domingo, 16 de junio de 2019

Ahora que soy padre

Ahora que soy padre


Ahora que soy padre, 
y lo he sido, para tenerte siempre conmigo.
No sé por qué ahora lo digo,
después de tanto invertido,
en este oficio que, una vez emprendido
no hay manera de dejarlo al olvido,
como no deja su canción al cantante,
y la yunta al buey andante, 
el aroma a la flor, o el vuelo a las alas del pájaro en el cielo abundante.
Ahora que soy padre, 
y lo he sido, para intentar lo nunca aprendido,
como cuando se camina por vez primera erguido,
o, también, inicia escuela, el párvulo expectante,
con su mirada chispeante.
Nada sabemos, si no es con cada paso vencido,
que con el miedo prendido,
vamos por todas partes abriendo caminos. 
Es en este sentido,
la historia de cada padre querido,
que adivinando el camino,
con acierto y desatino, 
va armando el destino. 
No sé por qué ahora lo digo, 
después de tanto cariño contigo, 
que con el tiempo en testigo, 
vivirá siempre conmigo. 
Ahora que soy padre, 
y lo he sido, sea entonces, el amor por los hijos, 
que una vez conocido, 
nunca se da por perdido, 
y, sea también, ese amor escondido, 
por el hábito extendido, 
de no mostrar lo sentido, 
que ahora he querido, 
escribir para ti estos versos sencillos. 

Edinson Martínez

viernes, 24 de mayo de 2019

El mundo según Cruz Diez

El "inventor" del arte óptico y cinético, vive en el recuerdo del mundo del arte y de los mejores afectos de los venezolanos. Más de cincuenta años de su creación artística revive con una retrospectiva en una galería de París. El color, siempre efímero y cambiante, domina el universo del venezolano Carlos Cruz Diez, "el Papa" del arte óptico y cinético, quien, en su larga trayectoria cuenta en sus búsquedas, éxitos y fracasos, en ocasión de una muestra presentada en una galería de París para celebrar los cinquenta años de su obra. Instalaciones que juegan con la luz y el color, obras vibrantes como el arcoíris, en cartón corrugado o aluminio, o ilusiones ópticas que reclaman la participación del visitante: la muestra en la galería Denise René resume 50 años de la obra de Cruz Diez, nacido en Caracas en agosto de 1923.

Titulada "Circunstancia y ambigüedad del color", la exposición dio pie a un reportaje especial que hoy hemos querido compartir especialmente. La "retrospectiva recuerda que ese año cumplía medio siglo de haberse instalado en París", dice el artista, bajito y con una mirada que chispea de inteligencia, humor, curiosidad, juventud. En la entrevista con la AFP, el pionero del arte óptico y cinético ríe recordando que de joven se había comprometido en un arte figurativo, de tipo "realismo socialista", y explica cómo se sumió en el mundo del color, construyendo una teoría y una obra que le ha ganado reconocimiento mundial.

"Desde mediados de la década del 50, yo empecé a sentir que había un estancamiento en la pintura. Todos los artistas pintaban de la misma manera, en América Latina y también en Europa", cuenta.

"Recuerdo por ejemplo que la primera vez que visité París, en 1955, fui al Salón de Mayo. Era el apogeo del arte abstractro, y yo pensé que se trataba de una exposición individual, porque todos los cuadros eran iguales, parecía que había sólo una manera de pintar".

"Luego regresé en 1960, y entonces era el apogeo del arte gestual, el formalismo. Era como una inmensa Academia. Y esas Academias, uno tiene necesidad de romperlas, abrir nuevos horizontes, buscar otras cosas", dijo Cruz Diez.

"Me di cuenta que hasta entonces se había tratado al color sobre todo como el acompañante de la forma. El color estaba sobre el soporte, y de ahí no salía. Me tomó muchos años de reflexión, de búsquedas, pero logré una noción conceptual distinta, en la que el color es una situación, una circunstancia".

"Mis experiencias en la naturaleza me enseñaron que el color es autónomo, no necesita de soporte", dijo el artista, que recordó un fenómeno que ocurre en el trópico, en agosto, cuando el sol se va ocultando y crea una atmosféra incandescente. "Todo se tiñe de rojo naranja, todo cambia de color".

"Eso me ayudó a entender que el color es una circunstancia, que todo está coloreado, el aire, el espacio. Y me di por meta encontrar un sistema en el que el color flotara en el espacio, que saliera del soporte", explicó.

