“La más noble función de un escritor es dar testimonio, como acta notarial y como fiel cronista, del tiempo que le ha tocado vivir”.

Camilo José Cela

domingo, 11 de abril de 2021

Este año nos mudaremos

Este año nos mudaremos
Por:
Edinson Martínez

La noche anterior había llovido con tanta fuerza, que todavía el agua seguía corriendo por las calles, acumulándose en charcos y fangales luego que la tierra seca de la estación recién culminada ya no podía absorberla más con la misma voracidad de los primeros días del invierno. En mayo, de pronto, tras la calma encendida de un cielo luminoso colmado de colosales nubes blancas, una tempestad atolondrada sin que antes se le vislumbrara, podía precipitarse en cuestión de minutos, a veces en segundos, desde cualquiera de los puntos cardinales, acoquinando con la fuerza de sus vientos, los árboles que han esperado seis meses por esa caricia invisible preludiando la temporada. Sus tallos, entonces, resistiéndose al embate estacional, se doblarían hasta casi besar el suelo que los sostiene, mientras que, volando por los aires, sus hojas, se enroscarían en grandes torbellinos junto al polvo seco amontonado en las calles. Las personas, así, alarmadas, como en todas las temporadas anteriores, verían como los techos de sus viviendas podían desprenderse pareciendo hojas de papel flotando en el ventarrón. Más tarde, el agua por unas calles sin pendiente, sería tragada por la tierra, mientras la restante formaría unas charcas similares a las que ahora, desde el umbral retraído de su casa, el hombre mira tratando de conseguir el modo de salir esta mañana. Después de unos minutos pasajeros, lo conseguirá finalmente, burlando al mismo tiempo el asedio tierno de su mujer, y, como si llevara sigilosamente tomados por las puntas de sus dedos el par de viejos zapatos que posee, raudo emprendería su fuga hasta siempre. Se había hecho, entonces, de una muda de ropa y de los ahorros que, celosamente guardados, permanecían escondidos entre unos cacharros arrinconados de la destartalada cocina. Se marcharía así, azorado por las culpas amontonadas de la vida en común, sin mirarle la cara a su mujer.

Al año siguiente, cuando nuevamente tornan las lluvias, durante la víspera, apenas cerrándose la espesura nocturna, un temporal desde el cielo cegado de estrellas, se precipitó precedido de un viento recio haciendo trepidar los cristales de las ventanas, sacudiendo el resto de la casa y acobardando a sus residentes, como si fuese un castigo divino lanzado con particular violencia. La luz de las bombillas, parpadeando como si pretendieran hacer señales en clave Morse, se apagaban y encendían tan súbitamente, que temiendo terminasen dañándose, enseguida fueron tras los interruptores para cortarles el suministro eléctrico. Toda la intimidad interior de la vivienda quedó así sujeta a los centellazos relumbrantes que se dibujaban en la oquedad nocturna. Si no fuera por el estruendo aterrador con el que se anunciaban, si acaso fueran truenos mudos, la noche les habría resultado menos atemorizante, pero tal cosa no existía, y bien ella lo sabía. Después de aquellos minutos angustiosos, el agua comenzó a caer sobre el techo, desplomándose con la fuerza que la furia centelleante había presagiado. El ruido que producían las gotas, sonaba como si una andanada de piedras se descargara iracunda sobre sus cabezas. Odiaba aquellos instantes prolongándose por minutos que parecían horas; a ella la ponían particularmente nerviosa, en un estado de excitación que, luego, cuando cedía la tormenta, y una fina lluvia permanecía latosa, esta vez durante varias horas, le recordaban el ruido que hacían girando sobre el plato, los discos de vinilo hincados por la punta de grafito encima del área donde ya no reproducían música.
-Este año nos mudaremos, Ónix… -dice con determinación, con ese tono pausado con el que se expresan las palabras queriendo asegurarse su certeza; las dirige en la penumbra a su única compañía. Es la misma afirmación que llevaba tiempo escuchando de Faustino, por eso ahora suena como una promesa incumplida. Al principio pareció que continuaría la idea, quizás pretendiendo una de esas conversaciones que surgen repentinamente anudándose posteriormente a otras, pero claramente sabía que no tendría el modo de encontrar interlocutor para ella, por eso, en su lugar, ayudándose con una de sus manos apoyadas en la pared de la sala, tanteaba buscando una silla para situarla próxima a la puerta principal, mientras con la otra, se zarandeaba uno de los bolsillones debajo de la cintura, a su costado derecho, donde, enseguida, el entrechoque metálico de un juego de llaves agitándose entre sus dedos, se escuchaba timbrando en el ambiente, pareciendo querer decirle que ahí estaban, sin embargo, no era eso lo que buscaba, era la cajetilla de cigarrillos hundida hasta el fondo de la faltriquera la que procuraba con afán. 
Su acompañante, impasible ahora cuando la lluvia comenzaba a transformarse en tediosa garúa, apunta sus pupilas radiantes sobre ella, la observa desplazarse con cautela entre las sombras, como jamás podrían hacerlo los ojos de gata mansa de la mujer sobre su entorno. A él no pareciera importarle aquella oferta, el sonido de aquellas palabras, apenas concita en él una tímida oscilación en su semblante, un dejo de impotencia que podría interpretarse como: “yo qué puedo hacer, Albertina, no tengo modo de decidir sobre ello”. 

El año pasado, quizás por estas mismas fechas, entre abril y mayo, cuando arrancaban las primeras lluvias de la temporada, y entonces las tempestades se anunciaban con ese bramido fantasmagórico del viento golpeando como siempre los cuatro costados de la vivienda, Faustino le repitió la misma promesa de cada invierno: “Albertina, este año nos mudaremos”. Fue tan convincente que nuevamente volvió a creerle, se quedó mirándole a los ojos sin pronunciar palabras, simplemente asintiéndole con aquella sonrisa discreta que apretaba sus labios conteniendo la emoción, mientras el humo del cigarrillo que ambos se compartían, les nublaba los rostros como si estuviesen dentro de una nube. Algo le decía en su interior, en sus corazonadas de mujer ya entrada en edad que, ahora, por segunda vez, después de veinte años atrás, cuando llegó a creerle devotamente, sí parecía de verdad que se mudarían. Esta ocasión no la apreciaba como las veces anteriores, como cuando le repetía el propósito conyugal sin que nada al final sucediese. Por eso llegó a creerle de igual modo en que lo hizo hace tanto tiempo. No llegaría a imaginarse que sería la última oportunidad en que lo hiciera. De eso hacía justo ahora un año. “A lo mejor fue sólo por hablar, como todas las veces anteriores, sabiendo de antemano que nunca cumpliría la promesa de cada año”. Pensó, mientras raspaba la cerilla para encender el cigarrillo que poco antes se requería de entre el bolsillón. 
-Ónix… ¿Qué sería de las promesas, si no hubiera quien las creyera? –se preguntó en voz alta sin pretender respuesta. 
La andanada de relámpagos ya se había ido, también la abrumadora violencia de las gotas desplomándose sobre el techo, en su lugar, sólo quedaba una llovizna con su chinchineo persistente, fastidioso, que se prolongaría, como siempre ocurría, por varias horas. Era ella la responsable principal del rio de agua corriendo por las calles. Pudiendo encender ahora las luces, sin embargo, prefería mantenerse a oscuras, sentada a un costado de la puerta sintiendo caer el agua con su lacónico afán, y con la vista puesta en el paisaje que Faustino acariciara aquella mañana del invierno pasado. Aspiraba hondo, como si el aire fuese a acabarse, y en cada fumeteo, lanzaba al aire frio de la noche las bocanadas que se perdían en la penumbra. Un año atrás, ahí mismo, en la víspera, Faustino, le renovaba su promesa sempiterna. 
-Si uno supiera, Ónix, si pudiera uno ver un poquito de futuro, qué cosas no evitaría y qué otras no haría. En qué creería y qué no. No andaría uno a ciegas, como estamos ahora –dijo de pronto, hablando como si Ónix la comprendiera, como si fuera capaz de descifrar aquella reflexión inspirada en la noche de hace un año. Éste la miraba, la seguía en sus gestos; en las bocanadas que lanzaba perezosas al recuerdo flotando en las tinieblas; en el gemido que se contenía en su pecho cuando expresaba aquellas palabras laceradas por el engaño. Él, contrario a ella, sí podía verla en aquella lobreguez con razonable claridad. 
-Este año nos mudaremos, Ónix –volvió a repetirle, como si de aquel modo Faustino, desde quién sabe dónde, le dijera nuevamente, como durante veinte años estuvo prometiéndole. 
Ónix, entonces, ladeó su hocico, sacudió su trompa gruesa y lanzó un ladrido ronco que ella corrió a celebrar acariciando el lomo de su cuerpo. 
-Yo sí tengo palabra, Ónix, nunca sería capaz de engañarte.

FIN

viernes, 12 de marzo de 2021

Morir en Singapur

Morir en Singapur 
Por Edinson Martínez 

El chorro de la orina se le proyectaba a menos de un metro de su cuerpo, saliéndole atolondrado, apremiado entre las manos, que torpemente procuraban encausar la punta de su miembro para dirigirlo hacia el piso arenoso bajo sus pies, destino final de aquel incontenible caudal espumoso. El hombre, en elemental reacción higiénica, o en ejercicio malabarístico que aún podía permitirse, había logrado zarandear sus piernas con rapidez a fin de evitar que la meada le empapara el pantalón, como usualmente ocurre con los borrachos incapaces de controlarse en momentos como estos. Arriba, en el cielo, el manto de estrellas sembradas en el fondo opaco del universo, titilaban incesantes en la madrugada, como si aquellas le guiñasen con su incandescencia lejana alguna gracia indescifrable. Aquellos luceros se encendían y apagaban como siguiendo el compás de algún acorde misterioso. “Llevan el ritmo de la melodía indescifrable de los confines del universo”. Llegó a ocurrírsele primero, y, enseguida, casi al mismo tiempo, balbuceante, bajaba su semblante en dirección a su sexo y, como si pretendiera contarle alguna revelación, apuntaba tembloroso sus labios a él. “Llevan el ritmo de la melodía indescifrable de los confines del universo... ¿¡qué te parece?!”. Le repitió en la oscuridad. Luego, extasiado, en cierta manera embobado, el hombre volvió su mirada hacia aquella inmensidad espacial sintiendo que a veces el infinito le daba vueltas sobre su cabeza, mareándolo a tal punto que casi le hacía perder el conocimiento, de seguidas, y bajo el mismo influjo subyugante del licor, comenzaba a tararear una de las últimas canciones que había escuchado minutos antes.

La secuela de la bebida por varias horas seguidas, hacía rato que ya había comenzado a estropearle sus movimientos, logrando que su cuerpo apenas pudiera sostenerse en pie cada vez que intentaba levantarse del asiento. Un rato antes hubo de ensayar su compostura urgido como estaba por el hormigueo que experimentaba en el bajo vientre. En dos ocasiones, una vez que lograba erguirse, rápidamente se orientaba hasta la salida del lugar; una puerta grande, de dos hojas anchas ubicada en la fachada del edificio, a través de la cual se empujaba trastabillando camino a la parte posterior. Nadie comprendía por qué escogía ir hasta allá en vez de dirigirse a los sanitarios del establecimiento. “¡No me esperen!”, era lo único que atinaba a gritarles al retirarse, exclamación que repetiría un buen rato después, ya por tercera oportunidad, cuando definitivamente no regresaría jamás.  Así, entonces, iba dejando atrás al resto de los compañeros, alejándose toscamente para meterse entre las sombras que precariamente lo distinguían tambaleándose en el trayecto. En sus labios se iba mosconeando alguna de las melodías clavadas en su mente, al tiempo que un fuerte olor a níspero rodeándolo, envolviéndolo con ese tufo tan característico del licor, perfumaba el ambiente. A ratos se acariciaba la nuca, apacible y lentamente, como calmándose del vahído que por momentos sentía en sus alrededores, cuando precisamente todo le giraba moviéndose en círculos como un carrusel. Así, una y otra vez, iba desplazando su diestra delicadamente sobre el cogote, guiándosela en caída libre de arriba hacia abajo, desde las fronteras superiores, en los bordes del occipital, hasta la base del cuello sudoroso, quizás queriendo apaciguar el turbamiento etílico con cada masaje sosegado. Siempre hizo lo mismo durante las tres ocasiones en que dejó plantado a sus compañeros, como si fuese el surco de un disco rayado repitiéndose por su cuenta. 

