sábado, 1 de abril de 2017

Río Blanco

Río Blanco
Crónicas perdidas
Edinson Martínez
@emartz1

Para bajar la peña había que sortear una bien elaborada cerca de alambres y bloques de cemento que ya otros habían evadido varias generaciones antes para descubrir el mundo allende el paredón, imagino que después de los pioneros,  para cada una de las siguientes cohortes sólo era cuestión de tiempo encontrar el boquete y adentrarse en el bosque que rodeaba al colegio cual muralla protegida de extraños, que a los fines de la curiosidad infantil sólo previenen temporalmente el arrojo -como ha sucedido en todos los tiempos y lugares con la perspicacia infantil-, de los primeros impulsos para finalmente buscándole la vuelta al asunto, transgredir la  prohibición y saborear la tentación que ella ha significado. Entre la espesura de la vegetación que dejaba a salvo un camino pedregoso, se descendía zigzagueante montaña abajo hasta las orillas del menguado río que durante el verano se convertía en arroyo, hasta allí, en desbocada  carrera el grupo de muchachos nos despeñábamos con el aliento contenido y el miedo pegado en las espaldas en ejercicio pleno de la seducción por el riesgo, nos atrevimos una y otra vez a escondidas por el sólo placer de meter los pies en el agua fría del arroyo que años después sería el torrente contaminado que serpentea las montañas de esta región andina. Presurosos, en retirada, ésta vez cuesta arriba, con la fatiga expresada en la boca seca y el corazón trepidante como tambor de guerra,  regresábamos al galope cuidando cada paso para no levantar sospechas en las autoridades escolares. Cada quien  a su modo, conforme a los primeros rasgos de la personalidad que sólo el tiempo consolidaría en el devenir de su vida, se lanzaba jubiloso a la corriente de agua; unos descalzos con el pantalón a media pierna y el torso desnudo, algunos con un short improvisado, y otros, los menos, como Dios los trajo al mundo, ahorrándose con ello las formalidades innecesarias en momentos como estos. Tanto iba el cántaro al agua hasta que en acuerdo a las leyes de las probabilidades, un día, de regreso, luego de ingresar por el hueco de la cerca, desde el otro lado,  nos esperaban quienes por tanto tiempo habíamos burlado. Hasta allí entonces llegaron nuestros cruceros colegiales. Ese río era el Motatán.

