mientras pueda, pero la verdad es que ya me flaquean las fuerzas, a veces me sorprendo deseando ser ciega también para ser igual que los otros, para no tener más obligaciones que los demás, Nos hemos habituado a depender de ti, si nos faltases sería como si una segunda ceguera nos hubiera alcanzado, gracias a los ojos que tienes conseguimos ser un poco menos ciegos, Llegaré hasta donde sea capaz, no puedo prometer más, Un día cuando comprendamos que nada bueno y útil podemos hacer por el mundo, deberíamos tener el valor de salir simplemente de la vida.”

                                Ensayo sobre la ceguera. (1995). José Saramago.    

El escritor Mario Vargas Llosa nos regala a propósito de lo comentado una extraordinaria reflexión en su discurso pronunciado durante el recibimiento del Premio Nobel de Literatura (2010). 

“La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.”

A comienzos del presente año, el director de la Organización Mundial de la Salud, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, afirmó que existe en el mundo la amenaza de “otro patógeno emergente con un potencial aún más mortal”, por lo que pide a la comunidad internacional que se prepare ante la posibilidad de que aparezcan nuevas pandemias. En su opinión, “cuando llegue la próxima pandemia, que lo hará, debemos estar preparados para responder de manera decisiva, colectiva y equitativa”, por lo que instó a los líderes mundiales a diseñar una estrategia frente a estos desafíos.  

“En los últimos tres años, la COVID-19 ha puesto nuestro mundo patas arriba. Se han notificado casi siete millones de muertes, aunque sabemos que el número de víctimas es mucho mayor: al menos 20 millones. La pandemia ha dejado una profunda mella en los sistemas de salud y ha causado graves trastornos económicos, sociales y políticos.

La COVID-19 ha cambiado nuestro mundo, y no puede ser de otro modo. En 2020, describí la COVID-19 como un túnel largo y oscuro. Ahora hemos llegado al final de ese túnel. No nos confundamos, la COVID-19 sigue entre nosotros, sigue matando, sigue mutando y sigue reclamando nuestra atención.”

Alocución del Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus durante la 76.ª Asamblea Mundial de la Salud. 21 de mayo de 2023

Esta peste del presente siglo no sólo ha puesto a prueba los sistemas de salud del mundo entero, igualmente ha conseguido dejar en evidencia sus inequidades, la vulnerabilidad crónica de extensas regiones del planeta, cuando el hombre, en prodigioso avance tecnológico de la civilización, es capaz de instalar a varios cientos de kilómetros de la tierra un telescopio para mirar los confines del universo, y, sin embargo, no puede impedir que el hambre mate en apartadas regiones del planeta a más personas que todas las enfermedades.

También nos ha mostrado, a despecho de nuestra vanidad, cómo un bicho invisible puede fulminarnos con insólita rapidez, haciéndonos saber con ello, o mejor recordándonos, la fragilidad de la que estamos hechos, a contrapelo, por otra parte, de la frivolidad que gobierna nuestra contemporaneidad, en cuya tabla de valores, se erige, eso que llama Mario Vargas Llosa, la civilización del espectáculo.

Nos ha tocado un tiempo curioso, un siglo XXI problemático y febril, como dijera a propósito del anterior, Enrique Santos Discépolo al escribir la letra de Cambalache por allá por 1934.

Nuestro presente, como todos los periodos históricos, tiene aspectos que marcan distancia con relación a los otros, una singularidad, acaso sobrevenida en la última década que no pudo ser advertida por los autores comentados. A ver, en el centro de sus preocupaciones estuvo muy presente el tema del aislamiento y la separación del hombre respecto a sus semejantes.

Para ellos, era una premisa básica la necesidad humana de la cercanía entre las personas; el aislamiento por cualquier causa, en tal sentido, es una condena para la realización plena del hombre.

La socióloga y antropóloga francesa Claudine Haroche nos da luces sobre el cambio en la perspectiva que el hombre tiene de sí mismo en esta etapa de la civilización, un mundo mediado por revolucionarias tecnologías de la comunicación que lo han alterado todo. Así señala:

“Si antes había una sensación de pertenencia que hacían nuestros vínculos cercanos y cálidos, ahora nos enfrentamos, a un vínculo social que se caracteriza por el frío anonimato, por el aislamiento, algo que se intensifica cada vez más en las sociedades individualistas.”

Según la investigadora los comportamientos, los sentimientos y la personalidad podrían haber cambiado en las sociedades contemporáneas. Así, aquello que nos era tan preciado a los humanos, como lo era el vínculo social, comienza a sustituirse por virtud de la tecnología. Es decir que, la alegórica preocupación humanista de Camus y Saramago, a vuelta de muy pocos años, quizás sea una reflexión jurásica.    

“Efectivamente. Estamos en mucho menos contacto con las personas, pero a la vez, estamos en contacto con, por ejemplo, el teléfono móvil, que es táctil. Y eso nos da una falsa sensación de realidad y tacto.

Es una época compleja porque hemos perdido el contacto directo con la gente, la comunicación cercana, el tacto entre personas. Y al mismo tiempo que aumentó la distancia entre todos, cada vez nos exponemos y mostramos más en sociedad, aunque de modo superficial.

Esto nos afecta mucho psicológicamente. Porque no solo se pierde el contacto, también la profundidad de las relaciones con los demás y con nosotros mismos. […]. La sociedad en la que vivimos nos exige tener muchos lazos, por ejemplo, por motivos profesionales, pero no son lazos verdaderos, tan importantes para construir un buen tejido social.”

Entrevista publicada por BBS News Mundo a la escritora. 12-09-2023

Así pues, pareciera que vamos camino a un ostracismo deliberado, sin que, por otra parte, lo percibamos como una amenaza y se asuma, en consecuencia, con absoluta naturalidad, generando de este modo una nueva versión del individualismo.

Este tema, para los autores que perciben la literatura más allá del entretenimiento, probablemente sea el magma creativo de su producción literaria.

Culmino estas notas citando, y suscribiendo, además, una breve y satírica reflexión, exagerada, rocambolesca, quizás, sobre nuestro tiempo, dramática como la letra de un tango que, Renzo Nervi, un irreverente artista plástico, personaje de ficción del film argentino dirigido por Gastón Duprat, Mi obra maestra, (2018), realiza sobre nuestro perturbado mundo.

“…¿Por qué trabajan? ¿Para comprar cosas…? ¿Para salir de vacaciones? La esclavitud no se terminó, ahora se llama trabajo… Este lugar no tiene solución, porque si un país entero apoya el culo en un sillón frente a un televisor para ver a veintidós millonarios corriendo detrás de la pelota, no hay esperanza, las ideologías ya no existen, existe el hombre, el hombre concreto que actúa así o asao, el hombre no proviene del simio, el hombre es un simio, un simio parado que caga sentado y, ahora, lo más importante de todo, de tan pesimista que soy, soy optimista…”