domingo, 5 de junio de 2016

Lago adentro

 Edinson Martínez 
 @emartz1 


Desde 1972, hace ya casi 44 años -que uno los escribe de modo tan elemental con dos solitarios dígitos y por ello parecieran irrelevantes-, el tema del medio ambiente viene siendo noticia de primer orden en todo el planeta. En la distancia del tiempo de aquellos días, tormentosos y revoltosos que recuerdo, el mundo se sorprendió con la tragedia del avión uruguayo estrellado en las cumbres andinas. Tengo aún fresco en mi memoria esta época en que se incorporaba como una novedad en colegios y liceos hacer investigaciones sobre asuntos relativos a la contaminación y la ecología, se insertaba entonces por primera vez en nuestros deberes escolares las preocupaciones medioambientales de modo sistemático y permanente. Pero como antes refería, al inicio del último trimestre del año citado, el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, se perdió con sus ocupantes durante setenta y dos días entre las heladas alturas de la cordillera de los Andes. Fue una noticia tremenda porque el avión trasladaba al equipo de Rugby del colegio Stella Maris de Montevideo hacia Santiago de Chile, como es natural suponer, se trataba de un grupo de jóvenes y animados deportistas que justamente se dirigían a una competencia deportiva en otro país. De este hecho terrible e inenarrable, no obstante la cinematografía que siempre suele ocuparse de estas cosas, una vez conocida la increíble historia de los sobrevivientes, el mundo quedó boquiabierto, pasmado, de todo cuanto hicieron estos muchachos para permanecer con vida. Tiempo después, se hizo una película, que de vez en cuando aún puede verse en la cartelera televisiva. En esos días, la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 2994 designó el 5 de junio como Día Mundial del Medio Ambiente. Para esa misma fecha, me refiero a 1972, el entonces presidente de Chile, Salvador Allende, visitó -creo que por única vez- nuestro país, era para esta ocasión primer mandatario nacional y casi culminando el quinquenio gubernamental, el Dr. Rafael Caldera. Traigo a referencia en esta breve crónica, la visita de Allende, porque revisando –ahora gracias a la inmediatez que nos permite la internet- el contexto histórico de aquellos años, que ya antes he calificado como tormentosos, y que mejor sería decir rebeldes, me encontré con una entrevista radial al expresidente chileno -en radio Portales, de Santiago de Chile-, supremamente interesante que vale la pena compartir con ustedes. En dicha entrevista, muy extensa por cierto, este culminaba su conversación con unas sabias e interesantes palabras, muy a tono con los tiempos, también tormentosos, dramáticos, pero sobretodo, desafortunados, que ahora nos toca vivir. Las cito textualmente porque en verdad no tienen desperdicio.

 “…Este es un país de gente joven y hay que decirle a la gente joven que tiene que comprender, que para poder hacer que un país progrese se necesita trabajar más, estudiar más, producir más. A mí, no me impresionan los revolucionarios verbalistas que son malos estudiantes, malos obreros, malos dirigentes, yo creo que la primera lección es, de un revolucionario, dar con su ejemplo la posibilidad que otros sigan su ejemplo. Por eso he repetido tantas veces qué buena frase escrita por un estudiante en la muralla de una Universidad de París "La revolución comienza por las personas antes que por las cosas" Y eso es muy serio y muy profundo”. 

Qué bueno sería lograr que quienes desde posiciones de gobierno en nuestro país, pudieran hacer suyas estas reflexiones finales del admirado y recordado mandatario sureño. 

Ahora bien, retornando al tema ambiental -una vez hecha esta mirada por la especie de hendija inventada por este servidor en la ventana de la historia-, muy oportuno para hoy 5 de junio, hemos de registrar que Venezuela se encuentra en una situación muy grave desde el punto de vista ecológico. Creo que bastaría pasearnos por dos casos emblemáticos. El primero de ellos referido a la barbárica explotación del oro en el sur del país, de la que solo se tienen noticias fiables por vía de reportajes periodísticos extranjeros, en unos casos, y en otros por medio del testimonio de algún valiente que arriesga su pellejo al hablar de los daños ambientales en la región, es a todas vistas una muestra viva de todo lo que es capaz la ruindad humana, una depredación de pocas comparaciones en el mundo. Dicha destrucción, que a referencias y explicaciones de terceros, luce como irreversible e irreparable en suelos, selva amazónica y ríos de esta privilegiada naturaleza, es en muy bien sentido el exterminio de un patrimonio ecológico de la humanidad por el cual somos responsables como nación.

  
El otro caso que hemos de agregar a la devastación ambiental nacional, y esta vez no tan lejos como en cierta manera nos pareciera el sur, es el mayor tributo a la indolencia ecológica que conoce el país, que en cámara lenta, pero persistente y arteramente ha evolucionado por décadas, sin tregua alguna, y a la vista de todos, sean autoridades públicas, y también, todo aquel ser viviente de esta comarca -permítaseme la expresión-, nos referimos al Lago de Maracaibo, el mayor reservorio de agua dulce del subcontinente, como todavía suele neciamente decirse. 

Descubierto el 24 de agosto de 1499 por Alonso de Ojeda, tuvo la mala suerte de poseer en el subsuelo unas de las mayores reservas de petróleo del hemisferio, que luego de casi 100 años de explotación petrolera han convertido el lecho lacustre en un nido con más de 24.000 kilómetros de tuberías e instalaciones petroleras, conformadas en lo sustancial por gasoductos, oleoductos, tuberías diversas, cables, y cualquier otro inimaginable dispositivo necesario para la extracción del crudo. Para el 2013, según fuentes curiosas de oficio por cuenta propia, porque las gubernamentales guardan el secreto a titulo de misterio inescrutable, del lago se extraían unos 700.000 barriles de petróleo por día. Lago adentro se generaban unos quince derrames de crudo al mes, estos sí registrados oficialmente por el Ministerio del Ambiente, pero de los cuales por sobradas razones y larga explicación dudamos de su cuantificación real, ameritando por ello una investigación de mayor rigor. Al propio tiempo, una cifra negra, que podría ser superior, consistente en el vertido de químicos, sustancias toxicas y derivados de hidrocarburos de diverso género es vertida habitualmente al lago, de ello no existen registros oficiales, entre otras razones por la limitada capacidad operativa de los entes encargados de la vigilancia ecológica, y también, porque su manifestación no es visible en la superficie lacustre de modo inmediato y extensivo, simplemente va al fondo… Lago adentro. 

A todo lo anterior tendríamos que sumar las descargas de aguas servidas sin tratamiento alguno que se vierten de las poblaciones asentadas en ambas costas del Lago de Maracaibo. Las plantas de tratamiento de aguas servidas de la cuenca del estuario, durante estos años, mas de década y media, buena parte de ellas han sido paralizadas y a medio construir, otras abandonadas a su suerte por el precario mantenimiento, y el resto, un proyecto engavetado de incierto porvenir.