"Y ese es el propósito de todo mi trabajo a través de estos 60 años: tratar de decir que el color es una situación, está en el espacio, no necesita la forma, porque es un hecho autónomo, un hecho afectivo".

Para el artista, convencido de que el "arte es total", el color es indisociable del mundo afectivo.

"Cuando usted dice me gusta ese azul, no hay soporte lógico. Fíjate: ahora que tenemos las computadoras, tenemos 18 millones de colores. Y porqué escoge uno ese azul?", pregunta, señalando una obra que cuelga en la galería.

"Es porque el color es afectivo. Es como una mujer. Uno dice: ésa es la que me gusta. Y lo que he tratado de hacer a través de toda mi trayectoria, desde los años 60, es explorar esta otra noción del color", enfatiza el artista, fiel a sus descubrimientos, a sus utopías.

"Eso mismo es lo que sigo haciendo ahora, sólo enriqueciendo esta visión con nuevas tecnologías, con nuevas posibilidades, pero siempre desarrollando esa idea conceptual: el color es una situación", concluye Cruz Diez, que hace unos años tomó también la nacionalidad francesa.

"Ha sido un trabajo bastante solitario, con muchos fracasos y hallazgos. Pero ahora veo tantos jóvenes que siguen mi trabajo", confiesa el artista, mientras la galería se va llenando de público, amigos y admiradores.

Tomado de AFP con las notas de actualización a cargo de Desde mi ventana. 

sábado, 15 de julio de 2017

Tasajeras Vs Tasajera

Tasajeras Vs Tasajera
Crónicas perdidas
Edinson Martínez
@emartz1



“…Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia…”.
José Saramago


Con frecuencia, gracias a la política comunicacional gubernamental en pleno desarrollo –como bien diría Walter Martínez–, nos hemos habituado a ver los telenoticieros de otros países, así nos enteramos del clima en Cantabria, de los días soleados en Mallorca, o de las lluvias insufribles en los valles colombianos que acaban con las vías y la infraestructura de poblados enteros. Ni hablar de los detalles del Brexit, y la candente lucha en las elecciones francesas. Todo eso da vueltas en las cabezas de quienes, resistiéndonos a ver la basura de los canales nacionales, optamos por mover el control de El mago de la cara de vidrio –como escribiera Eduardo Liendo sobre la TV–  hacia esos destinos que, en algunos casos, además de los cinco mil kilómetros de distancia que nos pudieran separan, también la cultura y su cotidianidad vital nos es extraña. Por eso cuando por mera casualidad nos topamos con cualquier nota informativa más o menos familiar, nuestros sentidos se alertan súbitamente. Así me pasó hace unas semanas atrás con el canal colombiano –Caracol Internacional–, en su noticiero estelar de las siete de la noche –aquí a las ocho–, cuando en el marco de una sección identificada como «El reportero soy yo», un hombre, micrófono en mano, cual periodista en acción, reportaba su noticia desde Tasajera. «¡Coño!» dije sobresaltado, al tiempo que agudizaba vista y oídos prestando atención. En segundos, el man moreno, con su acento costeño que trastoca las eses al final de las palabras por una especie de «t» o «d» frenada como bicicleta que se detiene a punta de pie sostenido sobre el caucho, desplegaba rápidamente su denuncia. Modesto en el vocabulario, pero certero, fluido y claro en su hablar, y no dejo de pensar en lo que siempre ha sido mi lamento sobre la manera de expresarse mis paisanos, cuando para exponer una idea suelen lucir tan limitados que parecieran ir sorteando cantinfléricamente las palabras hasta finalmente volverse un ocho sin poder claramente manifestar lo que desean. Pues bien, el improvisado reportero popular denunciaba en profundidad el estado de las calles, la insalubridad, la pobreza y el decadente mal vivir a causa del olvido gubernamental a dicha población, esa que ahí se identificaba como Tasajera, y que tan familiarmente me había sonado. Desde luego que la causa de mi interés fue por la calcada realidad de aquella población sobre la nuestra, como suerte de figura reflejada en el espejo, cuya única diferencia entre ambas es de tan sólo una letra. Los mismos males con sus rostros similares, nombre semejante y costa besada por las aguas, como Tasajeras, la nuestra, aquel poblado, ahora fantasmagórico, enclavado en una de las costillas del Lago de Maracaibo. Como el mundo es un pañuelo, en un momento llegué a pensar que su nombre podría deberse a la vena aventurera de algún tasajereño trashumante en la costa atlántica colombiana. Después de todo, Tasajeras tiene en su haber excepcionales hechos que la memoria apenas retiene. La primera persona en suicidarse lanzándose a las aguas del lago desde el puente general Rafael Urdaneta, fue una malograda adolescente embarazada de ésta localidad. Por si fuera poco, años después, otro joven de la misma vecindad, aquejado por una pena de amor, decide su suerte de similar modo. Y como en un trozo surgido del realismo mágico garcimarquiano, un eunuco vasallo de San Benito que sobrevivió herido varios días entre los matorrales a causa de la cruel castración a manos de dos hermanos, se convirtió en el Hombre cero de Tasajeras. Pero, como cuando un hecho lleva a otro, como la pieza del dominó que cae y arrastra a las siguientes, la buena praxis médica de la que fue objeto por el galeno de guardia en el hospital, mereció los elogios de rigor y, también, como consecuencia de su promocionado logro asistencial –he aquí la pieza que cae–, el descubrimiento de su impostura como profesional de la medicina. El sujeto era un osado practicante de origen colombiano que se hacía pasar por médico. Qué de extraño podría tener, entonces, que un natural de éste caserío fundara pueblo en tierras vecinas.  Nadie lo sabe, como tampoco con precisión se conoce el origen de un nombre tan particular para aquel poblado nuestro.