Cuando por última vez llegó al sitio donde apresurado se detendría, algo diferente le rondaba entre las sienes, ya no se masajeaba la nuca igual que antes, sino que se palmoteaba mansamente el centro de su cabeza, mientras con otra de sus manos, se desabrochaba el pantalón para agarrar su miembro. A duras penas conseguía apuntar la cascada amarillenta cayendo oscilante al suelo, al tiempo que intentaba recobrar el aliento, aspirando hondo para llenar de un solo tirón sus pulmones con todo el aire que le rodeaba. Luego, pausada y parsimoniosamente, expulsaba aquel torrente, dejándose llevar relajadamente sintiéndose flotar en el vaho saturado del aguardiente que le envolvía. Porfirio flotaba entre las sombras de su mente. Después, al cabo de unos segundos fugaces, en el albur imprevisible del comportamiento de los borrachos, contra toda previsión convencional de la conducta humana, nuevamente le daba por canturrear una de aquellas canciones tantas veces escuchadas durante la noche; la llevaba tan sembrada en el juicio, que el discernimiento racional se hallaba distraído de manera delirante bajo los efectos del alcohol. Así, mientras tarareaba toscamente, como inspirado por el nimbo de una alborada eterna, convencido en que las saetas del reloj se detendrían para siempre esta madrugada, alza su rostro sudoroso al cielo sin ya prestar más atención al chorro que urgente se las arreglaba solo. Durante varios minutos permaneció alelado, flemático, desconectado de su entorno, mientras a su espalda, a varios metros, los acordes del estruendo musical se unían a la sofoquina persistente del verano, pareciendo a veces que fuera la exhalación canicular de una bestia lanzando sus bocanadas al compás de lejanos arpegios melancólicos. A su costado, bajo el disimulo de las horas opacas, desde un cobertizo donde se apilaban sillas, mesas y demás enseres destartalados del Singapur, un gato negro encaramado en el techo, con la cola en alto, deambulaba taciturno explorando sus dominios. Por unos instantes, al notar la forastera presencia, hinca sus pupilas ambarinas sobre el hombre meando con el rostro levantado al cielo, lo observa fríamente por unos segundos, con esa indiferencia tan propia de los mininos, moviendo apenas su semblante para distinguir inofensivamente un espejismo. Nada particular hay en aquello que observa para despertar especialmente su interés, y, por tanto, casi de inmediato, dobla en el techado y continúa su camino hundiéndose en la penumbra. Quizás, si Porfirio hubiese llegado a verlo con alguna nitidez, a percatarse de su presencia mirándolo displicente, algunas de las ideas que pasaron por su mente, quién sabe sí se le habrían esfumado rápidamente. Aunque pensándolo bien, con la reputada creencia que existe sobre los gatos negros, en su lugar, probablemente habría terminado actuando irremediablemente de la misma manera; reafirmándole de ese modo la creencia que sobre su destino venía asechándole como bestia desde sus más reservadas cavilaciones. Visto los hechos, sólo quedaría pendiente por determinar, si el efecto pernicioso del licor sobre su proceder inusitado tuvo algo que ver en su decisión, o ella simplemente fue el fruto de su larga pendencia con la fatalidad. Los borrachos, es verdad, suelen ser tan tercos y obcecados, que por eso algunos inesperadamente tuercen el camino yendo a sus casas, marchan a contravía, o son capaces de hacer aquellas cosas que nunca harían sin los efectos alucinantes del alcohol taladrándoles el buen juicio. Únicamente él podría saberlo, tal vez lo supo antes del instante final, cuando ya su suerte estaba echada por fuerzas superiores a él. En ese caso, esa conjunción fatídica de azares en que se transforma a veces el futuro, incluso el más próximo, se había iniciado hacía rato, bastante antes en que el felino se posara imperturbable sobre el techo del cobertizo, y, hasta muy anteriormente, quizás, cuando el animalito, acurrucándose mansamente entre los senos de la mujer, Porfirio observaba impasible aquella escena. Los hechos que condujeron a su determinación fueron anunciándose tan premonitoriamente como graduales y sigilosos, ninguno de quienes lo circundaban podría haberlos percibido ni aun aguzando sus más perceptivos instintos. Es la felonía de la psiquis abordando las horas inciertas de algunos mortales, recreándose miserable en las corrientes incomprensibles de la fatalidad tantas veces eludida.

Sobre la mesa, después que fueron apilándose las primeras botellas, el resto fue poniéndose a un lado, en el piso, justo a un costado de cada uno de los asientos que ocupaban los cuatro individuos. Detrás de ellos, a muy poca distancia, en otra de las mesas del recinto, una mujer grande, joven, casi tan negra como la noche allá afuera, y con unos senos enormes, se entretenía lanzando cartas sobre el mantel, organizando el mazo de ellas en varias secciones de similar altura, y, posteriormente, en riguroso orden, conforme al sentido en que corren las agujas de un reloj, las depositaba en el centro de la mesa. A veces tomaba un cigarrillo que llevaba rato encendido posado en una de las esquinas de la mesa, y se lo plantaba entre sus labios gruesos, aspirándolo con vigor, como extrayéndole el alma mientras ardía en su boca. Cada vez que servía una ronda de bebidas, retiraba las botellas sobrantes, les limpiaba la mesa a los clientes, y amigaba con ellos a través de una sonrisa generosa cerrando la rutina del momento. Sus labios, así, en sentencia automática, se estiraban tan alegres como distraídos durante aquella despedida transitoria, dejando ver espontáneamente su relumbrante dentadura tan blanca como la leche. Luego, siguiendo con aquella representación deliberadamente planificada, giraba su cuerpo de hechizo enseñando el volumen de sus nalgas con su tongoneo sensual, dirigiéndose pausadamente a su asiento en espera de la siguiente petición. Rara vez intercambiaba palabras con los clientes, eventualmente, algunos monosílabos intrascendentes respondiendo quizás cierto requerimiento preciso. Sin embargo, esta vez, el azar se atrevió a trastocar el libreto de costumbre.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó inusitadamente uno de los hombres de la mesa, justo cuando la joven ya se retiraba.

–¡No te imaginarías jamás mi nombre! –contestó sin descongelar la sonrisa lactescente– ¿Para qué quieres saberlo? –agregó sin dejar de mirarlo, mientras Porfirio observaba callado el duelo verbal.

–Pues, ¿para qué otra cosa podría ser sino es para no tener que hacerte señas con las manos?... Para eso son los nombres, ¿no es así?

–Sí. Es verdad. Pero cuando una mujer da su nombre a quien muestra interés, ¿acaso no debe saber igualmente el nombre del interesado? ¿O han perdido los hombres la cortesía? –respondió dándole la espalda rumbo a su puesto.

Todos se carcajearon al escuchar la ocurrencia, menos Porfirio, quien dejando correr su vista sobre el derrière voluptuoso que se alejaba, prefirió conservar su mutismo de toda la noche. Varios metros más adelante, un par de sujetos observaba la escena, sólo percibían la gesticulación que acompañaba el trivial altercado; una combinación de gestos ahogados en el estruendo musical viniendo de un recodo. Uno de ellos percibiendo en los ademanes de la mesalina y los del compañero de Porfirio, una disputa, intuye una cierta controversia que el licor se encargaba de acentuarle obtusamente. En algún momento las miradas vidriosas de Porfirio y él se cruzaron sin tener porqué; el uno sumido en su laberintico soliloquio, y el otro atrapado por los celos enardecidos figurándose el germen de la traición, de pronto se encontraron desafiándose fugazmente en la atmósfera soliviantada por el aguardiente. Sin embargo, el conato de refriega no pasó de ser un simple amago, en realidad no había razones para una trifulca, para una contienda por algo de tan poca monta, pues se trataba de un fútil duelo de palabras de esos que se alargan más por necedad que por otra cosa. Al poco rato, entonces, todo regresó a su rutina ordinaria, a la normalidad acaso imperceptiblemente alterada para el resto de los integrantes de las mesas, y, también para la propia mujer, quien ya ocupaba su asiento jugando como antes con el mazo de cartas entre sus manos.  No obstante, aun siendo así, y amparados por una endeble calma, la semilla de la discordia, igualmente quedaría sembrada.

El gato llegó raudo persiguiendo las piernas de su ama, metiéndose entre ellas con la cola izada como una espiga, mientras se acariciaba mansamente su cuerpo fornido. Aquel roce repentino, rápidamente hizo que ella soltara las cartas y se agachara para abrazarlo, llevándoselo entre mimos a su regazo. Es un ejemplar grande, tan hermoso como un peluche de esos que se regalan a los niños para dormirse que, si no fuera por su color intimidante, de acuerdo con la extendida creencia según la cual los gatos negros son portadores de augurios fatídicos, ninguno de los presentes habría notado su presencia entrelazándose primero en las piernas de la mujer, y luego contra sus pechos enormes, justo entre la depresión lujuriosa de aquellas dos cumbres turgentes. Todos llegaron a notarlo inmediatamente, intercambiando de seguidas sus miradas fascinados. Porfirio, por su parte, se había quedado embelesado contemplando la intimidad que unía a la cortesana con su gato. Ahí, a escasa distancia de él, se consentían tiernamente, al tiempo que ella eventualmente atrapaba en sus ojos la mirada delirante del hombre que apenas había dicho unas cuantas palabras durante la noche.

La cola del animal era tan dócil entre sus dedos, que a veces parecía un juego pactado entre dos amantes, una excepcional curiosidad en el ambiente que los rodeaba, dejando a Porfirio distraído viendo como repetidamente, de principio a fin, después de extender la mujer sus manos por todo el lomo del felino, finalmente, abrazaba el rabo, asiéndolo seductoramente con una de sus palmas anchas. Poco después, por unos breves minutos, la cara del gato, permanecía recostada en el naciente de aquellas cúspides lascivas, apuntando sus ojos de canica hacia aquel semblante de ébano, como admirándolo con la quietud de un hechizo. Se diría que ambos estaban como embrujados en su arrebato mimoso sin prestarle atención al entorno. Al cabo de una de esas incursiones empalagosas, de jugueteo seductor con claro propósito hacía Porfirio, la mujer nuevamente despacha una de sus miradas tentadoras buscando encontrarla con las pupilas ansiosas de éste. Es entonces cuando aquel, afirmando sus manos en la mesa para tomar impulso, se levanta del asiento sorprendiendo a sus amigos para encaminarse hacia ella. Fue una reacción súbita, ejecutada en un santiamén, pese a la torpeza de sus movimientos dominados por el efecto de la ingesta etílica; un tris irreflexivo que de inmediato lo lleva hasta el lugar encantado sin que Circe, desde la caverna de sus meditaciones, pudiera prevenirlo.

–A mí sí me dirás tu nombre… ¿Verdad? –le dice acercándole su cara, volcando su aliento en su oído izquierdo, en tanto le despacha una sonrisa angulosa afilándole sus pómulos de asiático ajado.

–¿Y eso por qué? –responde ella, devolviéndole la misma risita tenaz de hace un rato–. Después de todo, un nombre entre tantos anónimos no significa nada, ¿por qué habría de representar el mío algo para ti? –expresa con su cordial acento.

