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jueves, 13 de julio de 2023

Los éxitos del destierro

 Los éxitos del destierro

Milan Kundera, in memoriam


Por Edinson Martínez
@emartz1

La muerte del escritor de origen checo Milan Kundera –uno de mis autores preferidos– me encuentra leyendo su novela La despedida. Ha sido, según reportan las agencias de noticias, el martes 11 de julio de este mismo año, en Paris, cuando, precisamente, quizás a la misma hora, como suelen implicarnos las casualidades, asistía a la presentación del libro Entre palabras con Carlos Boves, suerte de confesión en voz alta sobre la trayectoria política del personaje político, recogida con talento y perspicacia por otro buen amigo, el escritor de Douglas Zavala, en la ciudad de Maracaibo.

Milan Kundera ha tenido una larga vida, muere a los 94 años, en París y no en Praga, como antes apuntamos, tal vez por aquella razón que Joaquín Sabina menciona en una de sus canciones al decir “que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. En la hoy república checa, transcurrió una parte importante de su vida, allí publicó su primera novela y fue testigo excepcional de todas las vicisitudes relacionadas con los acontecimientos políticos que mantuvieron a su país en el ojo del huracán durante las confrontaciones del Este y Oeste, en el contexto de la llamada Guerra Fría.

Poseedor de un estilo cuestionador, de aquellos que suelen buscar a menudo las cinco patas al gato con sus conjeturas filosóficas, con frecuencia deja a sus lectores cavilando sobre aspectos cruciales de la vida aceptados comúnmente como certezas inconmovibles, cuando no, sin detenerse a pensar en la intrascendencia de otros, perturba e incordia con ingenio, la presencia cotidiana de la trivialidad en la existencia humana; la risa, el humor, las ironías de las casualidades, por ejemplo.

Afiliado al Partido Comunista en 1948, fue expulsado en 1950 y readmitido en 1956, y nuevamente expulsado más adelante. Fue acusado de traidor, y las consecuencias en su vida se manifestaron mediante un veto permanente para ganarse la vida como profesor y escritor, viéndose obligado a sortear los acosos políticos con trabajos particulares como profesor o tocando jazz en el piano en aislados locales de los suburbios.

Durante el periodo conocido como la Primavera de Praga se convirtió en uno de sus activistas más destacados, y no podía ser menos, conforme a su espíritu de intelectual libertario y reformador. Su primera novela, La broma, editada en 1967, en el preludio de aquel proceso político que le valió posteriormente, una vez ejecutada la invasión soviética a su país, el cerco definitivo por la nomenklatura comunista checoslovaca, llegó a las librerías en agosto de 1968. Entonces, toda su literatura fue prohibida.

La broma, con su singular estilo irónico, pleno de un humor satírico, describe cómo eran las vidas del entramado comunista checo en los años del estalinismo a partir de una historia de amor, en donde una simple broma es incomprendida en un “mundo que perdió el sentido del humor”. La incompatibilidad entre el totalitarismo y el sentido del humor culmina en una tragedia, el protagonista hace una broma sobre el optimismo comunista citando a Trotski, y como consecuencia es expulsado de la universidad, sus compañeros le retiran el saludo, se le cierran todos los caminos y termina condenado a trabajar en las minas, donde conocerá el amor.

La broma fue una de sus novelas de mayor éxito, traducida a 21 idiomas. En Francia, para aquel momento, poetas importantes como Louis Aragon, calificó la obra como “una de las mayores novelas de nuestro siglo”.

Este modo de tratar asuntos que, en el contexto histórico en que se desarrollaron devinieron en tragedias, es recurrente en varias de sus obras, con ello, desde la sátira, desvela las perversidades del totalitarismo, así lo muestra, por ejemplo, en El libro de la risa y el olvido, cuando describe, en su espectacular narrativa, el descabellado proceder de un liderazgo queriendo alterar la historia.