El 28 de marzo de 1895 el Consejo de Gobierno del Estado, mediante decreto legislativo, declaró la sesión de cuatro leguas de tierras que correspondían entre otras al caserío Tasajeras, a la parroquia Lagunillas del entonces Distrito Bolívar. La adjudicación se hizo en virtud de un decreto que tenía por finalidad dotar de ejidos a las parroquias que carecieran de ellos. Ahora bien, luego de aquella decisión gubernamental, en 1922 un ciudadano de nombre Betulio Guijarro solicita a la presidencia de la Asamblea Legislativa dejar sin efecto el decreto de cesión de finales de siglo. La razón que expuso en su solicitud fue la de no estar dicho acto de ley autorizado por el presidente de aquel momento, puesto que no aparecía su firma en el manuscrito, sino únicamente la del secretario. Efectivamente, se comprobó lo señalado por esta persona y la Asamblea Legislativa en lugar de enmendar la posible omisión involuntaria –sólo Dios y los actores de aquella época saben si fue deliberadamente olvidada la respectiva rubrica– del titular del órgano jurisdiccional, se limitó a dejar constancia del vicio administrativo. Posteriormente, en el mismo año 1922, otra persona de nombre Bladimiro Jugo Padrón, comerciante y vecino de Betijoque, en el estado Trujillo, se dirigió a la Cámara Municipal del Distrito Bolívar para solicitar se le restituyera a él, a su socio y compadre, general Santos Matute Gómez –hermano paterno del dictador Juan Vicente Gómez, y designado por éste, presidente del estado Zulia en 1918–, los terrenos denominados como Tasajeras desde tiempos remotos, por haberlos obtenido en razón de compra-venta celebrada con los herederos de Feliciano Rincón Fereira en 1917. Se señala en la solicitud presentada ante la municipalidad que la compra hecha a este señor Rincón Fereira forma parte de una herencia que ha venido transfiriéndose desde 1811 hasta el momento de la transacción comercial. Así pues, se dice que los más antiguos dueños de Tasajeras son unos cónyuges de nombres Francisco José Prieto y Juana Catalina Estrada, que ya en sus testamentos de 1811 mencionaban a esa porción de terrenos como parte de sus bienes.

El 3 de mayo de 1922 el Concejo Municipal del Distrito Bolívar en sesión ordinaria declaró írrito el acuerdo de la Asamblea Legislativa del año 1895 donde se le otorgan en calidad de ejidos a la municipalidad de Bolívar los terrenos de Tasajeras y partes aledañas. Reconociendo de este modo la propiedad y demás derechos de Bladimiro Jugo Padrón y Santos Matute Gómez sobre tales extensiones de terrenos. Pero la historia no termina allí. Luego de salirse con las suyas, los dos personajes citados, se dividieron las propiedades y tocó a Santos Matute la propiedad de Tasajeras, quien posteriormente la vendió a Lino Ekmeiro, y éste a su vez, a la Sociedad Anónima Británica The Venezuelan Oil Concessions Limited en el año 1923 por la suma de doscientos mil bolívares exactos que la compañía pagó en efectivo.