Creo compartir con muchos paisanos de mi generación aquellos recuerdos de la niñez en que las vacaciones escolares, o algún fin de semana fuera de la rutina laboral de nuestros padres, en los que las visitas a las playas del lago eran un verdadero gozo familiar. Los hermanos, y en mi caso, mis primos más cercanos también, disfrutamos aquellas aguas tan gratamente que ahora puedo afirmar que son aquellos días parte de los momentos más felices de mi infancia. Es una pena advertir ahora que fuimos prácticamente casi los últimos en disfrutarlas a plenitud. 

Este lago que una vez inspirara a tantos poetas zulianos por sus cristalinas aguas, por su sabor salobre, por la calidez de su abrazo al sumergirnos en ellas, es ahora un gigantesco pozo séptico cuyas aguas verdosas y oleaginosas bañan nuestras costas en lo que pareciera un deterioro sin retorno. No habría que ser un conocedor profundo del tema para afirmar que el agua del lago ha perdido su capacidad para sostener vida. Hace 44 años hablamos del tema, hace tanto tiempo y qué tan poco hemos logrado Lago adentro. 

 Ciudad Ojeda, 5 de junio de 2016 


 Nota: Las fotos de este artículo fueron tomadas por el suscrito en las costas de Cabimas.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Se hunde el barco

Por: Edinson Martínez 
@emartz1 

El título de este artículo es una grata invitación al recuerdo musical de los venezolanos, una evocación melodiosa que al mismo tiempo trasciende nuestras fronteras, especialmente, en el entorno geográfico del Caribe. Es un viejo merengue de la autoría del compositor dominicano Porfi Jiménez, quien en la penúltima década del siglo pasado se hizo popular –viral, como ahora se dice- en todos los convites, fiestas y celebraciones de variado género, además de ubicarse con lugar destacado en las carteleras musicales de las estaciones radiales del país. Fue todo un éxito, sin duda alguna, y con el tiempo fue integrándose en el inconsciente colectivo de varias generaciones de venezolanos. Escuchar en nuestros días Se hunde el barco, es una placentera y sabrosa evocación rumbera. Pero cuando ese hundimiento se refiere a un hecho real y concreto, es evidente que no tiene nada de jaranero o agradable, salvo que se trate del Titanic, es decir, de la versión fílmica de su naufragio, en tanto la diversidad de emociones que despierta entre los habituales del cine. Es en la cinta cinematográfica donde un grupo de resignados músicos acompañan hasta su destino final al célebre buque que ni el mismo Dios hundiría. En efecto, hay casos así, ciertamente -y qué no hay en este mundo de vivos…-, en que los momentos finales se acompañan de una suerte de banda sonora para la eternidad. Hace algunos años leí en la crónica roja de uno de nuestros diarios, una nota informativa sobre un difunto, cuyo último deseo se remitió a solicitar un cortejo fúnebre con el acompañamiento orquestal de la famosa canción de José Alfredo Rodríguez, El Rey. El tema musical de Porfi Jiménez guapachosamente nos habla de un barco que se hunde con un cambio de rumbo y un capitán que no sabe qué hacer. Y así parece que será en nuestra prosaica vida de por estas calles –valga el recuerdo del tema musical del mismo nombre, éxito de aquellos años de crisis que ahora nos lucen como un dolor de cabeza pasajero-, con músicos y todos los que en esta nave viajamos desde 1830. 

Este barco echado al mar de la vida en 1830 –fecha de nuestra partida de nacimiento como Venezuela-, con tanto prodigio natural, que ni el mismísimo Dios tampoco habría podido naufragar, está en barrena desde hace rato por causa de su capitán de relevo. Quién habría imaginado que este país pleno de abundantes y variadas riquezas en su subsuelo, con un clima, además, envidiable -elogio frecuente a voz en cuello por nacionales de otras regiones del mundo que padecen los rigores de crudos inviernos capaces de hacer crujir los huesos- para labores del campo sin alteraciones fatales. Con una amplia costa marina de dos mil setecientos kilómetros que ya quisieran para sí muchos países, algunos de los cuales no tienen ni un metro cuadrado de playa. Y, por si fuera poco, la escasísima presencia de amenazas naturales por huracanes o fenómenos similares. Que nunca nos ha importado si el vecino de al lado es musulmán, judío o budista, porque cuando pisan esta tierra, llamada de gracia alguna vez no por casualidad, se nos hacen compadres o amigos muy entrañables, que aquí quiere decir más o menos lo mismo, y las diferencias no pocas veces se resuelven con una fría de por medio. Que el azar, para no entrar en detalles sobre que otras razones privaron, nos conformó de norte a sur y de este a oeste con modos de ser tan ponderadamente compatibles, que un maracucho cuando visita oriente se siente como en casa. Y el andino apreciado en cualquier región del país, donde sobresale por su comportamiento ciudadano. Nunca hemos estado en guerra con nación alguna, y tampoco involucrados en conspiraciones internacionales para agredir a nadie. Por décadas fuimos el destino de miles de personas que huían de las confrontaciones bélicas que arrasaban sus países, en esos momentos de desesperación nos escogieron como el lugar para vivir y probablemente morir, como muchos lo hicieron, luego de empeñarse en hacer realidad sus sueños más preciados en este pedazo de tierra ubicado entre el Ecuador y el Trópico de Cáncer. 

Cómo es posible que un país así, con todas esas ventajas naturales y de competitividad económica, porque es válido apuntar, que el gobierno de este capitán, que viene a ser el mismo del anterior, tuvo la suerte de coincidir con uno de los ciclos de expansión capitalista más largos de los últimos años –todos sabemos que el capitalismo oscila su crecimiento entre lapsos de caídas y subidas de sus magnitudes económicas, que dichas fluctuaciones le son consustanciales a su metabolismo; y no como consecuencia de una mano providencial, mesiánica, en este caso la del narciso eterno, como una vez se intentó decir-, el cual hizo posible el incremento sostenido de las cotizaciones de las materias primas a nivel internacional, beneficiándonos, en consecuencia, de los altos niveles de precios experimentados por nuestro principal producto de exportación por al menos la mitad del periodo gubernamental; cómo es posible, reitero, que este país, pueda encontrarse en el estado ruinoso y desolado que hoy presenta.

Algo malo hemos debido hacer en otra vida, me decía karmáticamente una vieja amiga, casi que resignada al mal vivir que ya otras naciones han soportado por una eternidad –cuando conversaba con ella vino a mi memoria un recuerdo vago de la lectura de Antes que anochezca de Reinaldo Arenas, escritor cubano ya fallecido, donde relata que la compañera más intima que tenían era el hambre, las personas rogaban en los establecimientos que les vendieran pollos y huevos, que estaban dispuestas a pagarlos al precio que fuera, pero se les negaba porque estos locales eran del pueblo y no podían vender a particulares…-, y que hoy son una de esas tantas personas que integran una franja creciente de venezolanos que busca explicaciones astrales, religiosas y esotéricas a la situación del país. Que por cierto, valga la referencia, en este naufragio colectivo, la abundancia de comentarios y argumentaciones de este linaje que se envían por mensajes telefónicos y redes sociales, bien podrían engrosar el acervo mágico religioso de nuestra condición Caribe. 