“En febrero de 1.948, el líder comunista Klement Gottwald salió al balcón de un palacio barroco de Praga para dirigirse a los cientos de miles de personas que llenaban la Plaza de la Ciudad Vieja. Aquel fue un momento crucial en la historia de la Bohemia. Uno de esos instantes decisivos que ocurren una o dos veces por milenio.

Gottwald estaba rodeado por sus camaradas y justo a su lado estaba Clementis. La nieve revoloteaba, hacía frio y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento, se quitó su gorro de pieles y se lo colocó en la cabeza a Gottwald.

El departamento de propaganda difundió en cientos de miles de ejemplares la fotografía del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla a la nación. En ese balcón comenzó la historia de la Bohemia comunista. Hasta el último niño conocía aquella fotografía que aparecía en los carteles de propaganda, en los manuales escolares y en los museos.

Cuatro años más tarde a Clementis lo acusaron de traición y lo colgaron. El departamento de propaganda lo borró inmediatamente de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías.”

                                           El libro de la risa y el olvido (1978). Milan Kundera.

El estalinismo hizo de la alteración de la historia una práctica cotidiana. Y ese proceder es recogido en la literatura de muy variadas formas, en la novela de George Orwell, 1984, por ejemplo, se plasma la propensión totalitaria por la fabricación artificiosa de la historia a través de la reimpresión de textos, noticias, libros, fotografías, cada vez que fuera necesario para edificar una nueva epopeya oficial. Ya, entonces, los que estuvieron nunca fueron los que vimos, sino los que no vimos, porque la realidad no fue la que conocimos, sino la que en adelante la representa. 

En los días iniciales de la Revolución de Octubre, en 1919, circulaba una célebre fotografía donde aparecía Lenin dirigiéndose a una multitud, arengándola en la guerra contra Polonia, en ella aparecían León Trotski y Kamenev a su costado derecho, al pie de unas escalinatas, más tarde, cuando Stalin se convirtió en el sucesor de Vladimir Ilich Ulianov, la misma foto fue sustituida por otra donde no aparece Trotsky ni Kamenev, pues fueron ellos sus contendores, sobre todo el primero, para suceder a Lenin ante su fallecimiento prematuro. Entonces aquel instante de la historia nunca fue real, la foto que todos vieron nunca existió, y el verdadero instante a sembrar en la memoria colectiva sería el creado por el estalinismo.

“Todas las ideologías fueron derrotadas: sus dogmas fueron finalmente desenmascarados como simples ilusiones y la gente dejó de tomarlos en serio. Los comunistas, por ejemplo, creían que durante el desarrollo del capitalismo el proletario iba a empobrecerse cada vez más, y cuando un buen día se demostró que en toda Europa los obreros iban a su trabajo en coche, tuvieron ganas de gritar que la realidad estaba haciendo trampas. La realidad es más fuerte que la ideología”.

 La inmortalidad. (1989). Milan Kundera.

Milan Kundera se vio obligado a salir de su país junto a su esposa, Vera, en 1975. Le fue retirada la nacionalidad y a consecuencia de la obsesiva persecución se refugió en Francia, años más tarde se haría ciudadano francés.

Los escritores, y en general, los intelectuales, siempre han sido un estorbo para el poder, quienes lo detentan estarían más cómodos si no existieran; disfrutarían a sus anchas si no hubiera gente que pensara, personas dispuestas a cuestionarlos en sus ejecutorias. Daniel Ortega y señora, por ejemplo, estarían felicísimos si alguien llamado Sergio Ramírez ya no fuera más nicaragüense, sino peruano, colombiano o argentino, y, así liquidado el asunto de la intolerancia, pues no siendo un connacional, ya no habría por qué tomarlo más en cuenta.

        “No hay nada que exija un esfuerzo mayor del pensamiento que una argumentación que debe                   justificar el dominio del no pensamiento”.

La inmortalidad. (1989). Milan Kundera.