De la gallera del pueblo la algarabía del juego no cesaba nunca. La pared blanca, dividía a la población en casi dos mitades perfectas, las casas de balcón a la izquierda, hacia el sur. Y a la derecha, hacia el norte, el resto del caserío. La estación de gasolina con su surtidor amarillo encendido adornaba el centro del pueblo. Sus arrestos de grandeza no imaginaban cuán negro habría de ser el devenir de su tiempo.  Del bullicio aldeano, comparsa de la vorágine petrolera de comienzos de siglo, no queda absolutamente nada, ni siquiera un precario vestigio que dé cuenta de aquella época. En el lugar que ocupaba toda esta historia se encrespa ahora una espesa vegetación con su cortejo de olvido. En nuestra memoria se yergue un Macondo que habita en el alma de poblaciones enteras que fueron mudadas, desarraigadas, sin respeto alguno a su gentilicio. La reubicación que hizo el Estado venezolano de todos estos asentamientos por debajo de la cota cero del lago de Maracaibo, no sólo se llevó a las personas a otros parajes, también aniquiló con saña, su memoria histórica e identidad, dejando en su lugar monte y olvido.


Nota: Hace muchos años, en septiembre de 1993, escribí un artículo titulado “Tasajeras en anverso y reverso” del cual he tomado algunos párrafos que ahora transcribo en parte.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Hoy es el fin del mundo

                                                  “Para todos los que por mi mente han pasado mientras escribo este fin del mundo”
Edinson Martínez
@emartz1


Imagen relacionadaSi hoy es el fin del mundo, como tanto se ha dicho, probablemente nos lleguen esos minutos finales tratando de hacer las cosas que nunca hicimos en toda una vida. La mayor de las ironías será decir que nunca tuvimos tiempo para ello. Habrá quienes escojan ir de compras por el antojo postergado por años. Viajar al destino soñado.  Hartarse de la comida preferida o simplemente   estrenarse aquellos zapatos reservados en el closet para la ocasión especial. El último momento puede ser tan personal, íntimo y egoísta –en el mejor de los sentidos que ésta condición pueda tener–,  que dedicado enteramente a la satisfacción individual,  hasta una aspiración colectiva expresada por alguien singularmente, la convierte en “su” último deseo.

Por mi parte, hombre sin grandes propósitos mundanos, aprovecho  para escribirte ésta cuartilla de pendejadas que sólo se le ocurren a uno cuando se imagina el fin de los tiempos.  Decidí enviártela, hoy temprano, para que tengas tiempo de leerla antes de  hacer lo que  ya tienes dispuesto para tan valiosos instantes.

Hace un par de noches, mientras aguardaba que la electricidad retornara luego del apagón de rutina, me asomaba por la oscuridad de una ventana desde donde puedo ver caminar a  las personas a cualquier hora del día. Siempre hay gente en las calles, no se qué hacen a horas y deshoras, pero siempre las veo ir de un lugar a otro. Algunas veces van deprisa; otras, a paso lento, como seres distraídos que llevan sus historias de paseo en cada madrugada. En el cielo lleno de puntitos que todos sabemos son cuerpos celestiales sin el resplandor de la luz eléctrica, como el de hace dos noches, me acordé de ti, de vez en cuando lo hago y simplemente es un destello fugaz en mi pensamiento. 

Aquellos segundos -tal vez sea por la noche de estrellas, el ocio cultivado mientras retorna la luz, los buenos momentos de la vida o todas esas cosas a la vez-, mirando desde la oscuridad terrenal del pequeño lugar que ocupo en el universo,  se extendieron primero por unos minutos, y luego por un rato un poco más largo. Entonces, igual que ahora,  te siento  una estrella lejana, como esos luceritos destellantes que puede uno creer se encienden cuando los ve distantes en la inmensidad. Se esconden entre las nubes y uno los vuelve a ver, sin tener la certeza de que son los mismos de ayer.  Este día me llevará escribiendo para ti sobre aquella noche, desenfrenado para ganarle al tiempo que nos resta,  comiéndome desaforado los puntos y las comas en cada uno de los versos de ahora; están ellos perseguidos por el hechizo de la medianoche que nos invade irremediablemente, especie de sentencia que atormentaba las horas felices de La Cenicienta -ahora comprendo la angustia de saber el tiempo que nos queda-. Aquí dejaré  mi devoción final. Si hoy es el fin del mundo, aquí estaré frente al teclado, esperando como un rival ardiente, los minutos culminantes de esta larga travesía que ha hecho de la vida un sueño.