Los ojos de Porfirio, hialinos por la ingesta tóxica, se fueron ocultando cada vez más mientras la escuchaba, achinándose como dos rayas horizontales cubiertas por unas pestañas ralas. La observaba desde el misterio de su mirada escondida como si con ellos magreara su cara; besucara sus labios carnosos y aquietara los pensamientos encerrados en aquella frente morena. Así, una cierta serenidad se fue retratando en su semblante, germinándole de pronto un aire gracioso que fue apoderándose de todo el conjunto de su rostro, para gradualmente asemejarla a la de un chino viejo. Si alguien le hubiera preguntado en aquel trance sobre lo que contemplaba de aquella mujer, no habría sabido expresar exactamente qué le cautivaba de ella; qué le tenía atrapado en aquella faz ovalada sembrada por dos ojales tristes de grandes pestañas. Si hubiera querido manifestarlo, sólo habría podido hacerlo, como ahora lo hacía, con esos gestos de fruición dibujándose en su fisonomía aguzada. A veces, el instante más insignificante de una persona, puede llegar a ser la semilla de un delirio; el germen inocente de un deslumbramiento desmesurado; el numen sensorial que, atacando sigiloso el discernimiento, nunca llega a ser percibido en su momento sino después, justamente, en las consecuencias que de él se desprenden.

La bullaranga del Singapur a estas horas, ya descolgándose la madrugada, no solamente flotaba aturdiendo su ambiente neblinoso, agitaba principalmente los enconos viejos y nuevos fraguados por las cavilaciones etílicas del trasnocho; especie de incontenibles lucubraciones procreándose gradualmente en los torbellinos de bajas pasiones que todos llevaban dentro. Si Cortázar las describiera, quizás diría de ellas que son esos ríos metafísicos desbocándose ofuscados en el interior de las personas. Así, muy cercanos al recodo musical desgañitándose con furia, soliviantando con su letra la saña de algunos, los dos sujetos de hace un rato no quitaban su atención de la pareja. Uno de ellos, el mismo que antes cruzara su mirada con Porfirio, entona de pronto un estribillo pendenciero en dirección a estos. Ninguno de los dos lo toma para sí, sobre todo ella que, a pesar de notar las intenciones de aquella hostilidad, sin embargo, actúa con desentendida naturalidad, dejando pasar la inquina celosa, como quien se hace a un lado abriendo paso a un viento pasajero. Conoce bien este tipo de atrevimientos, los ha eludido constantemente desde hace mucho en su vida, ahora hace lo mismo, mientras que Porfirio, ausente de este mundo, ni siquiera percibe el desafío belicoso. “El hombre que a ti te toque / tiene que estar dispuesto / a venirse aquí conmigo / a joderse en el infierno”. Recitaba aquel, camorrista, apuntando su rostro hacia ambos. Así estuvo haciéndolo por varios minutos, entre trago y trago, sosteniendo su mirada insolente, al tiempo que sus manos repiqueteaban grotescamente los acordes de la estrofa sobre la mesa. El resto de los presentes, hombres y mujeres, como locos, poseídos por el alma impúdica del recinto, hablaban, gritaban, cantaban y bailoteaban amparados en las sombras fortuitamente urdidas de la madrugada.

–A ver, ¿dime qué dicen las cartas sobre mí ya que no quieres darme tu nombre? –le pregunta sin apartar sus pupilas de ella, como jugueteando con las intenciones que adivina en ella–. Tal vez revelen mis secretos más ocultos… ¿No te parece? –dice finalmente.

El gato, súbitamente ha dado un brinco para escabullirse debajo de la mesa, apresurándose como suelen hacer los felinos en impetuosa carrera de rumbo desconocido. Porfirio, de un impulso sorpresivo, en respaldo a su petición, ha tomado el mazo de cartas reposando en el centro de la tabla, mientras el animal que, no volverá por lo que resta de madrugada, como comprendiendo su impertinente presencia entre su dueña y el hombre que la ambiciona, se aleja a toca carrera. Para él, también es la hora de su ronda; trance ceremonioso que conduce a la captura de alguna presa, como igualmente lo hace ahora su benefactora. El alelado pretendiente, abanicando en sus manos el manojo de naipes, apenas se ha percatado de la fuga del minino, en realidad no reviste interés para él, sus ojos están posados únicamente en la joven, persuadiéndola melosamente de la pesquisa esotérica, aunque en verdad por su mente son otras las ideas que le dan vueltas, es el rio metafísico de sus entrañas corriéndole desbocado.

–Una vez que te los diga dejarán de ser secretos, ¿no crees? –le dice ella.

–¡Serán tuyos y míos, entonces! –le respondió animado, casi encima de la pregunta que le han hecho. En la cabeza del hombre únicamente se agita una idea.

–¡Ah!... ¡¿Sí?!... Pues será mejor que vayamos a un lugar más íntimo... –sugirió la mujer–. Aquí son muchas las personas pendientes de ambos… –concluyó levantándose, sin esperar aprobación, al tiempo que toma a Porfirio de la mano sin abandonar su gesto encantado de siempre.

El sujeto endemoniado por los celos, entonando el estribillo cada vez con más fuerza, al verlos en movimiento, igualmente se retira del asiento, apartándolo violentamente, como quien se dispone a entablar contienda, sin dejar de salmodiar los versos estrafalarios que enseguida acompaña con un palmoteo retador. Poco a poco se les fue acercando intentando cerrarles el paso. Era evidente su propósito provocador, ya no sólo advirtiéndose en la canción que salía de su boca plena del tufo etílico de una ingesta prolongada, sino del arrebato con que su cuerpo hablaba. Aquí los gestos eran más elocuentes que sus palabras. Sin embargo, pese a su impulso pendenciero, y al vigor con que les desafiaba, su figura se movía quizás tan torpemente como la de Porfirio, yéndose de lado a veces, y vacilando en sus pasos sin poder contenerse. Así, con sus palmas chocando entre ellas con el desacierto del beodo, procuraba contenerse, fingiendo, como todo borracho, tener el control de la situación, al final, lucía necio y propasado. La cortesana, con su corpulencia, además de la energía de su juventud, y la habilidad desarrollada para tales desafíos, viéndolo acercarse se le adelantó dos pasos, colocando rápidamente su diestra grande y firme sobre su pecho, como conteniéndolo para apaciguarle aquel frenesí de sospechas, de celos fustigados por la bebida. Al atajarlo, lo hizo sin deshacerse ni por un segundo de aquella expresión carialegre que invariablemente mostraba. Enseguida lo detuvo, amable, pero categóricamente en su proceder, en tanto lo abordaba hasta casi juntar sus cuerpos y posarle su cara a un costado, a la altura de su oído derecho, para musitarle algo que de inmediato le cambió el semblante. “Por ti daría la vida entera”, le murmuro bajito, de un modo tan apocado, que habría de escribirse en tan mínima letra para poder figurarse una idea de la verdadera inflexión de aquellas palabras. Entretanto, Porfirio, todavía de la mano de la mujer, como si aquel conato de trifulca no fuese con él, observaba distraído la escena; extraviado quién sabe por cuáles confines, dejándose llevar dócilmente al lugar escogido por ella, como lo haría el párvulo camino a la escuela.

“¿Por qué, a ciertas horas, es tan necesario decir: «Amé esto?» Amé unos blues, una imagen en la calle, un pobre río seco del norte. Dar testimonio, luchar contra la nada que nos barrerá.”. Escribió Cortázar en el laberíntico cosmos de Rayuela, quizás no lo sepa Porfirio, y tal vez jamás haya conocido aquella interrogante existencial del escritor. Ni siquiera tendría por qué haberla escuchado, para que, ahora, en la penumbra, llegase a formulársela con igual introspección ontológica, haciéndola suya bajo similares códigos de razonamiento. Hablaba en solitario mientras se miraba el sexo, y se refería a él como a una persona independiente de su cuerpo, como si aquella tuviera vida propia y pudiese experimentar el mayor de los prodigios humanos: razonar. “Amé aquellas horas, aquel instante umbrío y profano, tan callado como desbocado amando aquella mujer brillando como un pantera en la oscuridad...”. Se dijo balbuceante, soltando seguidamente la sentencia meditabunda que como un rayo se le ocurrió al levantar su semblante al cielo estrellado cobijándole: “Llevan el ritmo de la melodía indescifrable de los confines del universo...”.

Los acordes de una de las últimas canciones que escuchara en el distante recinto bullicioso, igualmente seguían tronándoles en el sentido, como sí en efecto fuese una banda sonora andando sin parar. “Un hoyo profundo abriré / En una montaña lejana / Para enterrar las noches y las mañanas / Que entre tus brazos pasé...”. Nada la hacía detener, ni siquiera el desorden de cavilaciones recurrentes embistiéndole desde el mundo subterráneo donde le yacían agazapadas. Todo en su interior era como un torbellino desbocado de ideas, de imágenes, olores, sensaciones y recuerdos, todos mezclándose alucinadamente para sólo manifestarse en lo que apenas salía de su tartajeo embriagado, sintiendo al mismo tiempo que la música estaba allí haciendo las veces de fondo inspirador. De este modo, el hombre recitaba su soliloquio sin percatarse del gato contemplándolo indiferente. No lo habría notado aun teniéndolo de frente; le era invisible, mimetizado en las tinieblas, y, también solapado por la cantidad de voces en su mente. Después de unos instantes, entonces, frota su nuca buscando alivio, apartando el sudor, y, quizás, procurando algo del sosiego interior que tanto le era esquivo. El alcohol a estas horas le salía por sus pupilas vidriadas, por los poros con sus emanaciones frutales, mientras las imágenes de aquel cuerpo encendiéndose en sus manos en una danza silenciosa, se le plantaban etéreas como una película en blanco y negro, reviviendo el éxtasis de aquellos momentos en que finalmente iban anudándose impacientes, jubilosos en la calidez de aquella habitación de amantes furtivos.

Porfirio desafiaba el transcurrir del tiempo, como si desde ya supiera que habría de llegar el momento en que nada importara. A ratos, persiguiendo el aire seco de la madrugada, dilataba las aletas de su nariz para inspirar hondo, profundo, quizás pretendiendo alcanzar el lugar donde se ocultaba su insondable propósito, entonces, pausaba el soliloquio que se le escapaba de todo aquel alboroto interior.  Finalmente, al cabo de unos minutos, poco a poco, pesadamente intenta retomar el camino de vuelta a sus compañeros, moviéndose como contando sus pasos en oscilante trayecto hasta detenerse a la altura donde el cobertizo se aprecia mejor entre las sombras. Ahí, sorpresivamente, volteando su mirada turbia al escuchar un ruido que claramente no viene ya de su mente, gira su rumbo dirigiéndose instintivamente en pos de aquellos sonidos inesperados, orientándose hacia ellos, para así intentar identificarlos, como si quisiera testearlos con algún sonar imaginario al balancear su cabeza. Era el micifuz que antes no percibió, quien ahora levantaba aquella confusión repentina corriendo presuroso tras su presa penumbra adentro. Porfirio, una vez que precisa el aspaviento, una sonrisa traviesa le alza sus pómulos angulosos, achinándole aún más sus ojos negros, y, en el centro de ellos, se le asoma súbita una chiribita alegre al distinguir claramente la construcción que le hace frente. Debajo del techado, de la viga que lo soporta, cuelga una soga inútil atada en macizo nudo, pendiendo generosa en relajada caída sobre los trastos arrumados en el viejo cobertizo. Porfirio la observa al instante con la chispa encendida entre las cejas iluminando su propósito; destacaba sugerente con su color blanco perlado. Brevemente la contempla examinando quizás su longitud, o el lazo que la amarra al travesaño, o su diámetro, ponderando tal vez su resistencia, o evaluando probablemente todos estos atributos al mismo tiempo. En el piso, a la vista ordinaria, sillas, mesas y enseres abandonados, colman el interior del desamparado lugar, igualmente los advierte a primera vista, entrándoles impertinentes por sus pupilas cuando intenta retomar su camino. Pero, como poseído por una determinación de último momento, paralizado, alelado por aquella estampa de conjunto que descubre, se enfila rápidamente hacia ella. La idea recurrente que ha dominado hasta entonces, nuevamente se le escapa de la gruta donde ha intentado confinarla desde siempre.