Y así es, el barco se hunde, mi querido capitán, intentemos ponerlo a flote los venezolanos que nos resistimos a esta locura que ha usado la política como excusa para el pillaje. Comparto con ustedes la letra del tema musical referido en el título de este artículo.  

Se hunde el barco mi querido capitán 
Se hunde el barco no lo dejen naufragar 
Se hunde el barco si usted sabe navegar 
Se hunde el barco usted nos tiene que salvar 

Si usted es marinero usted debe saber 
que el barco se hunde y no lo puede perder 
Prepare la nave que va a naufragar 
y vuelva a ponerla en su mismo lugar 

Se hunde el barco... 
Capitán, capitán 
si sube la marea 
Capitán, capitán 
vamos a naufragar 
Capitán, capitán 
procure que se vea 
Capitán, capitán 
que usted nos va a salvar 

Se hunde el barco... 
El cambio de rumbo resultó fatal 
pues olas inmensas nos van a atacar 
corrija la ruta mi buen capitán 
pues se acaba el tiempo de rectificar 

Se hunde el barco... 
Capitán, capitán... 
Se hunde el barco mi querido capitán 
Se hunde el barco olas vienen y olas van 
Se hunde el barco si usted sabe navegar 
Se hunde el barco usted nos tiene que salvar 
Se hunde el barco este barco se va a hundir 
Se hunde el barco porque usted lo lleva mal 
Se hunde el barco si usted no lo lleva a puerto 
Se hunde el barco este barco va a naufragar

jueves, 24 de marzo de 2016

El hombre cero

Edinson Martínez
@emartz1

En las afueras del  perímetro urbano de nuestras primeras ciudades -para entonces modestas y precarias poblaciones en transición al futuro anubarrado que hoy representan-, especie de suburbios del pecado, que para el goce y disfrute del amor furtivo se edificaban en torno a ellas, pasiones desesperadas, celos atormentados y amores sin porvenir,  culminaron en tragedias y ruinas personales acompasadas con las bandas sonoras de los éxitos musicales del momento. Fueron denominadas en aquellos tiempos como   “zonas de tolerancias” o “conventillos” -según o en acuerdo a cada nacionalidad-, conforme a una nomenclatura espontánea que surgía de la ocurrencia popular, evidentemente no correspondía a ninguna zonificación catastral de la que modernamente registran en el presente las autoridades de nuestras ciudades, pero a los efectos de la ubicación precisa en los andurriales urbanos de entonces, estos célebres lugares eran harto conocidos y de imperdible ubicación para propios y extraños. En uno de ellos, en fecha imprecisa entre abril y mayo de 1945, probablemente en sincronía que sólo construye el azar, al tiempo que en Europa, en torno a un tablero de operaciones estratégicas, se declaraba el fin de la segunda guerra mundial;  al otro lado del atlántico, y también, intermediando una mesa, pero esta vez, bajo el compás de la “Rubia Mireya”, tres hombres disponían del destino de un muchacho vendedor de leche a domicilio.  Uno de ellos agraviado por la afrenta de su mujer -en realidad la mujer de muchos por razones de oficio y no de amor, como es el caso que nos ocupa, y que de hecho laceraba el corazón del mancillado-,  instruía a los otros dos del delito que horas después cometerían. 

El alcohol, como dice la vieja conseja, llena de valor al cobarde -también lo expresa uno que otro tango-, de nada valdría la noche estrellada que en toda su inmensidad se ofrecía al lupanar que hacía honor al género musical preferido de sus habituales; ni el aroma perfumado que dejaba al paso cada mujer engalanada para el paisanaje noctámbulo de ocasión; ni tampoco el miedo a la ley, que tan exiguamente en aquellos años se aplicaba en el país. No era entonces de dudar, que la fechoría para satisfacción de la hombría de este personaje, se consumaría irremediablemente. Era, por tanto, desde ese instante, el fin del mozo amancebado con las caricias  de la mujer del caporal de la finca aledaña; pero, también, como el sello y cruz de cada moneda, el comienzo de la historia del Hombre Cero.  

Esa noche Pirincho,  entonado con los acordes trágicos, arrebatados, y apasionados en vodevil de mala muerte, repetía desde  la maquina estacionada al extremo izquierdo del amplio salón, los avatares de los “Tiempos viejos” -… ¿Te acordás, hermano, la Rubia Mireya?… ¡casi me suicido una noche por ella, y hoy es una pobre mendiga harapienta.  ¿Te acordás, hermano, lo linda que era? Se formaba rueda pa' verla bailar...!-. El nombre real de “Pirincho” -versión sureña de lo que aquí llamamos “pelopincho”- era Francisco Canaro; bueno, en apego a la verdad, el primero era un apodo, el segundo un seudónimo, y finalmente, su correcta identidad era: Francisco Canarozzo. Un uruguayo nacionalizado luego argentino.

A casa llena y al amparo de la luz celestial de esas estrellas que a modo de ornamentos parecieran fabricadas especialmente para espacios como estos, y en donde además,  las bombillas de colores  se repartían por doquier, complementando, en riguroso y teatral sentido, la iluminación de esta factoría de tragedias e ilusiones vanas que llevaba por nombre el del mismo género musical sureño que con preferencia se escuchaba, los dos autores de la felonía que pretendían un crimen, recibieron la promesa de pago -música paga no suena, también reza el viejo dicho- esa misma noche, junto a los detalles de la rutina laboral que en cada jornada efectuaba el repartidor de leche. Al día siguiente, una vez que saliera de la finca con destino a la entrega acostumbrada, los dos hombres -asimismo jóvenes, pero de mayor edad que el muchacho- lo interceptarían entre la zona más espesa de matorrales y lejana del caserío, allí le asaltarían, luego de trepar uno de ellos -el de mayor estatura de los hermanos atacantes- sobre el macho en que montaba y en cargas llevaba los envases con la leche. Podría decirse que la muerte jugaba agazapada esperando por el hombre cero un día impreciso entre abril y mayo de 1945.   

En el ocaso de las minas, cuando la luz del firmamento ya no era la misma; ni tampoco las bombillas de colores, ni el aroma del perfume femenino se mezclaba en el ambiente húmedo y caluroso del mismo lugar de 1945, conocí esta historia, no de boca de la “Rubia Mireya”, naturalmente,  porque en efecto, en esta tierra, aparte del petróleo, que con abundancia se ha extraído y aún generosamente sigue fluyendo, también los comentarios, las historias y leyendas urbanas, abundan con frecuencia. 

martes, 8 de marzo de 2016

Vidas paralelas en segunda edición

Leandro efectúa un depósito bancario en un viernes agitado y asaltado por el calor sin imaginar que trastocaría la vida de otras personas. A partir de allí, se activan las agujas de un reloj, que no dará tregua para conducir al lector a través de una historia plagada de sobresaltos donde el mando de la intriga no cederá hasta el último capítulo.