Nota: Este artículo, breve crónica, escrita primero a mano por la ausencia de electricidad,  y luego en computadora, lo hice el 12/12/2012, en medio de  lo que todos llamaban el fin del mundo


viernes, 3 de junio de 2016

Luisito, "el millonario"

Luisito, "el millonario"
Crónicas perdidas 
Por: Edinson Martínez
@emartz1

“Las hojas secas cubren en abundancia el camino de los recuerdos...”.

James Yoice


U
na de las leyendas urbanas más extendidas es la del mendigo millonario que simula una condición de pobreza para no revelar su verdadera condición de acaudalado. No ha faltado quien desde su ingenuidad haya creído y difundido las especies según las cuales alguno de esos parias urbanos que hemos visto en las esquinas extender su mano para pedir una limosna, son en realidad millonarios; ricos personajes disfrazados de pobres diablos que esconden su identidad quién sabe por cuáles razones.

Siendo niño, en la esquina donde transcurrieron mis primeros años, en aquella ciudad tan redonda como pequeña que era entonces, un personaje curioso en su apariencia y tanto más aún en su modo de vida, alimentó una de sus probablemente primeras leyendas urbanas. Surgió en el pueblo –que yo recuerde– prácticamente de la nada. Eso, naturalmente, sirvió de fundamento para aventurar cualquier historia grandilocuente. Algunos comenzaron por decir que Luisito –así le decían– se había escapado de un circo donde trabajaba como enano-payaso o malabarista. Que habiendo acumulado un buen dinero en su quehacer circense y cansado del ridículo al que se exponía en cada pueblo, escogió para huir o retirarse de la compañía de diversiones a nuestra ciudad, a Ciudad Ojeda, la última escala de un largo periplo pueblerino que había comenzado desde muy corta edad. 

Una mañana mis ojos de infante vieron pasar justo al lado de mi casa, a un hombre muy pequeño, vestía un traje oscuro o lo que quedaba de éste que, además, lucía extravagante en su cuerpo diminuto, caminando despacio, como contando sus pasos, con un sombrero gris percudido sobre una cabellera tupida que sobresalía del bombín más o menos aplastado. De su mano derecha pendía un saco de fique lleno de botellas de vidrio que descansaba encima de su espalda, tintineaban como una marimba desafinada cuando chocaban unas con otras, anunciando por anticipado su presencia taciturna. Se desplazaba por el callejón ubicado lateralmente a mi casa, en dirección a unos matorrales de un extenso terreno que para aquellas fechas quedaba detrás del grupo de viviendas que conformaban el sector donde viví. Todos los días lo veíamos salir muy temprano y regresaba cayendo la tarde, cuando los rayos del sol convocados por el ocaso se desmayaban atontados entre los copos de nubes que presagiaban la noche incipiente. Siempre hacía lo mismo, sujeto a una rutina cronometrada por razones de las cuales solo él era consciente. De vez en cuando nos miraba mientras pasaba a nuestro lado y, entonces, obsequiaba a los curiosos con una sonrisa escondida tras una barba poblada, canosa y revuelta de mesías errante. En el lugar que habitaba, una especie de choza fabricada por su tesón solitario, hecha de cartón, láminas de zinc y maderos viejos, una gran cantidad de botellas de vidrio, se apilaban multicolores, destacando entre ellas, verdes, marrones, transparentes, amarillentas, opacas y brillantes, que en obstinación de coleccionista se ordenaban por centenares o miles en una confusión de atolondrado empecinamiento. Mientras dejaba su cabaña por las horas en que hacía su recorrido citadino, los zagaletones del barrio husmeaban entre sus pertenencias, sacudían sus precarios enseres, y rompían algunas de sus frascos tornasolados. Siempre, como es natural, lo notaba; sin embargo, nunca llegaba a presentar reclamo alguno más allá de cierto señalamiento juicioso con un ademán de advertencia en sus manos.  Los comentarios sobre sus andanzas no se hicieron esperar en cada vecindario. En ellos, Luisito aparecía reiteradamente con su pose mansa en procura de los objetos que atesoraba con frenética devoción, todos se preguntaban sobre dicha afición que, aun sabiendo su propósito, preferían fantasear sobre él. Sin alardear, escudriñaba entre desperdicios, basureros fortuitos y solares abiertos sin dueños conocidos. Parecía un sabueso empecinado tras la presa esquiva. La leyenda fue cobrando fuerza conforme transcurrían los días y, sazonada con detalles ocurrentes según el ánimo del caserío visitado, llegaron a conferirle la condición de incógnito millonario. Comenzaba de este modo el mito urbano del impostor de pobre. Le vieron, incluso, salir de una de las escasas agencias bancarias locales después de guardar una suma considerable de dinero. Otros, todavía en mayor desborde fantasiosos, aseguraban haberlo visto, con sus propios ojos que habrían de comérselos los gusanos, cuando se apersonaba ante el cajero de unos de esos bancos con un saco lleno de monedas para depositarlas en su millonaria cuenta.