Esta deferencia, especie de concesión afectiva a los recuerdos, en licencia que me he otorgado en abuso de los lectores que espero perdonen, la comparto a propósito de Río Blanco de Ciudad Ojeda, la ciudad donde vivo, en ella no hay ríos. En casi todas las ciudades o pueblos hay un río o un lugar donde meter los pies en el agua. Son varias las ciudades en el mundo conocidas por los ríos que las atraviesan, que muchas veces dividiéndolas en dos mitades casi perfectas al acariciar sus topografías, dan origen a singularísimos conglomerados urbanos. En otros casos, trazan un delineando caprichoso sólo explicable por el andar atribulado de las aguas hacia su destino final. Río Blanco, en mi ciudad,  es tan sólo una de sus calles, tiempo atrás una vereda o ruta polvorienta, similar a las muchas que habían en la ciudad inicial, rodeada de la vegetación rala y agreste del clima predominantemente cálido de la zona, un camino pleno de matas de ciruelas que cuando los muchachos del vecindario le permitían, maduraban hasta lograr un color rojo intenso, de un dulzor exquisito cuya semilla servía de proyectil a las hondas o chinas de caza infantil. Probablemente en los días en que a hurtadillas junto a mis compañeros de escuela peña abajo corría al Motatán, un adolescente de cachetes coloraos y melena castaña, atendiendo la indicación de su padre de origen cubano, en un pedazo de madera improvisado clavado en el tallo de un árbol a la vera del camino, escribía el nombre de aquella angosta carretera que parecía extraída de Casas Muertas de Miguel Otero Silva o del Macondo que habita en tantos de nuestros pueblos.
-Armando… ¡Ponle Río Blanco!
El nombre que surgió espontáneo de boca del jaruqueño*, sin alcabala en el lóbulo frontal, como directo del corazón, como sí éste además de las conocidas funciones de bombear la sangre a todos los confines de nuestra humanidad, también pensara, tiene su origen en la isla de Cuba, en un modesto poblado que curiosamente tampoco tiene río y pertenece al municipio Jaruco. Por las vueltas de la vida, como ha ocurrido con tantas otras personas, la familia Meza llega a nuestra  pequeña ciudad de aquellos tiempos a inicios o tal vez a mediados de la década del 60’ del siglo pasado. En esos años y una década antes, Ciudad Ojeda comienza a transformarse en un pintoresco centro urbano integrado por muchas personas venidas de diversos rincones del mundo, basta examinar una guía telefónica de aquellas fechas, y de ahora también, para comprobarlo sin mucho esfuerzo.  El mismísimo Gabriel García Márquez a finales de los años 50’ alguna vez dedicó unos breves comentarios a esta condición de albergue fortuito, casual o causal, que destaca por sobre cualquier otra condición de nuestra ciudad. Río Blanco, era una carretera de tierra, al azar y al subconsciente que nos gobierna debe su nombre. Hoy ya no es aquella trocha que unía las descampadas porciones de tierras semibaldías, de maleza amarillenta, de árboles silvestre en donde abundaban ponsigués y unas florecillas amarillas que a ras de la tierra se extendían por todas partes sin que nadie supiera exactamente como se llamaban. Frondosas matas de mangos y ciruelas con sus cargas de frutos verdosos implorando tiempo para enrojecer. Río Blanco, es ahora una vía urbana importante,  integrada al entramado vial de la ciudad y la nomenclatura que ha surgido al temple de sus ochenta años de fundada. 

*.- Natural del municipio Jaruco, Provincia de Mayabeque en Cuba. Situado a unos 30 km al sudeste de La Habana.

Ciudad Ojeda, 25/03/2017

lunes, 20 de marzo de 2017

La nalgada de Rosa Carmina

La nalgada de Rosa Carmina
Crónicas perdidas


Por: Edinson Martinez
 @emartz1

Hubo un tiempo -tal vez sea una apreciación muy personal y por ello una perspectiva subjetiva sobre el tema- en que los artistas no se consideraban tales, sí el pueblo no era capaz de tocarlos, de tenerlos cerca y aunque fuera de modo fugaz mirarlos directamente a los ojos. La historia que comparto ahora con ustedes, es absolutamente cierta, probablemente matizada por el efecto que los años, naturalmente, hace sobre los recuerdos; pero absolutamente verídica. 

Resultado de imagen para rosa carmina vedettePor los cines de Cabimas a mitad del siglo pasado y también en décadas anteriores, era frecuente que cantantes y vedetes de reconocimiento internacional, se presentarán a cielo abierto en aquellos modestos locales, en ocasiones hacían de cines y en otras de teatro de variedades. Eran los tiempos de la eclosión petrolera que cambió la vocación económica del país y estos lugares -me refiero a La Costa Oriental del Lago de Maracaibo- de la noche a la mañana se transformaron de apacibles caseríos en bulliciosos pueblos, llenos de gentes de todas partes del mundo.

Estos cines de pueblo -algunos llegué a visitarlos en mi adolescencia- puedo imaginarlos con sus butacas de metal y un cielo abierto, lleno de estrellas que las noches oscuras extrañarían como faroles -“La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”. Habría dicho Neruda en ocasiones como aquellas- en una región cuya mitad del año se reserva para la sequía y la otra para lluvias copiosas. 

Con la incomodidad que la "modernidad" haría evidentes décadas después; pero que entonces eran de los mejores asientos para disfrutar el espectáculo de la ocasión. Pude ver a través de los ojos de mis relatores, los asistentes al viejo cine. El humo de los cigarrillos que se confunde entre las sombras de las noches y los reflejos que de la pantalla en blanco y negro salen para proyectarse en la modesta edificación. 