Al radicarse en Francia comienza su etapa como profesor de literatura en la Universidad de Rennes y, posteriormente, ejerce como docente en la École des Hautes Études de París. “Me veo a mí mismo como uno de los últimos artistas de la gran cultura centroeuropea, que está a punto de ser masacrada. Porque lo que está pasando en Europa Central es precisamente la masacre de su cultura. Imagine que a principios de siglo la cultura centroeuropea era el verdadero centro de la cultura europea». Dijo en cierto momento a propósito de los acontecimientos políticos que tuvo ocasión de presenciar.

De su extensa obra destaca La insoportable levedad del ser. (1984). Quizás una de sus mejores novelas, aun cuando, La inmortalidad, es la de mi preferencia, es cuestión de gustos, claro está, sin embargo, ambas están unidas por la impronta filosófica que le es tan característica. En su narrativa suele plantear verdades que son obvias, y que, por esa misma razón, muchas veces pasamos por alto.

“El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores”.

La insoportable levedad del ser. (1984). Milan Kundera.

En otras palabras, siempre vivimos los humanos en la incertidumbre, sin ningún libreto a disposición del cual echar mano para experimentar el desafío de vivir. Solo conocemos la vida misma, viviéndola.

Así tenemos, entonces, que, el escritor y disidente incansable, así como es capaz de maravillarnos con sus trabajos a través de la descripción literaria de episodios históricos, del mismo modo, consigue sorprendernos con sus ingeniosas abstracciones existenciales, tomadas en perspicaz observación de la cotidianidad que, por su permanente presencia en la vida, terminan por ser inadvertidas como temas literarios.

“Ser mortal es la experiencia humana más esencial y sin embargo el hombre nunca fue capaz de aceptarla, comprenderla y comportarse de acuerdo con ella. El hombre no sabe ser mortal. Y cuando muere ni siquiera sabe estar muerto.”.

La inmortalidad. (1989). Milan Kundera.

 El autor suele mostrarnos razonamientos, juicios de tan lógico fundamento, que estoy seguro persuaden con gran facilidad a sus lectores a examinar el criterio que poseen sobre varios de los temas que aborda en sus novelas.

“[…] cuando amamos a alguien no lo podemos comparar. La persona amada no es comparable. Aunque amemos a A y a B, no podemos compararlos, porque al compararlos ya dejamos de amar a uno de ellos.”.

                                                                       La inmortalidad. (1989). Milan Kundera

En 1982 Milan Kundera visitó España para presentar su obra El libro de la risa y del olvido, esa fue su primera publicación fuera de su país de origen. En ella relata una historia de exilio que contiene la experiencia trágica de Praga y la vida en el mundo occidental. En aquel entonces aseveró lo siguiente:

“Si algo detesto es la literatura de tesis, comunista o anticomunista, es igual. No me siento cómodo en el papel del disidente. No me gusta reducir la literatura y el arte a una lectura política. La palabra disidente significa suponerle a uno una literatura de tesis, y si algo detesto es precisamente la literatura de tesis. Lo que me interesa es el valor estético”.

Tomado de https://www.eldebate.com/

Vivir en el destierro, en otra parte del mundo que no es el propio, es en cualquier sentido un tránsito al desarraigo. Nuestro planeta está lleno de destierros, de diásporas por causas políticas o conflictos militares –que no es lo mismo pero es igual, si tuviera que decirlo Silvio Rodríguez–, de éxodos por inclementes fenómenos naturales, por hambrunas, epidemias, y por otras inenarrables causas, y siempre en esas marchas precipitadas, una historia de vida queda suspendida, a veces es para bien, en arreglo a la relatividad que todas las cosas tienen, y otras veces para prolongar las agonías de las que se huye. En todo caso, cada vida es única, y sus logros, en otros cielos duro han de bregarse.