Vidas paralelas es una novela que plantea situaciones propias de cualquier ciudad de nuestro tiempo, sumida en avatares e interminables carreras por alcanzar un destino mejor. En ese constante trasiego de la vida, se agitan pasiones sin rubor, campañas electorales y apagones eléctricos tan recurrentes que se vuelven costumbre vital.

En esta obra Edinson Martínez ofrece una prosa fresca e incitante donde los personajes evolucionan y viven en un mundo real y humano, pero asechados desde una perspectiva  ficcional.

 “Juan Carlos escoge el mismo lugar de la vez anterior, no lo hace por azar; es por cábala que lo selecciona; coloca su carpeta entre las piernas y la abre, del bolsillo de su camisa saca el reporte de saldo que hace  unos minutos el cajero le entregó.”
Marcelo Morán


Vidas paralelas, ya se encuentra a la venta en la plataforma por internet de amazon.com 
través de la aplicación de Kindle Direct Publishing del celebre portal de ventas, también, se puede acceder a la modalidad de préstamos en linea para leer la obra. En el siguiente enlace puedes acceder a la información:   http://www.amazon.com/-/e/B01ADLV3SI  
De igual modo en mercadolibre.com en el siguiente enlace: http://articulo.mercadolibre.com.ve/MLV-472164349-vidas-paralelas-novela-autor-edinson-martinez-_JM 

Actualmente también  se encuentra disponible en las librerías del país, en Panamá y Firenze (Italia). Vidas paralelas fue publicada inicialmente en 2014, de modo que esta se trata de la segunda edición de la citada novela. Esta vez bajo una presentación del también escritor y artista plástico, Marcelo Morán, y una nueva tapa, con el sello inconfundible de J. Chemel Noguera, aspira  llegar al mercado de lectores nacionales y más allá de sus fronteras.   Puedes adquirirla en los siguientes puntos de ventas.


Maracaibo: Librerías Europa, Aeropuerto, Don Quijote y Book Shop.
Barquisimeto: Librerías El Clip, Ciencias y Antonio 2000
Trujillo: Librerías Betsy (Carvajal y Timotes)  y Omega Librería y Papelería (Valera)
Merida: Librerías Temas y Ballena Blanca

Cabimas: Librerías La gran papelería, L´Magazine Oficce (antigua Petete)  y La librería del pueblo
Ciudad Ojeda: Librerías San Agustín I y II, Sucre, Ojeda, Il Cafe, Stupendo Cafe, Mi nueva panaderia, Cafe 265, Il Bombon, Multitiendas H y D, La tienda del peluquero.
Caracas: Librerías Lido, Americana Book Shop, Nueva Chacao y Liber Caracas. 
Porlamar: Librería TecniBooks.
Aeropuerto internacional de Maiquetia:  Librerías Bookland y Urimare (zonas de transito nacional e internacional)
Puerto Ordaz: Librería Latina Orinokia
Cumaná: Libreria El Mundo del libro en sus tres direcciones.  
Panamá: Librerías Vida abundante (CC Albrook) y The Art Shop (Tienda de arte)

Italia: Firenze. Edicole Illaria, Davide, L´Areperia (via della mosca) y Piazza San Marco. 

lunes, 22 de febrero de 2016

El Jabón



Edinson Martínez
 @emartz1

La costumbre de bañarse a diario -a veces más de una vez- en nuestros países, es un antiquísimo hábito de pulcritud, heredado de aquellos tiempos remotos del guayuco o taparrabo que modestamente exhibían nuestros antepasados. Esta práctica de higiene personal llamó poderosamente la atención de quienes pisaron por primera vez nuestro continente en el ocaso del siglo XV. Es oportuno advertir -y valga la digresión explicativa, no nos vaya a salir alguno de esos puntillosos que sobre temas históricos no perdonan el menor desliz- que demostrado está que desde mucho antes de aquella aventura transoceánica iniciada en Puerto de Palos -como se nos enseñaba desde el tercer grado de instrucción primaria, en esos lejanos días en que los maestros estaban autorizados por nuestros padres a doblarnos las rodillas y/o sacarnos las lagrimas por alguna travesura u omisión académica- hacia ésta parte del mundo, otros ya habían pasado revista con relativa asiduidad a los predios exóticos de lo que hoy en día es el continente de las mayores desigualdades sociales del planeta. Pues bien, siendo el baño frecuente una novedad de ostensibles beneficios sobre nuestro cuerpo, su higiene, y naturalmente, el olor que emana de este, no dudo en pensar que fue bien acogida por los conquistadores europeos, y como se acostumbra decir por estos días, fue nuestro legado para ellos, que dependiendo del cristal con que se mire el asunto, podría incluso ser una de nuestras mejores herencias para el viejo mundo. 
Pero como en todas las sucesiones, los beneficiarios -¡y beneficiarias!, diría uno de estos maniáticos de las precisiones del género y no del idioma- pueden optar libérrimamente por tomarlas o asumirlas, según sea el caso; o bien, rechazarlas, desentendiéndose de este modo del legado que a otros ha costado ingentes esfuerzos. Hace algunos años fui a Margarita, cuando tomar el sol en alguna de sus playas era una experiencia babélica, al subir al avión de regreso, una de las azafatas que por protocolo y cortesía aeronáutica recibe a los pasajeros, mostraba un semblante rígido, carente de la sonrisa de rigor. Firme, elegante y espigada como una mata de coco nos saludaba con sus buenos días; sin embargo, evitaba meter -sería mejor decir, evitaba dirigir su mirada, suena como más poético- su cara hacia el interior de la aeronave. Adentro con nuestro calorcito tropical expresado al máximo, una legión de caras rubias y cabellos de tonos Igora Royal 9FA, generaban un atmosférico* ambiente cargado de un vaho encebollado que súbitamente me hizo comprender la razón de la mirada esquiva de la aeromoza. Había casi olvidado aquella escena de finales del siglo pasado, pero hace unos días volví a recordarla en medio de una interesante y estimulante aventura -de qué otro modo podría calificarse una experiencia como ésta sino es a partir de la nueva interpretación de la realidad según la perspectiva que nos ha legado el finado, donde lo feo es bonito, lo malo es bueno, la guerra es la paz, una mentira la verdad, las colas una ficción, y la inseguridad una sensación- de una semana en cola, léase bien, una semana, para comprar una batería a mi carro que justo el 31 de diciembre me dejó varado. La mezcla de aromas, tufos y tufillos que la ausencia de jabón primero, y luego, desodorante –ese maravilloso invento de la modernidad para corregir nuestros defectos de fábrica- que fueron acumulándose al calor de los intensos rayos solares de esta región del mundo, democráticamente nos fue igualando a todos bajo la misma condición mal oliente. 