La mujer desnuda en el borde de la cama, lentamente fue apoyando sus manos sobre el jergón para levantarse, irguiéndose sin prisa, como niebla encumbrándose apacible en el aire. Poco a poco, así, fue extendiendo sus brazos en el vacío, aligerando su cuerpo en el umbrío aposento, y como quien ha cumplido su tarea, comenzó a tomar parte de su ropa, al tiempo que lanzaba una mirada de extremaunción sobre Porfirio abandonado en el lecho. Todavía embriagado en la curva de aquel cuerpo firme, se negaba aletargado a retirarse, mientras la espléndida figura femenina se erguía frente a él despidiéndose hasta siempre con el único lenguaje que conocía aquel cuerpo ardiente: "la vida sigue su curso".  Entonces, mirándose en aquella sonrisa inmortal de toda la noche, Porfirio le ofreció un “te quiero” tan agonizante como placentero. Dormiría ahora el sueño eterno si no fuera porque aún aquel duende confinado no toca su puerta.

–¿Por qué hay que llenar de palabras un amor fortuito? –le respondió la joven.

Porfirio guardó silencio.

De regreso al alboroto, el bravucón, al verla venir, se retira abruptamente del lugar buscando la salida, no sin antes fulminarla con un centellazo de ira de sus pupilas. Trastabillando se fue orientando al exterior con la prisa de quien tuviera una urgencia impostergable; alejándose rápidamente de la vista de los compañeros de Porfirio, y despreciando el gesto conciliador de la mujer queriendo agasajarlo. La cortesana, resignada, vuelve así a su ocupación, ahí retoma su mazo de cartas y, como siempre, con su finura habitual, extrae el último aliento del cigarrillo jugando entre sus labios. “Qué te importa que te ame / Si tú no me quieres, ya / El amor que ya ha pasado/ No se debe recordar…”. Ensordece, aturde en el Singapur.

Dejando atrás el tronar melodioso invadiendo incluso las afueras del Singapur, el sujeto apura sus pasos y se coge del vientre mirando a todos lados. La única luz disponible a su encuentro es el resplandor del lugar y la refulgencia estelar de un cielo limpio. Así, andando bajo el fragor de un trote tambaleante, un desnivel precario, tan modesto como ridículo para ocasionar una caída, le hace perder el equilibrio y rueda por el suelo terroso, apenas se ha dado cuenta cuando se encuentra besando la tierra seca. Una vez que reacciona, retomando sus fuerzas, logra sentarse en el piso y enfoca su vista hacia el cobertizo que le queda a un costado.

–¿¡Qué vaina es esa!? –exclama sorprendido.

Se frota rápidamente los ojos para sacudirse el espejismo que cree lo enfrenta, pero no logra espantarlo, sigue ahí, mirándolo con una mueca pareciendo risa, con sus brazos abiertos ofreciendo el amparo que nadie querría, mientras de sus pantalones, cayendo al suelo perezosamente, gotea la última emanación vital de aquel cuerpo. Con el miedo doblándole las piernas, se incorpora con dificultad y, lentamente, fue acercándose al hombre colgando exánime del techo.

–¡Coño!... –gritó trastornado–. ¡Se llama Blanca y el gato Cristalino, cabrón! –agregó con el mismo tono de espanto, en ocurrencia insólita que sólo el alcohol es capaz de alumbrar ante semejantes circunstancias. Lo hizo con tanta fuerza, con tanto terror, que su voz se escuchó nítidamente en el Singapur. Se apagó entonces el estruendo musical.

FIN


domingo, 27 de diciembre de 2020

Kunst am Turm

Kunst am Turm

(Arte en la Torre) 
Crónicas perdidas 

Edinson Martínez

Parte 1

Debe haber sido finalizando abril de 1994, cuando un sábado a media mañana, el conserje del edificio donde vivía se acercó a mi apartamento para decirme que una pareja de gringos estaba solicitándome para hablar conmigo. Enseguida me arreglé y bajé a ver quiénes eran y qué querían. No tenía la más remota idea de qué se trataba, pero viendo el apremio del mensajero, rápidamente salí al encuentro de los extraños.

Era una pareja formada por un hombre y una mujer, enormes, con una estatura superior al promedio de las nuestras, y, eran tan catires que parecían albinos. Vestían de modo muy informales, al estilo en que usualmente lo hacen los turistas, incluso la mujer llevaba colgando de su cuello una cámara fotográfica, igual a los viajeros foráneos. Al presentarme, imaginando que en verdad eran norteamericanos, me causó mucha risa descubrir que no eran tales sino alemanes, poniéndomela así de manera más difícil para conseguir entendernos. El caso es que cómo pudimos, al poco rato logramos precisar cuál era el interés en contactarme. Era el mural, la obra culminada meses atrás en nuestra ciudad, la cual por sus dimensiones se había convertida en referencia obligada en su paisaje urbano, llamando la atención a propios y extraños. Esa era la razón de aquella visita inusitada en medio del sopor atormentado de esa mañana de abril, el mes más caluroso del año presagiando las lluvias de la otra mitad de la estación climática en nuestro país. Así, entre mímicas, un pésimo español y un inglés a trancazos, como auto bajando una cuesta con el pie pisando el freno atenuando el descenso, lograron explicarme la razón de entrevistarse conmigo. Para ese momento todavía teníamos muy presentes todos los pormenores de la ejecución de la obra promovida y apoyada entusiastamente por Lolita Aniyar de Castro, gobernadora en aquella época, cuya primera impresión cuando le referí la idea, fue: "Edinson, tú como que te volviste loco"

...Sigo luego porque es muy incómodo escribir con un dedo...


Parte 2
(Dos días después)

Los dos alemanes ya venían de hacer una sesión de fotos en el mural, y, ahí, pidiendo detalles al vigilante de entonces, que no imagino de qué modo lograron sacarle el lugar donde yo vivía, consiguieron dar conmigo sin mayores problemas, en fin de cuentas, Ciudad Ojeda tampoco es una metrópolis inextricable, y cuando se unen el instinto y el interés, no hay barrera que se oponga para lograr el objetivo propuesto. Eso pensé al caer en cuenta que me encontraba ante dos reporteros al ver la identificación que portaban, y un conjunto de ejemplares de una revista a la que señalaban con insistencia para hacerse entender. Entonces, poco a poco, con relativa facilidad, comenzamos a comunicarnos, comprendiendo en seguida que requerían información y pormenores sobre el mural. Así, atendiendo al interés que mostraban, procedí gustosamente a entregarles el material de que disponía, básicamente fotografías previas a la obra y algunas panorámicas que ya habíamos tomado desde diversos ángulos de la ciudad, además de una copia del papel de trabajo que Manuel Vargas había redactado como fundamento plástico del proyecto. Por último, les di mi nombre y otras generalidades que pidieron en un español tan rudimentario como elemental, similar al inglés al modo de Tarzán que temprano intentamos. Se despidieron con la cara llena de sonrisas y la promesa que pasados unos meses se hizo realidad. Llegué a comprender que eran dos periodistas adscritos a la embajada alemana en Caracas en gira por el país, que, por otra parte, representaban a la publicación que con tanto interés me mostraron; una revista en formato mayor al de una carta, en cuyo cabecero figuraba su nombre impreso en letras grandes en tono amarillo, y, debajo de él, una especie de subtítulo todo en alemán. Por lo que entendí, era un impreso internacional bajo el título de SBZ que se editaba periódicamente. El caso es que estos reporteros me hicieron saber que El mural más grande (así habíamos decidido llamar la obra luego de una consulta entre escolares de la ciudad) tendría un reportaje en ella, el cual se me haría llegar para el 13 de diciembre de 1994, fecha entonces en la que por error se conmemoraba el aniversario de la ciudad.

Pasaron varios meses y me fui olvidando del asunto, apenas lo recordaba de vez en cuando sin dar mucho crédito a la puntualidad alemana. Cuando llegó la fecha indicada para recibir el ejemplar de la revista, 13 de diciembre de 1994, entonces no la recibí, la había estado esperando con ansiedad, sobre todo porque estas dos personas me aseguraron firmemente que, para dicha celebración, exactamente ese día, la recibiría con toda seguridad. Se fue el 13 de diciembre, y no pasó nada... Pero el 14, es decir al siguiente día, bien temprano, un cartero (entonces todavía había carteros y el correo funcionaba medianamente), tocaba el intercomunicador del edificio, y desde la bocina del aparato, alguien me decía: "señor Martínez tengo un paquete para usted". Efectivamente, al abrir el sobre, un par de SBZ se desplegaron ante mí, los examiné rápidamente, y en sus páginas internas, creo que casi en el centro del impreso, me encontré con el titular principal "Kunst am Turm", siguiendo luego con un amplio reportaje de cuatro columnas en cada hoja, donde se reseñaba la obra junto a varias de las fotos que les entregué. No llegaron el 13, pero el 14 bien temprano ya las tuve en mis manos. Entonces pensé, "¡cuánta de esa puntualidad nos hace falta!".

Uno de los ejemplares se lo obsequié al autor de la obra, mi siempre recordado amigo Manuel Vargas, y el otro a Julieta Arriechi, dejando para archivos una copia a full color que mandé a hacer. Al profesor Jesús Casado le pedí la traducción, quien gustosamente me la leyó durante una visita que le hiciera al diario El Regional del Zulia, donde laboraba como corrector de textos.

Después de tantos años transcurridos, cuánto lamento que por la desidia general, de gobernantes y gobernados, la obra paulatinamente haya ido deteriorándose, casi desvaneciéndose, por no haberse realizado la debida restauración que tocaba en sus primeros quince años de vida. Quizás llegue al punto en que ya no pueda restaurarse, entonces se convertirá en el mayor icono de la desidia de un pueblo. ¿Qué pensarían hoy aquel par de alemanes deslumbrados entonces por los cuarenta y dos metros de altura de El mural más grande?


viernes, 11 de septiembre de 2020

El pianista sin piano

El pianista sin piano

Edinson Martínez


Asomándose a la ventana, después de varios días de modorra indiferente, la idea que tiene de sí mismo, es similar a la de aquella escena de El pianista cuando miraba la calle a través del cristal. Es una mezcla indefinida de angustia, incertidumbre y alienación que le hace abandonarse contemplando las calles y avenidas durante horas, haciendo juicios y conjeturas estrafalarias sobre todo aquello que sus pupilas avistan. No puede evitar, pese a los intentos por ocuparse en otros asuntos, fugarse en sus cavilaciones erráticas mientras van transcurriendo los días indicados para la cuarentena.

En mayo, una bandada de pericos viniendo del oeste, atraviesa el cielo claro en dirección al este, los delata el alboroto que van haciendo cuando surcan por los aires como si fuese una romería festiva; una cháchara alborozada cronometrada por el reloj biológico para que cada mañana vuelen repitiendo la misma jornada del día precedente. Ahora, como nunca antes, los ha venido escuchando siguiendo la ruta que les marca la brújula instintiva que los orienta en el vacío. Dándoles un vistazo, regresa su mirada a varias personas caminando dispersas hacia una misma dirección, no son muchas a estas horas, dos, cuatro, quizás cinco, que confluyen en sus pasos viniendo desde diversos lugares de la ciudad.  

El rumor sordo de una planta eléctrica llena el silencio del entorno aplacado; la electricidad se ha ido ya hace un buen rato, amaneciendo el día, como todos recuerdan. No circulan carros, y como si fuera una película de ficción, de aquellas que presagiaban la llegada de una amenaza global para exterminar a todo ser viviente, la calle luce sombría, con ese tono apagado de la tristeza en la que los párpados se sienten tan pesados como si estuviesen cargados con plomo. Viéndola casi desierta, con los pocos árboles que hay en ella tan quietos, como si también presintieran el asecho fantasmal, desde una de sus esquinas desamparadas, dos mujeres, quizá madre e hija, o tal vez hermanas, por ese mismo aire que las asemeja moviendo sus cuerpos avanzando deprisa sobre el asfalto, pareciendo que van esquivando subirse en las aceras, nota que se desplazan una junto a la otra sin hablarse, son ágiles, delgadas como una varilla, con un soplo juvenil que les otorga una flacura desmedida, también, como aquellas otras personas, cargan sus mascarillas tapándoles la mitad de sus rostros. Del hombro de una de ellas, la de mayor estatura, cuelga un bolso que le llega hasta la cintura, tal vez sea para meter ahí los víveres que han de adquirir en algunos de los comercios de la zona, cabría pensarse como simple ocurrencia.  