Muchos intelectuales, escritores entre ellos, han transitado los caminos del destierro, y aun cuando suene irónico, ha sido gracias a este, que sus nombres han figurado entre los más destacados de las letras universales. Isabel Allende, por ejemplo, ha dicho en cierta oportunidad que La casa de los espíritus (1982) probablemente no habría sido lo que fue, si ella no hubiera estado en el exilio. Julio Cortázar escribió Rayuela en su autoexilio en Francia. Mario Benedetti, en su exilio, escribió su más célebre poema, Te quero, es su título, con fecha de 1974. Gabriel García Márquez, quien decidió irse de Colombia en 1981, debido a las amenazas de muerte por paramilitares, se radicó en México y allí escribió El amor en los tiempos del cólera y El general en su laberinto. En ese país recibió la noticia del Premio Nobel de Literatura. Y así muchos otros importantes autores que padecieron el drama del destierro. Quizás Milan Kundera no habría sido el celebrado autor si se hubiera quedado en Praga, entonces otra historia contaríamos ahora.  

“–Estoy muy contenta de que lo hayas conseguido. Aquí hubieses sido toda la vida un sujeto sospechoso. Ni siquiera te permitían hacer tu trabajo. Y, sin embargo, se pasan la vida dando sermones sobre el amor a la tierra natal. ¿Cómo se puede querer a una tierra en la que no te dejan trabajar? Yo te digo que no siento ningún amor por mi patria. ¿Crees que hago mal?

[…] –Los recuerdos tristes también lo atan a uno.

 –¿A qué lo atan? ¿A quedarse en el mismo sitio en el que nació? No entiendo cómo alguien puede hablar de libertad y no librarse de semejante carga. Es como si el árbol pudiera tener su hogar en un sitio en el que no puede crecer. El hogar del árbol está allí donde encuentra humedad para vivir.”.

La despedida (1986). Milan Kundera.    

Los venezolanos somos en el presente uno de los países con mayor cantidad de connacionales atravesando fronteras de otros países, muchos de ellos aventurándose en territorios jamás imaginados, desempeñando oficios en otras naciones para los cuales no fueron formados ni estuvieron en sus horizontes ejercerlos. Algunos de ellos probablemente no regresen, tendrán otras vidas, formarán sus familias y se establecerán con nuevos lazos que les atarán en otra realidad personal. Ojalá surjan de esa masiva aventura de paisanos desplazándose por tanto lugares, muchos Kunderas para dejar en buen sitial el país que nunca imaginaron abandonar, en esos casos, ya nos tocará hablar de los éxitos del destierro.  

sábado, 1 de julio de 2023

La alucinante historia de un lienzo

La alucinante historia de un lienzo

Por Edinson Martínez
@emartz1

En 1794 el ejército polaco junto a milicias populares derrotó a las poderosas tropas rusas en una gesta heroica que fue inmortalizada como la Batalla de Racławice. Los polacos no ganaron la guerra, pero aquel episodio quedó como un hito patriótico sembrado en su memoria histórica, en especial, porque aquella guerra supuso la dominación rusa sobre Polonia por más de un siglo. Cien años después, para conmemorar aquella victoria, por iniciativa de varios artistas plásticos, entre ellos, Jan Styka y Wojciech Kossak, se pintó una enorme obra panorámica de 1710 m² –más de tres veces y medio el tamaño del lienzo Batalla de Carabobo de Martín Tovar y Tovar– cuya exposición al público se realizó por primera vez en 1894, en el Parque Stryjski en Lviv, que entonces se conocía como Lwow y era parte de Polonia, posteriormente sería jurisdicción de Ucrania.

La pintura se transformó, como era de suponerse dada su formidable volumetría, en una de las atracciones turísticas más populares de Leópolis (Ucrania). Luego, cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, al año siguiente, en el verano de 1946, el cuadro fue trasladado a Polonia a la ciudad de Breslavia.

Para ese año y, desde entonces, la Unión Soviética, convertida en una potencia mundial, procedió a conformar su esfera de influencia en Europa Central y del Este. Polonia pasó a ser un país bajo su órbita política y militar como, en efecto, sucedió con otras naciones, integrando a partir de allí lo que se conoció como los países del campo socialista, que, para Occidente, en el marco de la Guerra Fría, se distinguía, según el término acuñado por Winston Churchill, como las naciones bajo la Cortina de Hierro.