Cuando era niño solía venderse en todos los comercios, además con una abundante publicidad en medios impresos y audiovisuales en el país, un jabón de tocador conocido como “Salvavidas”, lo recuerdo de un color anaranjado, de forma hexagonal y muy duro al tacto, tenía un olor extraño, un aroma a no sé qué cosa horrible, muy desagradable, que al compararlo con los otros jabones disponibles en el mercado, bien podría emplearse para uso de mascotas, hasta su forma, pero principalmente su olor, remedaban las mismas propiedades de aquellos indicados específicamente para tales usos. Pues bien, en esos días de cola llegué a extrañar el “Salvavidas”, comienzo a recordarlo hasta con cariño, en una especie de nostalgia que se reconcilia con el pasado a la que Milan Kundera en su insoportable levedad del ser dedica en no buenos términos parte de su contenido. Sin embargo, ¡Qué maravilla sería tener ahora un Salvavidas! 

Llega a mi memoria un episodio jabonoso de hace algunos años, anecdótico como ha sido esta breve crónica,  para la primera mitad de la década de los 80’. Estando de visita por razones laborales en una empresa transnacional, petrolera, mientras esperaba el turno para ser atendido, en la sala de recepción una joven secretaria nos recibía a todos con exquisita  cordialidad. Al cabo de unos minutos, tal vez un cuarto de hora, un hombre muy grande, inmenso de largo y ancho, hizo su entrada en la pequeña oficina. Enseguida lo reconocí, con frecuencia era noticia en la prensa regional, nunca lo había visto en persona, pero su cara, fácilmente identificable por un bigote grueso como una brocha de tres pulgadas, además de unos anteojos de carey que no sé  por qué hacían juego con su peinado hacia atrás estilo Brylcreem. Se acercó diligente, ágil -como no se imaginaría nadie que lo viera a primera vista-, hasta la chica recepcionista.  Supe en el acto que se trataba de don Pedro Gauna Moreno, un veterano dirigente sindical de aquellos años,  por el trato hacia la chica concluí que la conocía, y luego del saludo con las cortesías zalameras de obligado cumplimiento –todos los visitantes, dos o tres personas, observamos callados-, el personaje público,  sacó de uno de sus bolsillos grandotes del también mayúsculo pantalón de caqui, un par de jabones de tocador marca Cadum -era el jabón cosmético de moda, perfumado y con bonita forma que a efectos subliminales a mi me parecía estar viendo a Susana Giménez  con su shock de frescura-.  Era evidente que se trataba de un halago, la joven tomó el par de jabones, recuerdo eran de empaque verde, y los guardó discretamente en su escritorio. De inmediato, don Pedro entró raudo a la entrevista, antes -por supuesto- de quienes habíamos llegado previamente. Rato después, regresó y se despidió de la oficinista con la misma zalamería del comienzo. En esos tiempos -y en el presente con mucha más razón dada su ausencia absoluta de los anaqueles de toda clase de mercados en Venezuela-, los jabones abrían puertas.  ¡Qué bueno sería tener ahora uno de esos Cadum, aunque también vendrían bien un par de  Salvavidas!

 *.- Expresión de mi amigo Chemel Noguera -músico melenudo poseído por el rock, y diseñador gráfico de alucinante creatividad- para describir una situación particular fuera de lo común.

martes, 9 de febrero de 2016

El fósforo

Edinson Martínez 
@emartz1 

Cuando me desperté en la mañana, tenía la boca seca, los ojos pesados que se negaban a desperezarse, resistiéndose tercamente a abrirse no obstante los repetidos intentos para conseguirlo, en la brevedad de los minutos iniciales, las retinas fueron esquivando la luz que se asomaba por la ventana del cuarto. Lo último que recuerdo de la noche anterior fue la pregunta de mi madre: ¿Desde cuándo no ves una caja de fósforos? Era tan grande la escasez de alimentos, medicinas y repuestos para automóviles, que las restricciones comenzaban a extenderse hacia bienes que no eran de consumo básico; no por ello menos importantes, detrás de cuya carencia, con toda seguridad, se escondería algún drama intimo, personal, tan válido como cualquier otro de los tantos que se manifiestan en nuestros quehaceres habituales. La falta de una cajetilla de fósforos puede, en efecto, trastocar la cotidianidad vital de alguna familia cuando se enfrenta al hecho de encender la hornilla de una cocina.

Me quedé pensando un rato sobre la pregunta que cuando me fue planteada no le presté atención. La mirada de ojos pardos de mi madre brillaba en medio de las plantas de helechos que detrás formaban una especie de pintura con ella en el centro. Es cierto, no he visto cajetillas de fósforos en ningún establecimiento comercial, su ausencia en los anaqueles pasaría desapercibida sino fuera porque aún -no obstante la variedad de dispositivos modernos para obtener fuego, que también, padecen el mismo mal de la escasez- en nuestros hogares una cajetilla de fósforos -cerillas, en el hablar de los naturales de la madre patria-, es un articulo imprescindible para encender la cocina. Este adminiculo cuyo origen realmente es incierto -como suele suceder con las cosas sencillas de la vida-; sin embargo, es atribuido a los chinos y asociado al mundo occidental por virtud de los legendarios viajes de Marco Polo. Pero, su invención moderna, se remonta a 1805 en París, durante el periodo napoleónico. Su debut mundial se hizo en 1875 en el Nuevo Mundo, luego de superados los largos años de emancipación española, en Santiago de Chile, en la Exposición Internacional de Santiago. 

Una cerilla debe haber encendido algunos, sino todos, los cañones de la flota franco-española en la batalla de Trafalgar en 1805, la mayor batalla naval de la historia que enfrentó a las potencias militares más poderosas del planeta de aquel momento. Y como siempre se ha dicho, de todo se aprende en la vida, aun de los hechos más dolorosos; la célebre batalla que perdió la alianza franco-hispana a manos del no menos reconocido almirante Nelson, de la escuadra inglesa, dejó para la historia varias enseñanzas militares, entre ellas, que la superioridad numérica no siempre es la clave para una victoria. Que no siempre los protagonistas salen indemnes. El almirante Nelson, en cuyo honor y hazaña estratégica, se erigió una plaza en Londres en 1830, la cual fue bautizada como Trafalgar Square, murió en combate de un certero disparo en la columna vertebral y su cadáver debió ser envasado en un barril de brandy de Jerez para conservarlo hasta regresar a Londres. Recuerdo que para los tiempos de la guerra fría, una serie de TV americana de nombre “Viaje al fondo del mar”, tenía dentro su elenco de estrellas, un protagonista que similarmente se identificaba como almirante Nelson… ¿Sería mera casualidad?... ¡Claro que no!, en la televisión, y muchísimo menos en aquellos tiempos, nada era casual o dejado al azar en la programación televisiva que llegaba a millones de norteamericanos, y desde luego a nosotros también, dada la ubicación geopolítica del área de influencia en que nos encontrábamos. 