La ruta que llevan conduce al este; al otrora bullicioso andar de gentes que, a horas como estas, se encontraban ensimismadas en sus menesteres siempre apresurados; van rumbo al centro de la ciudad, suponen el hombre y la mujer del ventanal, piensa aquel trastornado pianista sin piano que lleva rato mirándoles sin que ellos se percaten.

El resplandor alucinado de los primeros rayos del sol, comienza, después de un breve lapso, a descargarse enérgico sobre ellas, atacándolas de frente con tal fuerza que, de sus cuerpos, en gesto inusitado, inútilmente sus manos intentan protegerse del horizonte ambarino.

En el otro extremo de la avenida, desde una de las edificaciones que enfrenta a la de este vigía sin piano, los cuerpos del hombre y su mujer, llevan minutos apuntando sus semblantes hacia las dos transeúntes, omitiendo inicialmente, de acuerdo con el lenguaje mudo de sus ademanes, al resto de los caminantes de la calle, luego, pocos segundos más tarde, los tendrían presentes en el radar de sus percepciones solitarias. Parecieran seguirlas con sus miradas ávidas de acontecimientos en la mañana recién estrenada. Para ello se esfuerzan empinándose en el ventanal, mientras apoyándose con sus manos sobre el dintel, estiran sus rostros buscando mejor perspectiva. Sus cuerpos, hablándose en la distancia, persiguen las dos figuras que se alejan rumbo al oriente. No cruzan palabras, se comunican a través de sus gestos moviéndose en pos de lo que observan. Tal vez no tengan nada que decirse, cavila el angustiado mirón que los observa. “La vida está hecha de la mudez de nuestros gestos”. Masculla, dejando escapar de su universo reflexivo la sentencia repentina.


Dos tipos se acercan con algo menos deprisa a varios pasos de las caminantes que, de pronto, han girado en una de las intersecciones próximas al lugar que antes le han presumido como destino final el dúo de fisgones de la ventana, según ha conjeturado el tercer oteador que aquellos han pensado sobre ellas. Más temprano, uno de los individuos, un tipo joven, de mediana estatura, de ropas muy anchas, ha surgido desde el flanco donde vive la pareja de curiosos que espía a las viandantes, lo miran atravesando raudo la avenida para encontrarse con el otro de los transeúntes, quien le espera impaciente en el lado opuesto de la vía, en el mismo costado donde habita el otro de los observadores fortuitos, el pianista fastidiado.  

Es un hombre, igualmente, joven, seguramente contemporáneo con quien viene a su encuentro.

En una mañana tan lerda, nada en el entorno habría de apremiar a las personas, sin embargo, se ven impacientes, urgidas en cierto modo, quizás sea la ansiedad por disfrutar, aunque sea por un rato de la libertad de la calle, o muy probablemente, no sería de extrañar, sea el estrujamiento de la cuarentena, ciñéndose inclemente sobre ellas, sin que estas tengan el modo de afrontarla adecuadamente, haciéndoles escapar así, atolondrados y apremiados para eludir el dardo punzante de las carencias buscando de abreviarlas.

El resguardo de la vida, en este caso, tendría, en insólita determinación, menos relevancia que la temida enfermedad, presupone el pianista se han dicho los husmeadores, cuando los nota romper el silencio que hasta el momento conservaban. Súbitamente han posado su atención sobre los dos jóvenes encontrándose en la calzada. Ha sido en un giro brusco, pleno del aire improvisado que impulsa los gestos humanos.  

Contraviniendo la orientación de sus pasos, las dos mujeres han doblado a la izquierda, en la bocacalle, en posterior maniobra a un inexplicable titubeo; una vacilación pasajera a partir de la cual han escogido finalmente desviarse hacia la calle transversal. La más baja de las dos, segundos antes, ha volteado a mirar a sus espaldas, tal vez haya percibido la presencia del par de individuos caminando detrás de ellas, haciéndole sentir así una corriente de frio que fue resbalándole por el espinazo. Enseguida, en reacción impulsada por el miedo, hace un jaloneo discreto, casi imperceptible al bolso de su acompañante, como pretendiendo darle aviso sobre el seguimiento que les hacen. Eso ha creído el neurasténico espectador que han inferido aquellos desde el ventanal.

El quinto sujeto apareció viniendo desde el fondo de la avenida, de su extremo más lejano, en los límites de ella con la otra arteria vial que se hunde hasta las riberas del lago, viene en una silla de ruedas que impulsa con una habilidad de seguro ganada en muchos años de fatiga. Acercándose ya, próximo a los jóvenes que escoltan a las mujeres, observa cuando tuercen en la misma dirección que han tomado ellas. Igualmente, él lo hará, sintiendo que sus brazos se le engarrotan y las manos se le acalambran. En la secuencia, todos van alejándose en la misma dirección, perdiéndose en el tremedal de edificaciones ahora desiertas y el resto de vías que confluyen en el perímetro. Inicialmente, ninguno de ellos pensaba doblar en esa esquina, pero una vez que lo hacen, el enajenado observador supone que la pareja apostada en su mirador, se ha equivocado en sus pronósticos. Él ha imaginado que aquellos habían apostado sobre el grupo de diligentes caminantes, viéndose frente a una avenida en recta tan espléndidamente desolada, privada de sus obstáculos habituales


, la lógica determinación de continuar sobre ella sin desviarse en ningún lado. Sin embargo, han optado por lo imprevisto, por aquello que lucía menos probable.  “El futuro, aunque sea muy próximo, nunca deja de ser una conjunción azarosa de circunstancias; una combinación infinita de probabilidades sobre las cuales nadie tiene control”, se le antoja pensar.

Las mujeres han girado con el temor corriéndoles por las espaldas, creyéndose asechadas por el dúo que al parecer mal intencionadamente les sigue; los jóvenes, imitándolas, como quien remeda el paso de otro sin mostrar todavía intención alguna, avanzan en silencio con la mirada puesta sobre ellas; y, el lisiado, desamparado en la soledad citadina, bracea cansado intentando secundarlos apresuradamente. Cada cual, con sus muy particulares razones, ha escogido, finalmente, su ruta, esa que ahora comparten sin habérselo propuesto en mancomunada determinación.  Los mirones del lado opuesto de la avenida, alzándose sobre sus pies para extender su pesquisa, en un instante los han perdido de vista. “¡Ya no logran divisarlos a plenitud!”, exclama el pianista después de un entrecortado suspiro.  “No hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño”, escribió Borges, recitó de seguidas, extrayendo de su memoria aquellas palabras que alguna vez leyera. No se escuchaba a sí mismo desde hacía ya varias horas, por eso ahora su voz la notaba grave, ronca, un tanto extraña para él mismo; pero no era eso lo que llamaba primordialmente su atención, era el hecho de asombrarse, conociendo su mala memoria para textos y canciones, que pudiera citar tan fielmente aquel extracto literario que creía extraviado en el laberinto de sus recuerdos. Después de todo, ahí continuaba archivada en alguna parte de su corteza cerebral aquella afirmación borgeana, resistiéndose tenazmente al paso del tiempo. Igualmente le había ocurrido durante la víspera, mientras la oscuridad de la noche se hacía con los restos de luz que quedaban de la tarde: un tropel de niños, corriendo por las escaleras del edificio, jugaban y gritaban ante cualquier susto que les provocaban las tinieblas encumbrándose. Metido con sus ojos en el misterio de la negrura, de pronto se acordaba de los años de su primera infancia. Había, entonces, en el lugar donde vivía, en uno de los solares contiguos, un barco abandonado, escorado extrañamente en tierra, donde los muchachos del barrio jugaban a los piratas durante las tardes, permaneciendo en él hasta cuando los rayos del sol comenzaban a ocultarse para dar paso a la penumbra que rápidamente se encimaba, salían, entonces, corriendo despavoridos, temiendo a la aparición de todos aquellos fantasmas que poblaban la imaginación infantil.  “Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso”. Se dijo inusitadamente, saltándole aquella expresión de Borges, desde el fondo mismo de esos instantes preñados de recuerdos.  

Cuando el hombre se ha afincado sobre sus pies para extender la mirada, su mujer lo ha seguido con igual gesto, examinan la avenida buscando entre los transeúntes a la persona que aguardan, aquella que desde hace rato esperan, como cada día lo hacen comenzada la cuarentena. No es por supuesto ninguna de las que esmeradamente sigue el pianista. En algún momento, el sujeto ha levantado su rostro, acompañándolo de un ligero ademán con una de sus manos; la mujer, al instante, le ha comentado su parecer, quizás alguna idea cualquiera relativa a lo que les convoca esta mañana en el balcón. Justo, entonces, el pianista sin piano los ha percibido, los ha pescado en su embelesado interés sobre los viandantes. “Van tras ellas, ahora, cuando nadie más está en la calle”, ha pensado él, que, ambos se confiesan.

Los dos individuos aceleran su paso, y, a pocos metros, como si en efecto quisieran abordar a las mujeres que, igualmente, apuran su marcha, entonces, ya muy cerca de ellas, el hombre de la silla de ruedas, realiza un embalaje vigoroso para acortar la distancia con ellos. Enseguida, en esfuerzo conjunto al de su recia musculatura superior, un chiflido enérgico sale de sus labios, venciendo la protección de tela sobre su boca, para llamar la atención de las cuatro personas delante de él. De inmediato voltean a mirarlo. Las mujeres respiran hondo, como soltando aliviadas un pesar, y los presuntos aspirantes de pillos, sorprendidos, desaceleran su marcha hasta casi detenerse. El lisiado, levantando una de sus manos, les hace señas, persuadiéndoles de pausar su ritmo mientras va aproximándoseles. “Las ha salvado el hombre de la silla de ruedas”, piensa el excitado vigía, acogiéndose al razonamiento que, según él, habrían hecho desde enfrente el dúo de fisgones que ahora ya no pueden ver.  

El par de sujetos, convencidos de la mejor intuición de las mujeres para encontrar lugares de suministros en una ciudad desierta, han preferido pisarles los talones antes que improvisar azorados por otras rutas. Por su parte, el hombre de la silla de ruedas, conocedor del vientre laberíntico de la ciudad, sin habérselo planteado inicialmente, decide seguirlos, sin otra excusa que hacerse acompañar durante el tramo restante camino al centro de la ciudad. Sin embargo, entre las sombras de las dudas, quedarán siempre las sospechas sobre las verdaderas intenciones que a todos han animado. Ni siquiera el narrador de esta historia se atrevería a confirmar la autenticidad de las que se han inferido.

Poco después, los residentes del edificio de enfrente, la ansiosa pareja de hace un rato, se retirará del ventanal frustrada en su espera de todos los días, y los viandantes fortuitos de la mañana, continuarán su marcha por unas calles solitarias.  “Las personas estamos llenas de últimos momentos, quizás, en muchos casos, simplemente seamos el eco de ellas lo que se percibe”. Dice finalmente, el pianista sin piano, cansado de vivir otras vidas, dejando ahora que sean ellas quienes vivan las suyas.