Rosa Carmina comienza su espectáculo aquella noche con la misma rutina de otros teatros, algunos de ellos, tan precarios y básicos, como el mismo Cine Principal de Cabimas. Rosa Carmina es una mujer -creo que aún vive- muy bella, el prototipo de la vedete de aquellos días; voluptuosa, de largo cabello negro y ondulado. Gestos y movimientos exóticos, al estilo cabaret de aquella época.

En la primera fila del cine, Pedro V. y Vicente L. -estamos hablando de una fecha imprecisa, entre los años 53’ y 54’ del siglo pasado- en el esperado espectáculo de esa noche, la ven deslumbrar a la asistencia, estaría demás decir que el cine, ésta vez trastocado en teatro, estaba abarrotado mayoritariamente de presencia masculina. La vedete, luego de sus tongoneos y desempeño sensual sobre el entarimado, baja de éste, como es la costumbre en el tipo de presentaciones en “vivo” de artistas de dicho género. Se deja llevar por el ritmo de la música y poco a poco se va acercando a los presentes con un guiño de ojos y un gesto provocativo; que los hombres -naturalmente boquiabiertos- siguen con sus miradas. 

La Diosa de Tahití, como entonces se le llamaba, mira con sus ojos negros intensos a cada uno de los más cercanos de la primera fila. Su delgada cintura y lo que de ella se desprende, se voltea y da la espalda a Vicente L. que apenas puede creer que semejante mujer se prenda de sus ojos claros y sea capaz de menearle la colita justo en sus "narices". 

Pedro V. sentado al lado, más espabilado y atento -probablemente menos conmocionado- en el momento en que la “colita” se muestra coqueta a su amigo, suelta la mano golosa, suena fuerte y nítida la "cachetada" que lleva nombre de nalgada cuando se aplica en esa parte. Y "La Bandida" - título de la película que en 1948 protagonizó Rosa Carmina-, en el acto regresa sobre sus pasos de rumbera y con furia en su mirada, deja soltar una dura cachetada en el rostro de Vicente. Pedro, a la sazón, suelta una carcajada por su travesura y ahora cuando lo cuenta, ríe con el entusiasmo del recuerdo de aquel momento fugaz. 

Probablemente, Rosa Carmina, no recuerde éste episodio, seguramente habrá tantos similares en su larga vida artística, que a lo mejor este momento de fracciones de segundos, ya forman parte de aquellos instantes que el olvido sepulta para siempre. Sin embargo, uno nunca sabe. Recuerdo haber visto una entrevista televisiva de la no menos voluptuosa actriz argentina Isabel Sarli, relatando a modo de anécdota "el zaperoco" -desde luego que ella dijo "escándalo" y no la palabra indicada por mí- que se armó por allá por Venezuela, así dijo,  en una ciudad llamada Cabimas, cuando se presentó ante trabajadores petroleros en un cine. Se refería al Cine Principal de esta ciudad petrolera, sobre el cual versa esta historia. 

Pedro aún se ríe de aquella noche, la recuerda con cariño. Todavía está grabada en su memoria y yo pude ver parte de ella luego de más de medio siglo. Nunca sabemos con exactitud el impacto que tenemos sobre otras personas. Un gesto, un comentario, hasta una simple mirada puede quedar para siempre en nuestra memoria, y se conserva como un tesoro que las otras personas jamás imaginaron y mucho menos recuerdan. Larga vida para Pedro Vicuña en su embajada de nostalgia.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Una belga en Ciudad Ojeda