Una sola chispa de un (fósforo) puede hacer encender la pradera, dijo en 1930 Mao Tse Tung en su larga marcha revolucionaria en China -por cierto expresión de uso frecuente en la fraseología revolucionaria, y torpemente citada en nuestros días, por el diputado que instaló la recientemente electa AN-. La chispa, Iskra, (chispa en ruso), fue el periódico de los revolucionarios rusos editado a partir de 1900. Su lema: “De una chispa el fuego se reavivará”, forma parte de la historiografía soviética, cuya autoría se atribuye a Vladimir Ilich Ulianov (Lenin). En nuestros predios más cercanos, fue La Chispa, un periódico artesanal, hecho a multígrafo de primera tecnología -la más antigua, quise decir- que hizo ganador a un movimiento político de izquierda -por primera vez desde su fundación, ahora remota, un 10 de marzo de 1936-, las elecciones sindicales del Sindicato Petrolero de Trabajadores de Lagunillas (STPL), el más grande e importante sindicato petrolero de Venezuela, con un lozano dirigente obrero a la cabeza, enfrentado a la clase sindical dominante del momento, su nombre, Gerásimo Chávez. Eso fue, sí mi memoria aún conserva la claridad de entonces, entre 1974 y 1975. 

Un fósforo, una cajetilla de fósforos, es algo tan sencillo, tan elemental, que quién podría notar la ausencia de algo tan insignificante. Es tan poca cosa que por esa misma razón no debería escasear. Sin embargo… ¡No hay fósforos! Nunca se ha escuchado decir que alguien acapare fósforos; ni siquiera creo que sirvan en nuestro tiempo para encender los cañones de la guerra asimétrica; ni tampoco elemento estratégico de la guerra económica, esa nueva integrante de la garrulería doctrinaria del gobierno, que bien justifica la escasez de crema dental como la de fármacos para enfermedades crónicas. 

Cuando mi madre me preguntó por la cajetilla de fósforos, recién terminaba el mes de diciembre de 2015. Supongo, ahora que finalizamos el primer mes del año, que una caja de cerillas es un verdadero artículo de lujo, una opulencia que alguno de nuestros bolsillos conserva para ocasiones especiales, como en efecto se nos han ido convirtiendo desde las cosas más sencillas de la cotidianidad, hasta las que en algún momento fueron excepcionales disfrute de la modernidad.

Martes 09 de carnaval de 2016

viernes, 29 de enero de 2016

Trump: La banalidad del mal

Por: JORGE ZEPEDA PATTERSON


“Dicen que tengo a la gente más leal, ¿han visto? Podría pararme en medio de la Quinta Avenida y disparar a alguien, y no perdería ningún votante. Es increíble”, dijo hace unos días Donald Trump durante un acto de campaña en Iowa, mientras apuntaba con la mano como si fuera una pistola. Su intervención fue recibida con risas y aplausos.
Más allá del ego desmesurado del candidato, la elección de sus palabras revela algo más preocupante: la ausencia de alguna noción moral. Su argumento no solo entraña un “me quieren por encima de cualquier canallada”, supone también una creencia en su propia excepcionalidad; la certeza de encontrarse por encima de las normas que operan para el resto de los mortales.
La “excepcionalidad” de Donald Trump es menos extraordinaria de lo que parece. Narcisos desaforados y millonarios excéntricos, por decir lo menos, existen en cualquier región del mundo. El misterio no es él, sino el hecho de que millones estén dispuestos a votar por él para presidente. El apoyo que recibe entre los republicanos (entre un 36 y un 41%, según la encuesta de que se trate) dobla a la de su más cercano perseguidor (Ted Cruz). Toda proporción guardada, para los historiadores el reto no es entender a Hitler, en última instancia un fanático desequilibrado, sino el hecho de que un país desarrollado y comparativamente culto haya abrazado en masa tesis extremas, absurdas algunas; o que decenas de miles hayan participado en el exterminio masivo de vecinos y coterráneos, mujeres y niños incluidos.
El apoyo sostenido que ha recibido Donald Trump a lo largo de estos meses comienza a poner inquietos a muchos. Su encumbramiento mediático fue explicado como una especie de exabrupto pasajero. El morbo que generaban sus declaraciones y la capacidad de poner en palabras los sentimientos inconfesables de muchos norteamericanos resentidos justificó su popularidad inicial; pero se entendía que una vez que la campaña se centrara en la agenda de propuestas y soluciones a los problemas del país, las ocurrencias simplistas, ignorantes y estrafalarias de Trump pasarían a un segundo plano. No ha sido así, por el contrario, los adversarios de corte “profesional” como Jeb Bush se han eclipsado lastimosamente.
¿Qué está pensando esa enorme base republicana que apoya a Trump? ¿De veras creen que puede ser presidente? Es comprensible que el electorado conservador disfrute de frases que suenan bien a sus oídos: la promesa de borrar al Estado Islámico a punta de bombardeos, prohibir el ingreso de musulmanes a Estados Unidos, o hacer inexpugnable la frontera con México con recursos pagados por los propios latinos. Pero la mayoría de los adultos están en condiciones de reconocer la diferencia entre la realidad y los deseos. O no. No fue así en la Alemania de los años treinta, después de todo.
Tratando de entender lo inexplicable, Hannah Arendt acuñó la frase “banalidad del mal” para describir la manera en que miles de personas se desasociaron de sus códigos morales para entregarse a los designios de sus líderes. En los ejecutores materiales del genocidio, dice Arendt, no existía un pozo de maldad abismal ni tenían una particular inclinación por la crueldad. Eran, más bien, individuos capaces de operar sin reflexionar en las consecuencias de sus actos por la sencilla razón de estar cumpliendo órdenes y actuar según se esperaba de ellos. La filósofa argumentó lo anterior no para disculparlos, por el contrario, para dar cuenta de la complejidad humana y estar alerta ante la banalidad del mal y evitar que eso ocurra.
Pues algo está ocurriendo con el apoyo a Trump de parte de tantos estadounidenses, muchos de ellos seguramente ciudadanos decentes. Como si de alguna forma se desasociaran de las consecuencias morales de sus propuestas. Quiero pensar que ese apoyo no alcanzará para instalarlo en la Casa Blanca, pero ciertamente algo preocupante está sucediendo ante nuestros ojos.

sábado, 16 de enero de 2016

Una historia por descubrir

En “Una historia por descubrir”, Edinson Martínez nos lleva de la mano por las galerías de un mundo real e imaginario donde los personajes, desperdigados en los retazos del tiempo, van construyendo la historia en la que nos miramos y en la que pareciera hallarse la felicidad que tanto anhelamos.