FIN

 

miércoles, 13 de mayo de 2020

San Sebastián de Las Tasajeras


San Sebastián de Las Tasajeras
Por: Edinson Martínez

Al subir la cuesta de la carretera, desde el flanco derecho, cuando fui girando en la curva sobre un ángulo discreto que apenas torcía el volante unos cuantos grados, el sol agazapado entre un grupo de nubes blancas como las motas de un enorme algodonal, fue invadiendo progresivamente con su resplandor ambarino, la cúspide árida de una pequeña loma coronada por una vivienda solitaria. Era la primera de una hilera de casas rusticas esparcidas en la tímida hondonada, como si ella hubiese sido sembrada ahí para ejercer el mando comarcal sobre el resto de aquellas ruinas resistiéndose al olvido. Desde la atalaya agreste que ocupaba, la vista se desplegaba generosa sobre la pendiente, oteándose claramente una ringlera de casas espectrales; cabras empecinadas hurgando el suelo, mientras van soltando lacónicos berridos; árboles sobreviviendo en el terreno pedregoso, rodeados de una vegetación dispersa aferrándose a la superficie arcillosa; arbustos oponiéndose al viento que, cayéndoles encima, desde cualquiera de los puntos cardinales, se mecían impacientes aguantando los embates antojadizos de las corrientes.  La carretera angosta por la que ahora transito divide el macizo semidesértico como una larga franja negra y sinuosa, viniendo desde muy lejos para continuar perdiéndose en el horizonte, como si fuese a encontrarse con el astro rey descansando entre las nubes. Llevo horas viajando, desde muy temprano en la madrugada, cuando todavía en el cielo refulgían atolondrados los incontables puntitos de luz apaciguando la oscuridad, pese a ello aún no me siento cansado, de modo que detenerme ahora ha sido verdaderamente un contratiempo que no esperaba encontrarme. Girando sobre el lomo de la carretera, uno de los neumáticos delanteros, repentinamente ha lanzado aquel estallido tan propio de las pinchaduras de un caucho. De inmediato, el volante acusando la avería, comienza a vibrar atropelladamente obligándome a orillarme rápidamente. Poco a poco fui llevando el vehículo hacia la estrecha calzada hasta que fue desmayándose para aplicar los frenos. Estaba detenido en un camino solitario por el que según parecía, circulaban muy esporádicamente vehículos. En realidad, desde hacía rato, no había visto transitar a nadie en cualquiera de los sentidos de la vía; no venían, ni tampoco iban carros. Es decir, para mejor expresarlo, ni bajaban, ni subían personas o automotores de ninguna clase. Tal vez sea la hora, incluso el día. Los domingos en las mañanas, muy temprano, suele haber poca afluencia de conductores en las vías, se me ocurre pensar. Durante unos minutos aguardé sentado dentro del auto sin el menor propósito de salir a establecer cuál era el verdadero alcance del percance. Afuera, un silencio sólo perturbado por el rumor del viento bajando desde las colinas, colmaba el ambiente apacible como si allí nada tuviera prisa más que el aire levantando el follaje de los arbustillos famélicos desperdigados en las laderas terrosas. A veces, el berrear de alguna cabra arrancando del suelo agreste el monte ralo adherido con firmeza en el pedregal, se escuchaba lejano perdiéndose como un lamento que va desfalleciéndose en la inmensidad. De pronto, veo venir a un muchacho en una bicicleta, a varios metros de donde me encuentro, viene pedaleando con la habilidad de un malabarista, sosteniendo en una de sus manos, un cartón de huevos con tal naturalidad, como si éste formara parte de su anatomía. Antes de llegar a toparse conmigo, vira a su izquierda y toma el camino arenoso que conduce hasta la meseta, enfilándose a través de un paso rastrillado por las aguas que durante el invierno descienden aturdidas por la pendiente. Llegan, según las marcas de la trocha, desembocando en raudal persistente hasta la carretera, precisamente, hasta el costado en que ahora me encuentro contemplando el paisaje. Sobre la senda, las huellas registradas sobre el terreno desértico como grandes arrugas serpenteando el trayecto, retratan el poder lacerante de las aguas durante los aguaceros inclementes de la estación pasada. También es probable que alguna lluvia atemporal sobrevenida fortuitamente, como a veces ocurre por estas tierras, haya dejado sus rastros en la superficie. A paso lento, el ciclista, fue remontando el escarpado sinuoso hasta posarse en la última de las viviendas coronando el cerrito. Cuando el adolescente al fin llega, quizás exhausto, por la lucha que ha significado sortear los escollos del camino equilibrando el cartón de huevos, decido, entonces, salir del vehículo. 

La rueda derecha, la delantera, yace completamente achatada sobre el asfalto, desinflada y estropeada, dando la impresión de una nave escorada yéndose a pique en medio de la inmensidad. En uno de sus extremos, una rajadura larga, corta diagonalmente el caucho, como si un objeto filoso hubiese sajado la gruesa armazón negra hasta sacar de sus entrañas el vacío que la sostiene. Examinando por unos instantes la llanta, en cuclillas, paseo por su superficie mis manos para apreciar la magnitud del daño. No hay nada qué hacer, no tiene arreglo, y en seguida pienso en el contratiempo, en la contrariedad, en todo aquel engorro que significa disponerme a cambiar un caucho en plena carretera. Sin embargo, reponiéndome casi enseguida, respiro hondo para tomar impulso, mientras el sol pegando a mi espalda, trae consigo la quemante sensación de una mirada espiándome desde algún lugar del rellano. Es aquella extraña percepción a veces sentida sobre el cuerpo a través de una acuciosa observación; una inexplicable presencia que nos sigue con sus ojos hasta que, en el albur de las reacciones humanas, finalmente, se intercepte con disimulado gesto. Ya de pie, volteando automáticamente hacia el camino que minutos antes tomara el ciclista, miro en ambos lados de la ruta polvorienta, busco en sus alrededores el origen de aquella sensación que, de pronto, quizás, resultara más bien fruto de la imaginación, del recelo que me posee hallándome desamparado frente a tan desafortunado percance; un sentimiento que me acoquina desde las entrañas mismas sin poder evitarlo. Paseo mi vista fugazmente sobre el caserío, son cinco o seis viviendas dispersas, con patios extensos remontándose sobre la austera cuesta que conduce a la meseta, y noto en una de ellas, la primera del ala derecha del camino, a dos mujeres, ambas jóvenes, en el umbral del humilde pórtico, hablándose mientras señalan el lugar en que varias cabras arrancan del suelo el pastizal reseco. Un perro de patas blancas, bate su cola empinando el hocico con la lengua suplicante hacia ellas; alguna promesa le han hecho que ahora se las está reclamando lanzándoles dos o tres ladridos mendicantes. No parecieran haber notado mi presencia, incluso ni siquiera me miran. En el extremo opuesto, tal vez diagonal a ellas, subiendo la pendiente, otra de las casas luce desocupada; ventanas y puerta, la única que se aprecia, cerradas. Sobre el dintel de la entrada, un bombillo pegado en la pared, todavía está encendido con su luz incandescente diluyéndose entre los fogonazos amarillentos del sol disparándose desde atrás de la colina. A su lado, varios metros más arriba en el camino, separándose en el terreno que ambas comparten por un camellón de alambre de púas que las divide, otra vivienda, igualmente, parece vacía. 


Un árbol cubre parte de su fachada con largos brazos envolviendo el techado, detrás de ella, varias filas de arbustos floreados forman un precario jardín multicolor con plantas de la estación. Otra vez, los seres más comunes del paisaje, se pasean indiferentes, impasibles, por la estepa soleada, ensimismados, como siempre, en la única tarea que sus cerebros les prescribe en su existencia: rebuscar entre el matojo de la tierra, el alimento que les sirve de sustento mientras van berreando.  Desde el frente, una casa más baja, con el resto de sus dimensiones asimismo recortadas, el ruido apagado de una radio que sale de sus entrañas, se pierde entre los rumores sordos que forma el viento bajando por los cerros. La cháchara del hablante acompasada por una música de fondo, sube y baja de intensidad en el ambiente según quiera la caprichosa fuerza del viento, quedándose flotando en la atmósfera, como si estuviese penando en el limbo creado por los pliegues topográficos de la zona. A un costado, de un tendero de ropa, cuelgan prendas de vestir masculinas y femeninas; pantalones, faldas, camisas y blusas. Ondean sujetas a las cuerdas bajo el imperio de la exhalación furiosa de la hora. Si hay alguien ahí, seguramente estará dentro ocupándose de las tareas del día, cronometrando rigurosamente el paso del tiempo, mientras va afanándose en aquellos menesteres que han esperado el fin de semana para atenderse con disciplina de ama de casa. No viene de allí observación alguna y, enseguida, levantando la mirada un poco más arriba, como sobando la planicie sobriamente encumbrada, en la siguiente casa, mi vista se posa sobre un hombre mayor junto a un niño entreteniéndose con unos pollitos amarillos a los que van lanzándoles los granos de maíz desde un recipiente que sostiene el viejo en su regazo. El niño brincotea agarrado al pantalón de quien parece su abuelo, aunque, también, pudiera ser su padre. A medida que los polluelos los van cercando con el picoteo alborotado, el infante se ríe con la risa nerviosa de un chiquillo repartiendo su gozo entre el recelo y la alegría. Ambos sólo tienen atención para el regocijo dominguero. Esta es la penúltima de las viviendas de la ruta pedregosa que va asentándose hasta la augusta colina.

Una confusión de trinitarias rojas, moradas y blancas, formando un nudo esplendente de flores sobre un cercado, antesala el fin de la pendiente. A un costado, en su flanco izquierdo, como abriendo paso al camino áspero que se introduce en la meseta, bajo la sombra de un araguaney en flor, en el margen derecho de la última de las viviendas del caserío, mis ojos se posan sobre la figura de un anciano sentado con una manta sobre sus piernas, encima de las cuales descansan sus manos, sujetándose una palma dentro de la otra mientras se acoda en los apoyabrazos del asiento. Su semblante apunta su mirada directamente hacia mí, como si desde la espléndida atalaya en que moraba no pudiera otearse ninguna otra presencia. Cuando finalmente, en la imaginación que acorta la distancia para el encuentro franco de nuestras pupilas, logramos alinear nuestros rostros, ambos supimos que estábamos mirándonos. Yo lo descubría en el vuelo rasante de unos segundos extendidos sobre el paisaje ocre y, él lo hacía descolgando su mirada desde aquella fisonomía tostada, de barba rala y blanca, en la contemplación muda sobre la campiña que de allí dominaba desde hacía rato.
El sol de cuarenta y cinco grados sobre la superficie baña jubiloso la comarca, su exhalación luminosa la tengo de frente azotando inclemente mi rostro. Levanto mi mano para escudarme de él mientras cubro parte de mi cara. La opongo con la palma derecha abierta escondiendo el disco dorado que azorado se yergue entre un montón de nubes blancas. El anciano, en gesto inesperado, sin los centellazos que le molestasen porque nacen a sus espaldas, alza, igualmente, su mano. Lo ha hecho al propio tiempo en que elevo la mía, también con su palma abierta, como respondiendo a mi ademán protector con similar movimiento. Me toca dudar. Me acodo sobre el auto y de seguidas sacudo indecisamente la mano, como haciendo con ella un saludo tímido sin esperar nada a cambio. Para mi sorpresa, el anciano igualmente me responde. Esta vez no hay dudas, no se trataba de un espejismo, ni de mi imaginación cuando supuse el efecto de una mirada sobre mi espalda al examinar la rueda, sino de un hecho tangible. Allí estaba aquella figura, una y otra vez haciéndome señales amigables a través de una oscilación pausada de su mano. Tenía rato observándome.
Una cabra lanzando un nuevo berrido desde el solar opuesto donde se ubica, enseguida es respondido por el grupo disperso en toda la planicie, como si pretendiesen transar una conversación en el vecindario. El perro patas blancas, ladrando juguetón suplicando atención, recibe el grito irritado de una de las muchachas espantándolo de su lado, empujándolo hastiada al patio soleado de la casa, el lugar habitual de los animales. El viento, descendiendo por la depresión de las colinas cercanas, atraviesa sedoso las laderas, manifestando sus huellas invisibles en el repentino alborozo del precario follaje que ha sobrevivido a la sequía. Es un aire perfumado golpeándome el rostro en ráfagas discretas, acariciándome con tanta calma, con tal placidez que, por un instante, el apremio que ha hecho detenerme, deja de tener la urgencia que hace unos minutos me abrumara; sin embargo, apurándome instintivamente por las horas que corren, me dirijo, entonces, a la maletera para retirar el caucho de repuesto. Al levantar las herramientas y el equipaje descansando junto a otros objetos en la cajuela, descubro enseguida el nuevo imprevisto: ¡el caucho no tiene aire!... ¡Está desinflado!... ¡¿Qué vaina! ¡¿Y ahora qué hago?!... El corazón me palpita tan fuerte que ya no era el viento quien estremecía mi camisa, sino una crepitación azorada saliendo del costado izquierdo de mi pecho. Sudaba frio mientras golpeaba desesperado el lomo del caucho aferrado a la estéril idea de suponerlo en condiciones de hacer su trabajo. ¡No hay nada que hacer!... ¡Es inútil! Al sacar mi rostro de la maletera, lo giro a la derecha, persiguiendo la mirada fija del anciano allá en su aposento, como si fuese en ese instante la única tabla de salvación a mi traspiés. Nuevamente la consigo, igual que antes; impávida, imperturbable, contemplando, diría yo, el paisaje, y, no al acecho, como podría pensarse, de todo aquel fortuito transeúnte que por cualquier causa cruzara por estos caminos. Alza otra vez una de sus manos y, torpemente, con la palma abierta, como ya antes lo había hecho, me saluda enseguida.