Pero, lo más curioso del personaje, es que no hablaba con nadie; tampoco era repelente o arisco, simplemente mostraba su cordialidad con el esbozo de aquella sonrisa inocente que parecía una mueca entre las barbas. “Es que no quiere trato con nadie porque pueden descubrirlo...”. Difundían en derroche imaginario los habituales de siempre. Unos y otros se repartían el producto de sus elucubraciones con la emoción del espejismo que ellos mismos habían creado. En fin de cuentas, en un pueblo donde las fantasías de otros lugares del mundo no eran cosas de extrañar, que un millonario autoexiliado escogiera esta modesta urbe para ocultarse, tampoco habría de ser un asunto como para asombrar las mentes alucinantes de una ciudad cuya historia en cierto modo se revelaba quimérica. A Ciudad Ojeda, como bien es sabido, llegaron –muchas veces de la noche a la mañana– personas de diferentes regiones del mundo y, junto a ellas, sus historias en las maletas de viajeros que portaban. “Yo era italiano”, nos comentó una vez a Miguel Apruzzesse y a mí, un viejo de ojos azules como el cielo y un pelo blanco platinado como un copo de nieve, que bien habría servido de molde viviente del San Nicolás que todos hemos conocido, durante una de esas visitas en campañas electorales que realizamos en uno de nuestros barrios en el siglo pasado. Nos sorprendió con su ocurrencia luego de increparlo sobre su origen, acompañado de un par de niños rubios percudidos por el sol y los mocos de una mañana solariega.

Luisito, en realidad, era mudo, apenas balbuceaba algunas palabras, y esa era la razón que explicaba aquella sonrisa extraviada entre el pelambre cenizo de su rostro, y los ademanes taciturnos, distraídos, como de siempre alelado, sin que de su boca saliera expresión alguna. Las botellas de vidrio las vendía, esa era la fuente de su miserable sustento. Todos lo sabían, pero la inventiva, fantasiosa y hablachenta de la monotonía pueblerina, le otorgaba aquel origen surrealista que pregonaban por doquier. Cuando nadie quiere ver lo que se exhibe evidente ante sus ojos, nada hará que se perciba en su diáfana verdad aquello que por sus pupilas se retrata en ostensible presencia.

Del mismo modo como apareció en la ciudad, también, se esfumó, algunos afirman que murió quemado en su casa, porque déjenme decirles, que tiempo después de habitar por el vecindario donde antes he comentado, uno de esos días que para entonces no tenían importancia para estos fines, decidió mudarse, naturalmente, sin decirle nada a nadie y, mucho menos consultar el parecer de sus curiosos vecinos. Nunca más se supo de él y en realidad pocos lo recuerdan. Es inevitable, pues aun siendo el mismo mar el que nos rodea, no siempre es la misma agua la que se bate entre las olas. Su historia se quedó en el tiempo como un recuerdo borroso, lleno del olvido en que se descuelgan las páginas caídas del almanaque de los humanos. Cuando comentaba sobre Luisito a varios de mi generación, en un ejercicio ocioso de mirar por el retrovisor de nuestras vidas, no faltó quien lanzara la pregunta que durante aquellos años varios se hicieran: ¿No sería verdad que Luisito era millonario?