Una belga en Ciudad Ojeda
Crónicas perdidas


Por: Edinson Martinez
@emartz1


Esta ciudad ha visto discurrir sus días, que luego han sido meses, y finalmente, hasta nuestro tiempo, ochenta vueltas al calendario las que se han sumado desde aquellas atribuladas fechas de la muerte del dictador más longevo del país, y el ingreso de Venezuela,  como bien dicen algunos, al siglo veinte.  En realidad, no es tanto sí con apego a las proporciones de otras latitudes tuviéramos que compararla; sí conforme a las razonables expectativas de vida tiene cualquier persona, o más aún si hubiéramos de contrastarla con ciudades cercanas, de su propio entorno geográfico, que acumulan algunas tres o cuatro centenas de años de fundación. Es en efecto, principal y objetivamente, una ciudad de modestas dimensiones, calurosa y apacible, como pocas,  refugio de gentes de lenguas extrañas que por el petróleo, el  azar, o las carambolas -que lo mismo es-, de las que nadie está exento en la  vida, llegaron y  se quedaron por siempre. Para ellos el mundo cabía en dos calles, luego, años después, en dos avenidas, Bolívar y Alonso de Ojeda. 
Resultado de imagen para persona anciana caminandoEn uno de esos días imprecisos de septiembre…-¿octubre?- en que el cielo parece exprimirse hasta la última gota, la vi correr buscando amparo bajo el techo de alguno de los locales comerciales de la avenida. El clima por esta época, sabiéndolo de sol caliente,  no deja de ser caprichoso por momentos, como el humor de aquellas personas que van de la euforia a la iracundia, no sabe uno con certeza qué esperar de ellas en ocasiones; por eso el sol, en nuestro caso, puede permitirse ceder sus habituales rayos a una intempestiva lluvia sin que los registros meteorológicos lo adviertan a tiempo.

Entre el asfalto y la acera, el agua corría a raudales no sin atrincherarse en algunas de las deformidades del pavimento para formar varias de las charcas que el sol luego secaría.  Con una agilidad propia de persona de menos edad, saltó  de un brinco el charco formado súbitamente,  y se unió a quienes también buscaban la protección de un techo. El pelo corto sobre su cuello largo, se movía para todos lados,  ondeaba cenizo con el viento húmedo de la mañana temprana de aquel día, sujeto a su hombro derecho pendía un bolso que con fuerza pegaba a su cuerpo liviano. Mientras pude la seguí  con la vista hasta perderse entre el grupo de personas que se habían juntado evitando la lluvia. Con el paso de los días aquella imagen se fue desvaneciendo en mis recuerdos, bien es sabido que la rutina se ocupa de nuestra memoria con mayor rigor que la fuerza misma de los hechos. Pasaron los días, las semanas, también meses y no podría precisar sí uno o dos  años cuando nuevamente la vi,  atravesaba presurosa –como antes–  la avenida, siempre con el bolso y el cabello a la misma altura. Sin embargo, lucía más delgada, o la ropa era de una talla ligeramente mayor, podría ser, incluso, esa dieta que ya sabemos el nombre asignado por estos días  a la baja súbita de peso. Caminaba en dirección a una de nuestras calles transversales del centro de la ciudad.  En el paisaje humano de las ciudades los rostros se mezclan, se confunden, nos vamos haciendo anónimos en la medida en que el inevitable crecimiento demográfico va construyendo una nueva arquitectura social, cada quien entonces, pasa inadvertido entre la multitud, entre los sudores y humores humanos, y un rostro pareciéndonos familiar no significa nada porque sólo es la consecuencia del acervo fantasmal que llevamos dentro todos los humanos. Hace un par de semanas, un sábado corriente por la tarde, me animé a tomar un café en una de las panaderías del centro, al llegar, en el área del mostrador que sólo tiene espacio para tres o cuatro sillas para los privilegiados que al momento tengan la fortuna de conseguir una disponible, en uno de esos asientos, la mujer tomaba un café junto a un “cachito” –croissant, para el buen decir de ella–, sus ojos azules como el cielo voltearon a mirarme cuando me senté en la silla de al lado.
–Buenas tardes, ¿cómo está? –atiné a decir, como es además, mi costumbre, tanto por cortesía como por ese acto reflejo que la urbanidad por fortuna nos ha impuesto.
Buenas tarrdes,  señorr –un rostro surcado por diminutas arrugas, finas como hilos que se extendían desde las comisuras de sus labios delgados hasta la barbilla, y también,  en el contorno de los ojos claros, respondió mi saludo, mientras sujetaba entre sus dedos gruesos el “cachito” vespertino. Al hablar advertí un acento extraño, no era italiano, tampoco inglés, y antes que seguir cavilando me atreví a invitarle lo que enseguida delató su origen: un croissant, pronunciado en  inconfundible francés.
–¿Cómo se llama usted? ¿Es francesa?
–Élie, no, soy belga, hace cincuenta años que llegué al país y cuarenta aquí –¡una belga en Ciudad Ojeda!, probablemente sea la única persona de esa nacionalidad en la ciudad. Había imaginado que era francesa, no sin dejar de acotar que habría sido también una sorpresa encontrarse una persona de ese origen cuando comúnmente nos llenamos de italianos, españoles, portugueses, chinos y recientemente árabes por montón. Pero, ¡una belga!, esa sí es una sorpresa. 
–¿Cómo fue que llegó una belga a Ciudad Ojeda? –le pregunté mientras me tomaba el café. Es una anciana muy activa, tiene un andar muy ágil, y un cierto aire juvenil cuando sonríe.
–Me casé con un polaco, en Europa, ya murió, hace años, él me trajo a vivir aquí cuando  vino a trabajar en las petroleras. Tengo tres hijos, y cinco nietos, aquí moriré –me dijo finalmente. De vez en cuando la veo, veloz, como siempre. Por esas vueltas caprichosas, rocambolescas de la vida, aún se gana el pan en oficios domésticos. Tras esos ojos del color del cielo nos miran  ochenta años de historia, alguna vez tuvieron el embrujo de domar corazones.  Élie, como la ciudad, también ha dado ochenta veces la vuelta al almanaque.  
 