Desde que llegué a este lugar, ningún otro vehículo había cruzado la vía, podría desnudarme y plantarme en medio del asfalto y nadie se enteraría. Es, en efecto, una carretera desolada, ya ni siquiera es que tiene muy poco tráfico, como en cierto momento pensé, sino que verdaderamente no tiene tránsito alguno. ¿Me habré equivocado de ruta?... Recuerdo haber girado a la izquierda varios kilómetros atrás, justo como indicaba el letrero en la autopista señalando la indicación.  Estoy seguro de haber tomado la vía correcta… Pero, bueno, no es ese realmente el problema que ahora tengo.  El asunto apremiante consiste en reparar la avería de la rueda, o, en su defecto, reponer el aire al caucho de repuesto. Ninguna de las cosas a simple vista puedo hacerlas. Lleno de aire con lentitud mis pulmones y trato de pensar. La radio seguía sonando con su mismo fragor, y las mujeres que hace apenas unos segundos viera interesadas en las cabras del solar contiguo, ahora se han ido. La casa con la bombilla colgando en su fachada, aquella que estuvo encendida minutos antes, se observa apagada. El perro, quizás después del grito de alguna de sus amas, ha desaparecido del lugar en que se desvivía por la atención de ellas. El viejo con el niño, da un manotón inesperado, y rápidamente hace correr despavoridos a los alegres pollitos por el patio baldío que rodea la casa. Sacude el recipiente con el resto del alimento pegado en el fondo, mientras va golpeándolo a modo de tambor hasta que no queda nada en él. Al ciclista del cartón de huevos, lo veo venir esta vez de regreso, viene sorteando con su manifiesta habilidad, las arrugas del terreno yermo del camino, tal vez ha retornado por algún otro encargo hasta un vecindario cercano. Quizás pueda ayudarme, decirme al menos, dónde podría reparar la rueda. Es un alivio verlo acercarse.
El anciano seguía allá arriba como si nada le importunara. Cada vez que volteo a mirarlo, enseguida encumbra su mano y me saluda. A medida que el sujeto se aproxima, su fisonomía va haciéndose más nítida. Al principio pensé que se trataba de un muchacho, tal vez, un adolescente, sin embargo, mirándolo ahora de frente, puedo notar que se trataba de un hombre que hace rato dejó la pubertad. Tiene un rostro reseco, como la extensa superficie agostada que nos rodea; de cabello negro, abundante, agitándose con sus mechones para todos lados según prefiera el azote de la ventisca. Lleva una camisa a cuadros y un pantalón de un azul desteñido. Es delgado, enjuto, pero con un cuerpo firme, aferrado al manubrio con la destreza de un jinete sujetando las riendas de un caballo brioso. Por la orientación que trae su andar, viene hacia mí. Las ruedas vienen enfilando conforme a la intención que su semblante marca con la brújula invisible de sus gestos. ¿Vendrá a ayudarme?... Quizás. Lo he visto subir antes hasta la meseta llevando el cartón de huevos, vi cuando entraba en el patio de la última de las viviendas, pasando a un costado del anciano, del celador impertérrito desde su alcor rastreador. Tal vez ha notado mi necesidad de socorro. Me sacudo el polvo que creo me ha cubierto la camisa y, de inmediato, renovando mi optimismo, espero a que el ciclista se acerque.

En el margen opuesto de la carretera, la que ahora tengo a mis espaldas, no se divisan viviendas, ni fincas con animales pastando, ni personas andando; en cambio, un bosque marchito de arbustos arrugados y verduzcos, xerófitas abundantes, araguaneyes en flor, y otros árboles dispersos que no sabría nombrar, componen la vastedad desolada y árida del paisaje. El viento pegaba en leves ráfagas, aupando una polvareda momentánea que rápidamente se disgregaba etérea, metiéndose igualmente entre los arbustos y el follaje ralo del resto de las plantas. De allí surgía un chiflido integrándose al silencio atrapado en la vega desolada. ¿Cómo podrán vivir personas aquí?... Supongo que se habitúan del mismo modo que lo hacen los animales y la vegetación…
El ciclista, a escasos metros, alza su cara, sacándola del suelo arenoso del que venía pendiente, y me mira. Sin dudas, tengo ahora, la certeza de que viene hacia mí. Una sonrisa discreta confirma mis conjeturas, cuando observo que distiende sus labios al mismo tiempo en que me dirige sus ojos sembrados en unas cavidades ojerosas. Son unas pupilas verdes como un par de metras alegrándose junto al rostro que, entonces, se arrebuja con una súbita expresión afable.
–Le manda a decir el abuelo que suba hasta allá –me dice enseguida que se detiene frente a mí. El hombre ha frenado la bicicleta con la planta de un zapato polvoriento rozando la rueda trasera. Con el burro entre las piernas, como también se le llama al tubo superior que une las dos secciones de la bicicleta, el sujeto se planta delante de mi mientras me recita el mensaje del anciano. Una vez que comunica su recado, instintivamente, giro mi rostro hacia la meseta. Desde allí, el viejo alza su mano y vuelve saludarme, oscilando su mano como si fuese una marioneta a quien le hacen andar su extremidad.
–¿Y qué desea el señor?...
–Ah, pues… No sé… Siempre ha estado esperando por alguien. A lo mejor es usted, por eso quiere que suba.
De la cavidad oscura, delgada y chupada como una ciruela deshidratada que tiene por boca, le sale cada palabra con desgano, como si las masticara antes de finalmente pronunciarlas asociadas a un aliento horrible. El hombre no tiene dentadura.
–¿No se ha dado cuenta que estoy accidentado?...
–Sí, él lo sabe. Todo el que aquí se detiene no lo hace por su gusto. Nadie viene por su cuenta… Él lo sabe. Por eso quiere que suba.
–¿Dónde puedo reparar la avería de mi carro? ¿Pueden ayudarme? –le pregunto ya inquieto ante la absurda insistencia.
–Ah, pues, no se preocupe por eso, amigo…
El sujeto me responde con la misma llaneza de siempre, con tal desparpajo, como si, en efecto, el percance de la rueda no significara mayores inconvenientes. Han transcurrido ya varios minutos desde que llegara a esta planicie, miro entonces mi reloj y preciso la hora, las agujas en la esfera permanecían en la misma ubicación de la última vez en que lo consulté. Me doy cuenta porque la saeta más delgada, la que va indicando los segundos, se encuentra detenida sobre el diez, mientras las otras señalaban las ocho y cuarenta y cinco minutos. Me parece raro, algo confuso porque quizás es la misma hora desde hace mucho tiempo. Sacudo mi muñeca intentando reanimar el reloj, pero las agujas no responden, continúan en su misma posición. ¡Qué extraño!
–Está bien, voy a subir, pero, enseguida que vuelva, me ayudas a reparar el caucho –le digo al ciclista–, necesito seguir mi camino cuanto antes –le preciso finalmente.
–Ah…pues, pierda cuidado, a lo mejor no le hará falta reparar nada… Adelántese usted que ya me llego hasta allá…