Nota: Esta crónica forma parte del libro Desde mi ventana. Crónicas perdidas. Editorial A todo calor. 2020 

sábado, 16 de enero de 2016

Una historia por descubrir

En “Una historia por descubrir”, Edinson Martínez nos lleva de la mano por las galerías de un mundo real e imaginario donde los personajes, desperdigados en los retazos del tiempo, van construyendo la historia en la que nos miramos y en la que pareciera hallarse la felicidad que tanto anhelamos.


Es una evocación a un pasado que pervive en la cotidianidad y una osadía de la imaginación contada en un lenguaje conciso y sencillo, en la que se abordan temas de nuestro tiempo, como la  inconformidad, la muerte y la esperanza en un universo que bulle en constante transformación.


En este compendio de relatos el autor, como en su primera novela “Vidas paralelas” (2014), se rebela como un dios, que hastiado de moldear infinidad de mundos, decide escamotear situaciones a través de un afán lúdico para que el mismo lector coloque la pieza faltante y participe en el fascinante juego de la creación literaria.

Marcelo Morán  
Escritor

El libro se encuentra a la venta en el portal de compras por internet: Amazon.com  al que puedes ingresar directamente a traves de: http://tinyurl.com/hkztzm9
Desde marzo de 2016 se encuentra disponible en las siguientes librerías de Venezuela: 

Maracaibo: Librerías Europa, Don Quijote, Universal Book y Aeropuerto ( en todas sus sucursales).

Caracas: Librerías Lido, Nueva Chacao, Americana y Liber Caracas.

Maiquetía: Librerias Bookland y Urimare (Aeropuerto nacional e internacional de Maiquetía)

Valencia: Libros y Papeles 565. C.A. 

Mérida: Librería Temas

Cabimas: Librerías L'Magazin Office, La gran papelería y Librería del Pueblo

Valera: Librerías Betsy y  Omega librería y papelería

Barquisimeto: Librerias El Clip, Antonio 2000 y Ciencias

Ciudad Ojeda: Librerías San Agustin, Sucre, Ojeda, Kiosco Ultimas Noticas, La tienda del peluquero, Il Cafe. 

“Una historia por descubrir” es editado bajo el sello editorial de Ediciones A todo calor que entre los meses de abril y junio de 2016 también pondrá a rodar la segunda edición de "Vidas paralelas" del mismo autor en las librerías de Venezuela, no sin antes, lanzar la misma edición en Amazon.com en el mes de febrero de 2016

domingo, 7 de junio de 2015

La parroquia Venezuela

La parroquia Venezuela
Edinson Martínez
@emartz1

Este jueves 4 de junio pasado, estuvimos en la parroquia Venezuela. Escuchamos las angustias de sus habitantes, de dos sectores en particular, Leonardo Ruiz Pineda y Américo Araujo, aunque había personas de diferentes sectores. Cada una de ellas habló de su historia en esta parroquia olvidada e ignorada. Es la parroquia, es bueno recordarlo y hacerlo saber para quienes no viven en nuestro entorno,  que se encuentra por debajo de las aguas del lago de Maracaibo, y protegida desde los inicios de la explotación petrolera,  por el célebre dique costanero o muro de contención de Lagunillas. Esa parroquia es hoy un escenario gigantesco de dolor, y de abandono al límite de la desesperación. Han transcurrido 20 años del censo que Ducolsa hiciera en 1995 para determinar claramente cuántas  familias vivían en la parroquia, qué sectores ocupaban y cuáles sus condiciones socioeconómicas, con base a ello ha debido realizarse, entiendo que así es,  la planificación para su reubicación masiva en varios años.  Allí, en esa mañana de sol picante de este jueves,  vimos y escuchamos a personas decir: " yo soy del censo del 95' "

Este proceso iniciado en 1993 con la creación de la citada empresa por decreto presidencial, únicamente para realizar el trasvase de personas a lugares seguros y en condiciones de vida dignas, este gobierno la convirtió en una empresa nacional, y posteriormente  la adscribió a la Misión Vivienda. Ahora hace o puede hacer viviendas en todo el país, y su objetivo principal, para el que fue creada, ocupa un lugar subalterno, vale decir, subalterno también, el deseo de miles de personas de ser reubicadas dignamente.