Ciudad Ojeda
26/12/2016 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Hoy es el fin del mundo

Hoy es el fin del mundo
Edinson Martínez
@emartz1

“Para todos los que por mi mente han pasado mientras escribo este fin del mundo”

Imagen relacionadaSí, hoy es el fin del mundo, como tanto se ha dicho, probablemente nos lleguen esos minutos finales tratando de hacer las cosas que nunca hicimos en toda una vida. La mayor de las ironías será decir que nunca tuvimos tiempo para ello. Habrá quienes escojan ir de compras por el antojo postergado por años. Viajar al destino soñado.  Hartarse de la comida preferida o simplemente   estrenarse aquellos zapatos reservados en el closet para la ocasión especial. El último momento puede ser tan personal, íntimo y egoísta –en el mejor de los sentidos que ésta condición pueda tener–,  que dedicado enteramente a la satisfacción individual,  hasta una aspiración colectiva expresada por alguien singularmente, la convierte en “su” último” deseo.

Por mi parte, hombre sin grandes propósitos mundanos, aprovecho  para escribirte ésta cuartilla de pendejadas que sólo se le ocurren a uno cuando se imagina el fin de los tiempos.  Decidí enviártela, hoy temprano, para que tengas tiempo de leerla antes de  hacer lo que  ya tienes dispuesto para tan valiosos instantes.

Hace un par de noches, mientras aguardaba que la electricidad retornara luego del apagón de rutina, me asomaba por la oscuridad de una ventana desde donde puedo ver caminar a  las personas a cualquier hora del día. Siempre hay gente en las calles, no se qué hacen a horas y deshoras, pero siempre las veo ir de un lugar a otro. Algunas veces van de prisa; otras, a paso lento, como seres distraídos que llevan sus historias de paseo en cada madrugada. En el cielo lleno de puntitos que todos sabemos son cuerpos celestiales sin el resplandor de la luz eléctrica, como el de hace dos noches, me acordé de ti, de vez en cuando lo hago y simplemente es un destello fugaz en mi pensamiento. 