Es una evocación a un pasado que pervive en la cotidianidad y una osadía de la imaginación contada en un lenguaje conciso y sencillo, en la que se abordan temas de nuestro tiempo, como la  inconformidad, la muerte y la esperanza en un universo que bulle en constante transformación.


En este compendio de relatos el autor, como en su primera novela “Vidas paralelas” (2014), se rebela como un dios, que hastiado de moldear infinidad de mundos, decide escamotear situaciones a través de un afán lúdico para que el mismo lector coloque la pieza faltante y participe en el fascinante juego de la creación literaria.

Marcelo Morán  
Escritor

El libro se encuentra a la venta en el portal de compras por internet: Amazon.com  al que puedes ingresar directamente a traves de: http://tinyurl.com/hkztzm9
Desde marzo de 2016 se encuentra disponible en las siguientes librerías de Venezuela: 

Maracaibo: Librerías Europa, Don Quijote, Universal Book y Aeropuerto ( en todas sus sucursales).

Caracas: Librerías Lido, Nueva Chacao, Americana y Liber Caracas.

Maiquetía: Librerias Bookland y Urimare (Aeropuerto nacional e internacional de Maiquetía)

Valencia: Libros y Papeles 565. C.A. 

Mérida: Librería Temas

Cabimas: Librerías L'Magazin Office, La gran papelería y Librería del Pueblo

Valera: Librerías Betsy y  Omega librería y papelería

Barquisimeto: Librerias El Clip, Antonio 2000 y Ciencias

Ciudad Ojeda: Librerías San Agustin, Sucre, Ojeda, Kiosco Ultimas Noticas, La tienda del peluquero, Il Cafe. 

“Una historia por descubrir” es editado bajo el sello editorial de Ediciones A todo calor que entre los meses de abril y junio de 2016 también pondrá a rodar la segunda edición de "Vidas paralelas" del mismo autor en las librerías de Venezuela, no sin antes, lanzar la misma edición en Amazon.com en el mes de febrero de 2016

lunes, 11 de enero de 2016

Bowie, una odisea musical

ADIÓS A UNA LEYENDA DE LA MÚSICA

Foto


Como siempre, nos ha dejado con la boca abierta. David Bowie murió el domingo, tras lo que su familia describe como “18 meses de lucha contra el cáncer”. Aunque siempre corrieron rumores sobre enfermedades, sus colaboradores hablaban de un músico en perfecta forma, laborioso e inquieto.
Coincidiendo con su cumpleaños número 69, el viernes había publicado un disco valiente,Blackstar, grabado con gente del jazz. Había sido precedido por dos vídeos inquietantes que ahora nos suenan a mensaje en clave, a adiós anticipado.
Desaparece un personaje único. Al tratarse de un músico en perpetuo estado de renovación estética, es su modelo de cambio constante el que vemos repetido en figuras como Madonna, Prince, Lady Gaga. Que también aprendieron sobre su magistral control de la imagen y su astucia financiera.
Su trayectoria atraviesa como un relámpago los sesenta años de música pop. Nacido en una casa modesta del barrio londinense de Brixton, en 1947, David Robert Jones quedó deslumbrado por Little Richard y otras fieras del rock'n'roll. Su madre tuvo la feliz idea de comprarle un saxo; se lanzó al circuito del directo, primero como instrumentista y luego como cantante.
Los Kon-Rads, los King Bees, los Manish Boys, The Lower Third y Buzz fueron su aprendizaje. En 1966, al saber que otro Davy Jones triunfaba (con The Monkees), se cambió de apellido. Al año siguiente, editaba su primer LP como solista, pop orquestal al estilo de Anthony Newley.
Apareció en la prensa por liderar una protesta contra la antipatía de los peluqueros por las melenas masculinas. Atrajo a la prensa a su boda, con la vaga promesa de que sería una ceremonia hippy; en verdad, se casó por lo civil y lo único llamativo fue su abrigo afgano, entonces prenda de rigor en el underground británico. Para entonces, ya había logrado su primer éxito, Space oddity, una fantasía espacial que coincidió —no por casualidad— con la llegada del hombre a la luna.

Materializar tendencias

Supo convertir lo que parecía un acierto coyuntural en licencia para grabar discos de escritura ambiciosa y hermosas melodías, como The man who sold the world o Hunky dory. En 1972, demostró una habilidad que le acompañaría durante 15 años: sabía materializar tendencias emergentes, que presentaba embellecidas e intelectualizadas.
Con Ziggy Stardust se colocó a la cabeza del glam rock. Lucía hermoso, presumía de bisexualidad y fantaseaba sobre una estrella del rock en tiempos apocalípticos. El impacto fue arrollador. Además, gozaba del toque del Rey Midas: produjo Transformer, el álbum de Lou Reed que contenía las que serían sus canciones más universales, Walk on the wild side y Perfect day; también cedió All the Young dudes, himno para la nueva generación, al grupo Mott the Hoople.
Otro terremoto: en 1973 anunció que se retiraba; luego explicaría que se refería al personaje Ziggy Stardust. Pero siguió facturando contundentes discos de rock con melodías pegajosas. Incluso realizóPin-ups, un homenaje a sus raíces sesenteras, inaugurando esa retromanía que ahora nos asfixia.
La siguiente reencarnación llegaría en 1975 con Young americans,grabado parcialmente en Filadelfia: era soul refinado, que incluía un temazo funky hecho a medias con John Lennon, Fame. Para entonces, ya residía en Estados Unidos donde impresionaba al público con la teatralidad de sus espectáculos (como aperitivo, era capaz de proyectar Un perro andaluz, de Buñuel).
También se perdió entre nubes de cocaína; a esos excesos debemos atribuir sus divagaciones sobre el fascismo y la necesidad de un dictador para enderezar la decadencia del Reino Unido. Pero no se llega tan arriba sin tener instintos de supervivencia. En 1976, se refugió en Berlín, junto a otro protegido, Iggy Pop. Allí se grabarían las primeras entregas de un ascético tríptico —Low, Heroes, Lodger— que reflejaba su atracción por la electrónica germana.
Para hacerse una idea de su plasticidad: a la vez, cantaba en televisión El tamborilero con Bing Crosby y recitaba en la versión dePedro y el lobo, de Prokofiev, que grabó el director Eugene Ormandy. Ya había probado el cine, con El hombre que cayó a la tierra (1975) o El ansia (1982). Se atrevió a protagonizar El hombre elefante en Broadway ¡y sin prótesis o maquillajes exagerados!