Pues bien, en esta nueva geometría de las relaciones internacionales, la nomenklatura comunista polaca, para no herir el orgullo ruso, más sensible que nunca luego de su destacado papel en la guerra recién culminada y, obviamente, para no lesionar las relaciones fraternales en el firmamento comunista, determinó que la célebre pintura tuviera que ser retirada de la vista pública, escondiéndola en una especie de almacén bajo estrictas medidas de seguridad, pues no se veía bien que semejante obra recordara de modo permanente la humillación rusa en aquella batalla.

Y no sería una novedad este proceder, pues la tentación de todos los regímenes totalitarios siempre ha sido la de resaltar la monumentalidad de sus éxitos, así tengan que reescribir la historia, y cuando eso no les es posible, simplemente la ocultan. El novelista y ensayista de origen checo Milan Kundera en su obra El libro de la risa y el olvido (1978), relata en su muy particular estilo narrativo, esa deriva tiránica, absolutista y negadora de la realidad vivida en carne propia en su país, ya no como un episodio aislado, sino como una práctica sistemática.

“En febrero de 1.948, el líder comunista Klement Gottwald salió al balcón de un palacio barroco de Praga para dirigirse a los cientos de miles de personas que llenaban la Plaza de la Ciudad Vieja. Aquel fue un momento crucial en la historia de la Bohemia. Uno de esos instantes decisivos que ocurren una o dos veces por milenio.

Gottwald estaba rodeado por sus camaradas y justo a su lado estaba Clementis. La nieve revoloteaba, hacía frio y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento, se quitó su gorro de pieles y se lo colocó en la cabeza a Gottwald.

El departamento de propaganda difundió en cientos de miles de ejemplares la fotografía del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla a la nación. En ese balcón comenzó la historia de la Bohemia comunista. Hasta el último niño conocía aquella fotografía que aparecía en los carteles de propaganda, en los manuales escolares y en los museos.

Cuatro años más tarde a Clementis lo acusaron de traición y lo colgaron. El departamento de propaganda lo borró inmediatamente de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías.”

      El libro de la risa y el olvido (1978). Milan Kundera. 

Con el paso de los años y, cuando de algún modo, desdibujándose un poco para las nuevas generaciones este asunto vinculado a una historia tan lejana, el cuadro comenzó a sucumbir al olvido, apenas unos cuantos tenían presente aquella obra. Por otra parte, el mundo de aquel momento gravitaba alrededor de otros aspectos mucho más espinosos, por lo que los intereses de la geopolítica se desplazaban con prioridad a otros lugares, y es aquí, entre 1967 y 1968, cuando a un arquitecto de nombre Marek Dziekoński se le ocurrió retomar la idea del viejo cuadro, se propuso entonces diseñar un edificio especialmente para mostrarlo al público. La iniciativa no contaba con que, para ese lapso, los vientos del destino nuevamente conspirarían contra El Panorama de Racławice.

Al poco tiempo de iniciarse la construcción, se paralizan sus labores, postergando durante décadas la culminación del curioso edificio circular. Muy probablemente, las razones de este estancamiento, se haya debido al nuevo contexto político que se precipitaba en 1968.  

Ese mismo año tanques del Pacto de Varsovia comandados por la URSS invaden Checoslovaquia para poner fin a la llamada Primavera de Praga. Y este hecho –admito que es mera especulación de mi parte–, pudo haber tenido una influencia determinante en el curso de la rehabilitación de El Panorama de Racławice a través de la construcción del edificio que lo albergaría.