Aquellos segundos -tal vez sea por la noche de estrellas, el ocio cultivado mientras retorna la luz, los buenos momentos de la vida o todas esas cosas a la vez- en que miraba desde la oscuridad terrenal del pequeño lugar que ocupo en el universo,  se extendieron por unos minutos y luego un rato más. Entonces, igual que ahora,  te siento  una estrella lejana, como esos luceritos destellantes, que puede uno creer se encienden cuando los ve distantes en la inmensidad. Se esconden entre las nubes y uno los vuelve a ver, sin tener la certeza de que son los mismos de ayer.  Este día me llevará escribiendo para ti sobre aquella noche, desenfrenado para ganarle al tiempo que nos resta, me como los puntos y las comas en cada uno de los versos de ahora, están ellos perseguidos por el hechizo de la medianoche, esa especie de sentencia que atormentaba la felicidad de La Cenicienta, -ahora comprendo la angustia de saber el tiempo que nos queda- allí dejaré  mi devoción final. Sí, hoy es el fin del mundo, aquí estaré frente al teclado, esperando como dueño,  los minutos culminantes de esta larga travesía que ha hecho de la vida un sueño.


Nota: Este artículo, breve crónica, escrita primero a mano por la ausencia de electricidad,  y luego en computadora, lo hice el 12/12/2012, en medio de  lo que todos llamaban el fin del mundo


domingo, 5 de junio de 2016

Lago adentro

 Edinson Martínez 
 @emartz1 


Desde 1972, hace ya casi 44 años -que uno los escribe de modo tan elemental con dos solitarios dígitos y por ello parecieran irrelevantes-, el tema del medio ambiente viene siendo noticia de primer orden en todo el planeta. En la distancia del tiempo de aquellos días, tormentosos y revoltosos que recuerdo, el mundo se sorprendió con la tragedia del avión uruguayo estrellado en las cumbres andinas. Tengo aún fresco en mi memoria esta época en que se incorporaba como una novedad en colegios y liceos hacer investigaciones sobre asuntos relativos a la contaminación y la ecología, se insertaba entonces por primera vez en nuestros deberes escolares las preocupaciones medioambientales de modo sistemático y permanente. Pero como antes refería, al inicio del último trimestre del año citado, el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, se perdió con sus ocupantes durante setenta y dos días entre las heladas alturas de la cordillera de los Andes. Fue una noticia tremenda porque el avión trasladaba al equipo de Rugby del colegio Stella Maris de Montevideo hacia Santiago de Chile, como es natural suponer, se trataba de un grupo de jóvenes y animados deportistas que justamente se dirigían a una competencia deportiva en otro país. De este hecho terrible e inenarrable, no obstante la cinematografía que siempre suele ocuparse de estas cosas, una vez conocida la increíble historia de los sobrevivientes, el mundo quedó boquiabierto, pasmado, de todo cuanto hicieron estos muchachos para permanecer con vida. Tiempo después, se hizo una película, que de vez en cuando aún puede verse en la cartelera televisiva. En esos días, la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 2994 designó el 5 de junio como Día Mundial del Medio Ambiente. Para esa misma fecha, me refiero a 1972, el entonces presidente de Chile, Salvador Allende, visitó -creo que por única vez- nuestro país, era para esta ocasión primer mandatario nacional y casi culminando el quinquenio gubernamental, el Dr. Rafael Caldera. Traigo a referencia en esta breve crónica, la visita de Allende, porque revisando –ahora gracias a la inmediatez que nos permite la internet- el contexto histórico de aquellos años, que ya antes he calificado como tormentosos, y que mejor sería decir rebeldes, me encontré con una entrevista radial al expresidente chileno -en radio Portales, de Santiago de Chile-, supremamente interesante que vale la pena compartir con ustedes. En dicha entrevista, muy extensa por cierto, este culminaba su conversación con unas sabias e interesantes palabras, muy a tono con los tiempos, también tormentosos, dramáticos, pero sobretodo, desafortunados, que ahora nos toca vivir. Las cito textualmente porque en verdad no tienen desperdicio.

 “…Este es un país de gente joven y hay que decirle a la gente joven que tiene que comprender, que para poder hacer que un país progrese se necesita trabajar más, estudiar más, producir más. A mí, no me impresionan los revolucionarios verbalistas que son malos estudiantes, malos obreros, malos dirigentes, yo creo que la primera lección es, de un revolucionario, dar con su ejemplo la posibilidad que otros sigan su ejemplo. Por eso he repetido tantas veces qué buena frase escrita por un estudiante en la muralla de una Universidad de París "La revolución comienza por las personas antes que por las cosas" Y eso es muy serio y muy profundo”. 