En esta parroquia no hay servicios públicos decentes, las escuelas son ruinas en pie, sostenidas muchas de ellas por las precarias ayudas que reciben del afecto popular y del gobierno municipal. Cuando llueve, el agua arrasa con los enseres modestos de muchas familias, varias de ellas, para decirlo benévolamente,  han perdido en una noche de lluvia, el esfuerzo de toda una vida para procurarse sus humildes pertenencias.  La inseguridad les arrebata, cuando no la vida, el escaso patrimonio familiar, y en especial, la tranquilidad para sobrellevar lo que ya es una vida de incertidumbre.

Ducolsa ha entregado viviendas a personas que no son de la parroquia Venezuela, a trabajadores petroleros, como parte de sus planes de vivienda, lo ha hecho colocando en segundo plano las familias que con prioridad necesitan de la reubicación. Han, ciertamente, trasladado algunas familias, probablemente una cantidad importante al complejo habitacional bautizado como “Ciudad Fabricio Ojeda”. Pero debe uno preguntarse: Por qué hay familias del censo del 95' aún  pendientes por reubicarse? Cuáles son los criterios de reubicación, cuando hay sectores donde se trasladan solo una parte de ellos, y el resto de las familias quedan desamparadas y a merced de la inseguridad y las penurias de la zona? Por qué otorgan viviendas a trabajadores de PDVSA bajo la figura del plan de viviendas, sin antes atender prioritaria y masivamente, la reubicación de poblaciones que viven en condiciones de tan vergonzante miseria? Cuándo finalmente será mudada totalmente la parroquia Venezuela, es decir, cual es la planificación para este objetivo, a fin de que las personas puedan saber finalmente cual será su destino?  

De aquellos años en que comenzó a hablarse de la subsidencia en esta parroquia, y de las previsiones que los gobiernos de entonces hicieron para ejecutar la reubicación masiva, han transcurrido más de 20 años. Recuerdo con claridad esos días porque nos tocó en sus inicios impulsar ese proceso. Recuerdo con mucho cariño al diputado Anselmo Natale, ya fallecido, hombre perseverante, y ensimismado en sus compromisos, quien viendo el escenario de desolación de toda la parroquia de aquellos tiempos, y el latente peligro que significaba estar viviendo bajo las aguas del lago, asomó  la idea de un proceso como este. La primera reunión donde se trató  el tema, con una concurrencia, muy pequeña, pero representativa de los sectores Tasajeras I y II, Campo Mio I y II, Altagracia y Turiacas, fue el 22 de marzo de 1990 a las seis de la tarde, en el antiguo local o sede de la Cooperativa de la Cecosezul, en la carretera Nacional, como bien recuerdan muchos, frente al sector conocido como El Playón, en Tasajeras. Creo que allí comenzó todo, naturalmente, era como exagerado o especie de misión imposible, pero, en efecto, tiempo después la idea fue cobrando fuerza con el apoyo de otros diputados del antiguo Congreso Nacional, especialmente, la Comisión de Asuntos Vecinales.

No dejo de lamentar el lento andar del progreso en nuestra región, en el país en general, donde cualquier  - y dejo constancia que la reubicación no es cualquier cometido -  obra o proyecto gubernamental cuesta varias generaciones de venezolanos verlo cristalizar, se nos va la vida esperándolo, algunos, muchos para mejor decir, no llegan a tener la fortuna de verlos, se nos quedan en el camino. No hay razón para ello en los tiempos que vive la humanidad, algún sentido tendría que tener que hayamos tenido la suerte de vivir entre dos siglos de grandes avances para el hombre. Luego de tantos años en esto, y a la luz del despelote que vive el país, no abrigo mucho optimismo sobre el porvenir inmediato de estas miles de familias. Ojalá me equivoque, cuanto quisiera equivocarme y comerme mis palabras, pero en momentos en que la propia Ducolsa no quiere atender a las personas afectadas, y las deja al recurso desesperante de la opinión pública, el futuro inmediato, y  el de largo plazo, no luce esperanzador. El único camino posible es la lucha de los afectados, su reclamo perseverante y su voz altanera que inspira la justicia. No se dejen engañar por nadie, desconfíen de las soluciones fáciles y los discursos gritones, de la promesa politiquera, y menos transijan con el chantaje. Mi solidaridad con todos ellos desde  la humildad de mis capacidades.   

Nota: La fecha de la reunión fue el 04-06-2015