La invasión soviética y sus aliados a Checoslovaquia ocasionó una gran conmoción política, tanto en esa nación como en el resto del mundo. La intención de la potencia comunista era muy clara, pues se trataba de impedir por todos los medios, incluidos el uso de la fuerza, cualquier manifestación a contracorriente de los intereses del Pacto de Varsovia, y más específicamente de la dominación soviética, así viniera de una pequeña nación sin capacidad militar para desafiar realmente su poderío. Aquello que se experimentaba en Checoslovaquia era nada y nada menos que un conjunto de reformas introducidas durante cuatro meses por el líder comunista y presidente de ese país Alexander Dubcek, cuyo propósito era avanzar a una sociedad mucho más democrática, definida por él como un programa de reformas bajo la denominación “Socialismo con rostro humano”.

El edificio comentado hubo de esperar hasta 1980 para culminarse. Es una llamativa edificación cilíndrica que, vista en perspectiva, parece una corona gigante sembrada en el paisaje urbano de la ciudad, en cuyo interior se desplegaría el lienzo de 15 metros de altura por 114 metros de longitud. Sin embargo, la historia no se detiene allí. Debió pasar un lapso de cinco años, para que, en 1985, se autorizara la exhibición pública de El Panorama de Racławice, esta vez ya sería de modo permanente hasta nuestros días. Los sucesos que le abrieron paso definitivamente tienen que ver con lo acontecido en Polonia en la década de los ochenta del siglo pasado.

Durante aquellos días, Polonia era el centro de un vasto movimiento social y político que cuestionaba el sistema comunista y, por añadidura, su continuidad dentro de la esfera de influencia soviética pactada en la Conferencia de Yalta en 1945. Ese movimiento se conoció como Solidaridad, y concluyó en 1990 con la renuncia de Wojciech Jaruzelski, como Jefe de Estado, de ello resultó, en una transición todavía inimaginable, que Lech Wałęsa, el líder sindical de aquel levantamiento civil construido a pulso por la disidencia, se convirtiera en el nuevo presidente de esa nación. Lo demás es historia conocida.

Es tan larga y embrollada la historia de todas estas naciones, en general de Europa completa, que, como escribiera en cierto momento Regis Debray.

 “[…] esos países que no nacieron de la última lluvia, que desde hace mucho tiempo tienen todo su tiempo, países que no llevan prisa y en los que se saborean las carnes un poco pasadas y los quesos un poco derretidos y, ¿por qué no?, fermentados y con gusanos, países de casas viejas con paredes gruesas en las que hay bodegas para dejar reposar en ellas los buenos vinos durante años […] ser suizo, inglés o francés, no es poseer una nacionalidad, es un síndrome. Europa es una enfermedad.”

         El indeseable. (1977). Regis Debray. 

El mundo, entonces, pareciera que diera vueltas y vueltas, para de vez en cuando, regresar en torno a los viejos conflictos que, pese a las tragedias bélicas que han desencadenado, luego, en una especie de eterno retorno nietzscheano repetirlas pareciendo una novedad.

La obra pictórica es una panorámica curiosamente dispuesta de modo circular en 360 grados. De manera que el observador, ubicado en el centro, puede apreciar las diversas escenas bélicas con un enorme realismo, como si de pronto estuviera en medio de aquella conflagración. Ese enorme lienzo, al compararlo con el nuestro del Salón Elíptico del Palacio Federal Legislativo de Martín Tovar y Tovar, resulta de unas proporciones admirables, casi inimaginables, de ahí la perplejidad que causa al apreciarlo.

El motivo que inspira la obra, como hemos comentado, tiene por fundamento una conmemoración épica, una inspiración muy común en todos los pueblos del mundo ejerciendo su derecho a reivindicar sus momentos legendarios, pues ellos forman parte de su identidad, de la memoria colectiva que los hermana como una nación.

Y eso es absolutamente válido, por eso, también nosotros, tenemos un lienzo inmenso de 490 m² denominado “Batalla de Carabobo” contando nuestra gesta patriótica que, por cierto, creo es la obra pictórica de mayor dimensión realizada en el país.  “Batalla de Carabobo” es un cuadro asimismo de vista panorámica, formando una imagen helicoidal llevada a cabo por el pintor venezolano Martín Tovar y Tovar en el año 1887. Es superada tres veces y media en sus proporciones, como antes señalé, por El Panorama de Racławice, asunto que, por supuesto, no le desmerita en su valía artística y alegórica.