Rey del pop y decadencia

A principios de los ochenta, con el mundo a sus pies, apostó con fabricar pop para el gran público. Lo logró con el soberbio Let’s dance (1983). A partir de ese momento, no hay otra forma de decirlo, perdió el sentido de la orientación. Sus posteriores discos, Tonight(1984) y Never let me down (1987), vendieron toneladas pero le llegaron a avergonzar.
En un fallido gesto de humildad, se enroló como un músico más en un grupo de rock duro llamado Tin Machine. No funcionó, aunque sacaron temas muy aprovechables. Y lo mismo se puede afirmar de su producción durante los años noventa. Firmó trabajos que, con frecuencia, resultaban más apetecibles sobre el papel que en la realidad. Y sí, cada uno reivindicamos algún disco tardío que salvamos de la quema pero lo cierto es, que en vez de liderar, parecía que David iba corriendo detrás de las modas. Lo afirma alguien que le seguía fielmente pero no podía dejar de advertir que, allá por 1999, hablaba con más entusiasmo del arte contemporáneo que de la música.
De alguna manera, el incidente cardiaco que le jubiló en 2004 fue una bendición. Evitó verlo convertido en una parodia de sí mismo, un patriarca oficiando entre sus infinitos admiradores. El anonimato neoyorquino le devolvió mística y, poco a poco, el gusto por crear.The next day, que llegó de sopetón en 2013, fue una gratísima sorpresa. Y el reciente Blackstar nos hizo interrogarnos de nuevo sobre sus intenciones. Ignorábamos que se trataba de una despedida.

sábado, 20 de junio de 2015

Magüe

Magüe
Edinson Martínez
@emartz1


El texto que acompaña estas breves líneas de presentación, es un artículo publicado en los ahora lejanos días de comienzos de los años 90’ del siglo pasado. Lleva un titulo curioso que ahora confieso uso como seudónimo en algunos relatos de obligatoria presentación con esta formalidad.  No tengo ahora, si es que debiera tenerla, explicación racional para argumentar por qué decidí transcribirlo de aquel, mi primer libro publicado en 1995, con el titulo de Mural de papel. Mientras lo transcribo, un torbellino de recuerdos vienen a mi encuentro, imágenes de niño que hace un rato cuando releía Magüe, cruzaron mi mente. Recuerdo aquella mañana cuando  inclinándome sobre la cama, alcance a mirar la lluvia que caía con fuerza desde temprano, miraba a través de la ventana de mi cuarto.  Las romanillas estaban cerradas para evitar la lluvia, descansaban encima de un pequeño frasco de medicinas, de pastillas, que con su tapa de goma a presión, guardaban el tesoro más preciado para  mi entonces, un trío de metras de colores azules y verde mar que esperaban por el alivio de mis dolores y fiebre de varios días. Al mover las  romanillas, el aire fresco con el aroma de la lluvia, tocaba libre mi cara mocosa mientras miraba decepcionado  el campo de juego lleno de agua y lodo,  era el patio de mi casa que días después sería el terreno seco y polvoriento  que todo jugador de metras anhela.

Magüe

Cuando la avenida Bolívar no era entonces lo que es hoy, tampoco la Alonso de Ojeda, y la calle Vargas, mucho menos, a Ciudad Ojeda podía recorrérsele en unos cuantos minutos. En esos tiempos solía acompañar a mi abuela con bastante frecuencia en sus menesteres como vendedora a domicilio de mercancías diversas. Era su compañero inseparable en su actividad diaria por diferentes partes de Lagunillas, Cabimas y Ciudad Ojeda. Sus marchantes como acostumbraba decir, eran los míos también. De hecho, me tocaba llevar las cuentas en una libreta pequeña con cada uno de los detalles. Era a veces un esfuerzo grande para mí porque a penas estaba aprendiendo a escribir y memorizando las tablas de matemáticas que la maestra Josefalina con mano firme,  y amable, a la vez, se esmeraba en enseñarnos en la escuela. La vida era sencilla entonces.

Con la simplicidad que van dando los  años – eran tantos que con el tiempo perdió la cuenta sobre su edad, y cuando se la recordaba, me volvía niño otra vez al encontrar la misma mirada de siempre – resumía las cosas en  un antiguo dicho popular, tal vez, del siglo pasado por la referencia que hacía de personajes de entonces.

Servir para merecer
Ninguno lo consiguió;
Y lo vino a conseguir
Aquel que menos sirvió.

De sus conversaciones me quedan cientos de personajes, de historias de piel morena de sierra coriana que no están en ningún libro ni en ningún lugar. No le conocí a mi abuela resentimiento alguno hacia nadie, su larga vida estuvo llena  de muchas adversidades que estoy seguro habrían hecho a cualquiera rencoroso y envidioso de la dicha ajena. Sin embargo, nunca le escuche resentir de nadie. Creo que su tenacidad fue una de sus mayores virtudes, tanto que aún a los noventa y dos años aspiraba vivir por lo menos cien más. Y hasta me parecía que cada año  cumplido la hacía más joven. De campesina serrana a manumisa de los Arcaya fue su adolescencia. Llegó a ser de lavandera de los campos petroleros cuando recién comenzaban, hasta vendedora a domicilio de ropa, lencería y cosméticos.

Pocas veces llegué  a ver algo que la doblegara o afligiera seriamente. Una de ellas fue separarse de la amiga con la que por más de cuarenta años había compartido desvelos y anhelos desde los tiempos febriles de la explotación petrolera. Cada mañana debajo de las matas de mango valenciano que nunca vi crecer porque siempre fueron grandes, Ruperta atendía a mi abuela en su ritual visita, y sus conversaciones fueron variando en el tiempo desde el dulce de piñonate hasta ya en el ocaso de la vida, sobre los achaques del cuerpo que se resiste al tiempo. Los dolores de espalda, rodillas, piernas, brazos y manos eran los temas de los días más recientes.

Una tarde de mayo vio partir para siempre a Ruperta Subero de esta tierra rumbo a Margarita sin que Magüe  -mi abuela- pudiera despedirla por una confusión de horarios. Tiempo después nos enterábamos que había muerto en la isla. Mi abuela siempre llevó en su pensamiento la tristeza de no haberla despedido

Cuando en 1984 me tocó  ser candidato a concejal por el MAS y los resultados tampoco nos favorecieron, supe después que buena parte de su tiempo lo había dedicado mi abuela, tarjetón electoral en mano, a hacerme campaña. Qué razones daba para que votaran por mí, en verdad no las se. No creo que ella entendiera mucho de estas cosas y pienso que la única, y la mejor razón para mí, es que sencillamente era su nieto. Y me dijo luego de conocidos los resultados: La vida no vale nada si no hay adversidad. Toda cara tienes su cruz, y toda derrota su victoria. Algún día será…

En el proceso que recién finalizó no tuve a Magüe en campaña. Los estragos del tiempo la vencieron finalmente a mitad de año. Pero estoy seguro que de haber estado presente, su conclusión habría sido la misma de 1984. No hay derrota sin victoria.

Ciudad Ojeda, 30/12/1992