Mis zapatos ya no soportaban más polvo sobre ellos, a medida que voy subiendo el modesto escarpado, me tropiezo con la espesa arenilla del camino y con unas piedritas parecidas a las que descansan sobre el cauce de los ríos. El perro de hace un rato, el patas blancas, porque en otra de las viviendas, un orejón color tierra, descansa impasible bajo uno de los pocos árboles, me mira apuntándome su hocico como si oliera en el aire un aroma conocido, hace un par de intentos en ladrarme, pero al final desiste meneando la cola. ¡Éste es de lo nuestros, quizás dictamina! El sol radiante brilla sobre mis brazos, alzo uno de ellos cubriéndome vanamente el rostro, y siento un inusual dolor en él, sin embargo, no le presto atención, respiro hondo y tomo impulso para seguir la marcha. En realidad, el trayecto luce más largo del que en efecto es, tal vez sea una especie de ilusión óptica producida por los rayos del sol, o la misma pendiente que lleva hasta el rellano donde se encuentra el anciano, quizás sean ambos hechos a la vez, dando en consecuencia la idea de una ruta muy extensa. Es un caserío semiabandonado, un pueblito que fue progresivamente deshabitándose, a lo mejor por la ruda vida del campo. Se le preguntaré al anciano de la colina.
El niño con el viejo que alimentaba a los pollitos, me ve pasar parado en el umbral de su vivienda, con sus ojos de infante curioso persigue mi andar. Tiene una mirada intensa, bruna como una noche sin estrellas, como si en ellos no habitara la chispa de luz que abrillanta las pupilas. De su rostro no sale expresión alguna. Quizás sea ciego y me sigue por el ruido que hacen mis zapatos estrujando el suelo. De la casa de la bombilla recién apagada, apenas se escucha el bisbiseo de una conversación de un hombre y una mujer, por el tono, se recriminan alguna cosa. La radio, en la siguiente casa, sigue sonando igual que antes, las personas que ahí habitan tendrían que levantar sus voces muy alto para poder entenderse. A simple vista no se ve a nadie dentro de ella pese a tener la puerta abierta. Tal vez estén en alguna de las habitaciones, o en la cocina ocupadas en sus deberes. «¡Jesús es el camino, la verdad y la vida!... ¡No te apartes de él!... ¡Él viene pronto!». Se oye vociferar apasionadamente al locutor a través de los parlantes chillones de la radio. De todos los animales, es probable que las cabras sean las que menos consciencia tienen del mundo que les rodea. Sólo se limitan a hundir instintivamente sus trompas para arrancar del terreno pedregoso y tacaño la comida que silvestremente se reproduce. Cuando paso a un costado de ellas, ni uno solo de los berridos de minutos antes sale de sus cuerpos enjutos. El celador ha seguido con atención cada uno de mis pasos, me ha visto mirar a los lados indagando el vecindario arruinado, y levantar mis brazos, uno primero y el otro después, para cubrirme de la refulgencia impetuosa que se encumbra detrás de la colina, justo a sus espaldas amparadas por la sombra del araguaney floreado y varios de los árboles que desde la carretera se divisan.
Llegando a la cima, puedo ver ahora con absoluta nitidez el semblante del anciano que me ha estado haciendo señas. Es un hombre delgado, seco, enteco, mucho más que el ciclista. Como lo he visto siempre sentado, sólo moviendo sus extremidades superiores, presumo que tiene algún impedimento físico con sus piernas, sobre todo en este momento cuando noto la manta que las cubre, tal vez no pueda caminar. Una barba blanca, rala, pero extendida, le envuelve parte del rostro, como una grama creciendo silvestre hasta el cuello. Su cabello, igualmente blanco, liso, escrupulosamente peinado hacia atrás, despeja una frente ancha tostada por el sol. Sobre ella, destacan unas cejas grisáceas, profusamente pobladas, como similarmente le sobresalen al ciclista. Del entrecejo, se le desprende una nariz larga, ganchuda, descansando sobre un prominente Arco de Cupido que le dibuja meticulosamente el bigote, también en eso se asemeja al hombre de la bicicleta. A pocos metros, tomo impulso y me dirijo hasta él. Entre las sombras que los árboles entregan generosamente, aprecio su mirada fija escrutándome. Son unos ojos grandes, asimismo verdes, sembrados en unas cuencas abrazadas por unas ojeras oscuras, sombrías. Apenas se sonríe cuando me voy acercando. A un costado, ya en la meseta, de la casita modesta que pobremente se observa desde la carretera, se escucha un bullicio ahogado, como el murmullo de muchas voces hablando a un mismo tiempo. No logro comprender qué se hablan unos y otros; se oyen mujeres, hombres y niños a tono no sé si de reclamo, o tan sólo de parloteo sin trascendencia. Supongo que es ahí donde el hombre, balanceando la caja de huevos, la ha llevado minutos antes. Desde aquí, la vista a la carretera y al resto del valle, es admirable, nada que ocurra en el perímetro escapa a la contemplación embelesada del ojo rastreador del anciano, como tampoco, de cualquier otro que se dispusiera desde este mismo sitio a ejecutar su misión de celador de la hondonada. Me presento ante el viejo extendiéndole mi mano, él, a su vez, estirando la suya, balbucea su nombre: Faustino Perales. 
–Tengo años esperándolo… –agrega enseguida–. Hace mucho que nadie pasa por estos lados. Siempre me siento aquí a esperar éste día –dice finalmente.
El hombre me observaba como si buscara en mí el parecido con alguien, me examina angostando sus parpados para agudizar sus pupilas en la pesquisa que detenidamente hace. Comienzo a sentirme incómodo. Como un autómata, incluso sabiendo que mi reloj se ha detenido inexplicablemente, levanto mi brazo nuevamente para consultarle la hora.
–No se inquiete por la hora, sigue siendo la misma…  –me dice con una leve sonrisa atizándole el rostro. Comprendo que quiere decirme que no debo preocuparme por el paso del tiempo y, no literalmente lo que acaba de ocurrírseme. ¿Cómo sabe que mi reloj se ha parado?
–Sí, claro… Es que no quiero…
–¡¿Perder mucho tiempo!?... ¡¿Cierto?! –me precisa cabalgando sobre mis palabras, lo hace con un tono vigoroso que antes no había percibido. ¿Qué broma es ésta que me está pasando?...  
–Pues, no precisamente, es que, como se ha dado cuenta, a mi auto se le ha estropeado una de las ruedas, y el repuesto, tampoco me sirve… Quisiera…
–No se preocupe por eso, ya no le hará falta –vuelve a hablarme en unos términos en que, para no tomarlo fielmente, debo, como antes, sortear una interpretación de lo dicho. Sin embargo, esta vez, decido ir directo al grano.
–Dígame usted, ¿en qué puedo serle útil?
El hombre de la bicicleta, sin mediar palabras, pasa a nuestro lado, llegando desde la carretera, de algún otro de los caseríos en las cercanías, supongo, trae consigo otro cartón de huevos, igualmente, columpiándolo en una de sus manos para evitar que se estrellen en el piso.
–Juvenal, ¿hasta cuándo traes huevos?... ¡Ya te he dicho que no nos hacen falta más huevos! –le reclama Faustino cuando el ciclista va ingresando a la casa–. No sé cuándo llegará a darse cuenta del lugar en donde se encuentra… –me dice directamente a mí–. ¡No puede seguir haciendo siempre lo mismo eternamente! ¡Qué contrariedad! –exclama molesto, dirigiendo sus palabras al vacío que nos separa, al tiempo que una lagrima gruesa sale de uno de sus ojos rodándole presurosa por la mejilla derecha.
–¡Bien!… ¡Dígame usted! –le insisto, soslayando el asunto de su turbación, para retomar enseguida nuestro diálogo.
–Sí, correcto. Verá…, ¿puedo tratarte de ?
–Sí, desde luego.
–Desde este lugar, teniendo esta majestuosidad a disposición –el viejo abre sus brazos abarcando el paisaje–, es una tentación para todo hombre no soñar a ser Dios. Puedo uno ver cuánto quiera y, sin interferir, dejamos que cada quien haga su propósito, como bien haría el Creador. Llevo años esperando por alguien que, tomando este camino, se detuviera justo ante mis ojos, para luego sin las dudas de la razón, llegase hasta mí, como tú lo has hecho. Has escogido mi misión, la que llevo tanto tiempo queriendo legar, porque me corresponde ahora otro destino...
Mientras lo escucho voy haciendo un inevitable juicio sobre éste anciano: ¡Es un condenado chiflado alojado en esta soledad!       
–Don Faustino, ¿cómo se llama éste lugar? –le pregunto, sacándolo del hilo que delirantemente va tejiendo.
–¡San Sebastián de Las Tasajeras! –responde en el acto, cortando así la sarta de desvaríos que venía diciendo. 
Después de conducir durante horas por una recta que parecía trazada como una larga raya sin término, hago memoria ahora sobre el trayecto de la troncal dividiéndose inesperadamente. Se abría ante mí en dos vertientes como el cauce de un rio partiéndose en sendos canales. En ambos márgenes de la carretera, se elevaban, sobreponiéndose unas sobre otras, una cantidad formidable de colinas, de cerros altos y bajos cubiertos por una vegetación rala, de xerofitas en su mayoría, dando el aspecto de un manto agreste cubriéndolas con esmero. Sus superficies exhibían una gradación vistosa de tonos escarlata, anaranjados disimiles, ocres, y rojizos, dando la idea de ser unas montañas ferrosas, cuyas texturas, en efecto, se componen de arcilla. Finalizando abril, los araguaneyes de estas angosturas, se visten del amarillo extravagante que transforma el paisaje en una acuarela impresionista. Un deleite para la vista de cualquier paisajista. Recuerdo haber tomado la ruta de la izquierda, dejándome llevar por un aviso indicando el lugar de mi destino. El lomo del asfalto a esta hora de la mañana luce de un tono opaco, de un matiz oscuro que va abrillantándose a medida que el sol va remontando en la bóveda celestial.  Cuando viré, un rayo de luz matinal, entró por mi flanco derecho, froto mis ojos, comenzando a fatigarse por el trayecto, miro mi muñeca para ver la hora, y de pronto, desde el mismo costado, la sombra de una persona brinca sobre la vía… Es lo último que recuerdo de ese instante. Ya no tengo memoria sobre lo que sucedió entonces.
–Curioso nombre… Supongo que era un caserío próspero años atrás, con más población que ahora, digo.
–No vayas a creer, mientras viví aquí, siempre fue un pueblo humilde y desamparado, pero es cierto, poco a poco fue despoblándose hasta desaparecer. Ya ni siquiera figura en los mapas viales, ni en los avisos de la vía señalan su proximidad.
–Por eso, justamente, le pregunto, porque en ninguna parte noté indicación alguna sobre San Sebastián de Las Tasajeras.   
–¿Y cómo vas a verla?... ¿Acaso no comprendes?... ¿Quién se molestaría en anunciar un espejismo?
De nuevo interpreto el modo figurado con que se expresaba Faustino Perales. Cada vez que habla, tras aquello que debería ser una elemental respuesta, en su lugar, hay toda una inspiración reflexiva, una disquisición meditabundamente estrafalaria.
–Es cierto, el vecindario es lo más parecido a un pueblo fantasma.
Un aroma a flores mustias se alza intempestivo, es el mismo que en la carretera flotara de repente viniendo de algún lugar impreciso. Inspiro buscando la corriente que lo trae, pero no hay manera de rastrear su origen; inunda sutilmente todo el ambiente. 
–Parece un caserío espectral –vuelvo a decirle.
–De San Sebastián de Las Tasajeras a Las Trincheras, apenas hay unos cuatro kilómetros, quizás hasta menos –comenta de pronto el anciano– Sin embargo, por una prisa que nadie le impuso, Juvenal decidió cortar camino atravesando las laderas de las colinas cercanas, ahorrándose de esa forma el trayecto por el asfalto –continuó diciendo. No quise interrumpirlo para culminar cuanto antes nuestra entrevista–. Aquella mañana salió temprano a buscar un cartón de huevos. 
No tenía un porqué para haber tomado esa ruta, pero ese era su destino. Puede uno errar en la vida y siempre culmina atracando en el puerto que tiene seguro. A poca distancia de la bifurcación de la troncal, aprovechando el collado de las superficies próximas, embalando con fuerza su bicicleta, intentó cruzar la carretera. Un vehículo lo arrolló en el acto. Sin embargo, todavía Juvenal no acaba de entender qué le sucedió. Aún sigue yendo a cada rato a buscar los huevos como aquella mañana –culmina Faustino, esbozando una sonrisa, que no sabría decir sí es una mueca irónica, o, un gesto nervioso después de contar semejante historia. Una fila de dientes amarillentos, precariamente escondidos entre el pelambre de barba blanca, le sobresalen largos y separados. De aquel hueco oculto que parece su boca, emana una fetidez que pronto se mezcla con la fragancia de flores marchitas.
–¡Carajo!... ¡¿Y cómo es eso?!...

Cuesta abajo, la radio de la casucha continuaba emitiendo su algarabía ardiente, de vez en cuando el hablachento animador cesaba en su prédica vehemente y, entonces, la música de los intermedios se disparaba con similar estridencia. El aire, batiendo entre el follaje de los árboles, aproximaba o distanciaba el aspaviento radial, dejándose escuchar con relativa nitidez todo cuanto se mencionaba a través del vibrante parlante. A veces, inexplicablemente, arreciaba tanto el viento, que todo aquel ruidaje se perdía entre los confines del claustro topográfico del valle. «…A la señora Josefina, en La Pedregosa, le manda a decir su comadre Martina, que puede venir a buscar los pantalones, que ya los tiene listos…». «…A Víctor Médina, se le informa que su esposa dio a luz un niño varón en el hospital, que se acuerde de venir a buscarlos el fin de semana temprano…». «…De parte de Carlota Naveda, se informa a la comunidad de Las Trincheras, que las personas interesadas en el San de productos pueden pasar por su casa después de mediodía…».

–¡Cuesta comprender!... ¡Cuesta comprender!... ¡Ya lo entenderás! –exclama Faustino. Responde mirándome fijo a los ojos con una sonrisa templada. Es una mirada opaca, sin brillo, sin aquella chiribita tan propia del halo luminoso de la vida.  Impaciente, me dispongo a fulminar el encuentro, miro de nuevo mi muñeca derecha, y ahí tenía el reloj, marcando precisa la misma hora de hace un rato. Bajo la sombra de la fronda del araguaney y el resto de los árboles, la esfera del viejo Seiko se aprecia ahora sin el brillo que el fragor soleado de la mañana encandilaba, mientras remontaba la cuesta a la meseta. Percibo claramente, en el lado izquierdo del cristal, la discreta partidura que explica su avería. No recuerdo haberme golpeado. Sin embargo, un moretón, en el envés del brazo, entre el codo y el dorso de la mano, para mi sorpresa, se manifiesta nítidamente con las señales de una contusión. Enseguida, instintivamente, me llevo la otra de mis manos a la nuca, advirtiendo, entonces, una quebradura irregular… ¡Una herida!
El anciano se ríe al ver mi desconcierto, sus ojos, como unas canicas cambiando de color, se le achinan entre las ojeras negruzcas. No dice nada, sólo ríe mientras el marfil de sus dientes se asoma por el agujero tenebroso que la barba le rodea.
Las primeras ráfagas presagiando las lluvias de mayo, estremecen con brío las hojas suplicantes de la vegetación atormentada por el verano. «…Hace unos minutos, en las cercanías de Las Trincheras, en la carretera vieja que conducía a San Sebastián de Las Tasajeras, acaba de ocurrir un accidente fatal con saldo de un fallecido. Las autoridades proceden ahora a levantar el cuerpo del occiso… ¡Que el Señor lo acoja en su seno!». «…La señora Mechita le manda a decir a doña Matilde que no se olvide de llevarle los botones de las camisas antes del miércoles…». «…!Arrepiéntete de tus pecados! ¡Arrepiéntete, aún estas a tiempo!».

Edinson Martínez