En Venezuela no abundan obras en este formato, me refiero a lienzos de proporciones comparables a la de Martin Tovar y Tovar, en cambio, en materia de arte urbano, enormes murales se encuentran en espacios de la Universidad Central de Venezuela, en varias de nuestras ciudades capitales y aeropuertos.

En Ciudad Ojeda, la ciudad donde vivo, salvo mejor información, se encuentra la superficie de mayor dimensión destinada a una obra de arte urbano en el país. Es un enorme mural de 2125 m² de forma cilíndrica, ejecutado en una estructura de concreto armado de 42.5 metros de altura por 50 metros de circunferencia. Es una obra impresionante del artista plástico zuliano Manuel Vargas culminada en 1994. A diferencia del lienzo de Breslavia, la edificación no se construyó para esos fines ni fue el centro de confrontaciones políticas ni disputas territoriales, pero si fue la consecuencia de un modo muy criollo creo que, desde siempre, de proceder en política: comenzar las obras y dejarlas a mitad de camino, o iniciarlas y por fallas en su planificación, mirar para otro lado y abandonarlas a su suerte, y, más recientemente, plantar el aviso anunciando lo que nunca comienza.

El caso es que, esta construcción, originalmente fue un tanque de agua, sí, así como escribo, un tanque para suministrar agua a la pujante ciudad petrolera con nombre de conquistador español, levantado a finales de la década de los sesenta del siglo pasado. Nunca recibió una gota de agua y jamás se usó. Ahí permaneció por décadas como un verdadero convidado de piedra a la vista de todos. En los noventa se transformó en un mural, en una obra de arte urbano que es el centro de interés de propios y extraños en una región tan caliente como un desierto. Es el icono de la ciudad y, además, por si fuera poco el impacto al apreciarla, su interior se acondicionó como un salón de uso múltiple que hoy día sirve como sede del núcleo local del Sistema de Orquestas y Coros Juvenil e Infantil de Venezuela. Es decir, que se aprovechó al máximo el otrora armatoste de concreto armado.

Lo más cercano que he estado de Polonia y Ucrania ha sido a través de dos personas: un entrañable amigo –ya fallecido–, artista plástico de origen sirio de nombre Adham Dalloul, que estudió en la Academia de Bellas Artes y en la Universidad de Varsovia entre 1980 y 1990. Y una antigua vecina, casualmente también artista plástica, en una suerte de maravillosa conjunción que con frecuencia me ha vinculado a creadores de este ámbito, casada con un ingeniero colombiano, natural de Ucrania, cuyo nombre era tan complicado que prefiero recordarla como Ana, y su apellido Poeva, o algo parecido, con el que firma al pie de una pintura que conservo en casa. A ambos los he recordado con especial cariño por estos días, mientras escribo este inventario de temas tan singulares. Al primero, cuando me enteré de la historia alucinante de El panorama de Racławice. Y a Poeva una vez que los rusos invadieron su país para causarles la devastación terrible que hoy padecen. De nuevo el mundo por esos lados gira y gira repitiendo las mismas tragedias. En cada trinchera resistiendo la barbarie que veo en los noticieros, me parece estar viendo una parte de Poeva.

Los dos llegaron a Venezuela en la década de los noventa del siglo pasado, vinieron tal vez por las mismas razones que llegan por estos lugares tantos extranjeros: el petróleo.   Al primero se lo llevó la mala suerte, pues falleció en plenitud de su crecimiento como artista plástico; su misión en la vida que tanto le apasionó. Y a la otra, la desterró la mala leche de una región, cuando en 2009, el finado, en un instante de iluminación distópica expropió las empresas petroleras de la zona levantadas a pulso durante décadas, entonces se fue de Venezuela. Nunca más supe de ella y su familia.