Qué bueno sería lograr que quienes desde posiciones de gobierno en nuestro país, pudieran hacer suyas estas reflexiones finales del admirado y recordado mandatario sureño. 

Ahora bien, retornando al tema ambiental -una vez hecha esta mirada por la especie de hendija inventada por este servidor en la ventana de la historia-, muy oportuno para hoy 5 de junio, hemos de registrar que Venezuela se encuentra en una situación muy grave desde el punto de vista ecológico. Creo que bastaría pasearnos por dos casos emblemáticos. El primero de ellos referido a la barbárica explotación del oro en el sur del país, de la que solo se tienen noticias fiables por vía de reportajes periodísticos extranjeros, en unos casos, y en otros por medio del testimonio de algún valiente que arriesga su pellejo al hablar de los daños ambientales en la región, es a todas vistas una muestra viva de todo lo que es capaz la ruindad humana, una depredación de pocas comparaciones en el mundo. Dicha destrucción, que a referencias y explicaciones de terceros, luce como irreversible e irreparable en suelos, selva amazónica y ríos de esta privilegiada naturaleza, es en muy bien sentido el exterminio de un patrimonio ecológico de la humanidad por el cual somos responsables como nación.

  
El otro caso que hemos de agregar a la devastación ambiental nacional, y esta vez no tan lejos como en cierta manera nos pareciera el sur, es el mayor tributo a la indolencia ecológica que conoce el país, que en cámara lenta, pero persistente y arteramente ha evolucionado por décadas, sin tregua alguna, y a la vista de todos, sean autoridades públicas, y también, todo aquel ser viviente de esta comarca -permítaseme la expresión-, nos referimos al Lago de Maracaibo, el mayor reservorio de agua dulce del subcontinente, como todavía suele neciamente decirse. 

Descubierto el 24 de agosto de 1499 por Alonso de Ojeda, tuvo la mala suerte de poseer en el subsuelo unas de las mayores reservas de petróleo del hemisferio, que luego de casi 100 años de explotación petrolera han convertido el lecho lacustre en un nido con más de 24.000 kilómetros de tuberías e instalaciones petroleras, conformadas en lo sustancial por gasoductos, oleoductos, tuberías diversas, cables, y cualquier otro inimaginable dispositivo necesario para la extracción del crudo. Para el 2013, según fuentes curiosas de oficio por cuenta propia, porque las gubernamentales guardan el secreto a titulo de misterio inescrutable, del lago se extraían unos 700.000 barriles de petróleo por día. Lago adentro se generaban unos quince derrames de crudo al mes, estos sí registrados oficialmente por el Ministerio del Ambiente, pero de los cuales por sobradas razones y larga explicación dudamos de su cuantificación real, ameritando por ello una investigación de mayor rigor. Al propio tiempo, una cifra negra, que podría ser superior, consistente en el vertido de químicos, sustancias toxicas y derivados de hidrocarburos de diverso género es vertida habitualmente al lago, de ello no existen registros oficiales, entre otras razones por la limitada capacidad operativa de los entes encargados de la vigilancia ecológica, y también, porque su manifestación no es visible en la superficie lacustre de modo inmediato y extensivo, simplemente va al fondo… Lago adentro. 

A todo lo anterior tendríamos que sumar las descargas de aguas servidas sin tratamiento alguno que se vierten de las poblaciones asentadas en ambas costas del Lago de Maracaibo. Las plantas de tratamiento de aguas servidas de la cuenca del estuario, durante estos años, mas de década y media, buena parte de ellas han sido paralizadas y a medio construir, otras abandonadas a su suerte por el precario mantenimiento, y el resto, un proyecto engavetado de incierto porvenir.


Creo compartir con muchos paisanos de mi generación aquellos recuerdos de la niñez en que las vacaciones escolares, o algún fin de semana fuera de la rutina laboral de nuestros padres, en los que las visitas a las playas del lago eran un verdadero gozo familiar. Los hermanos, y en mi caso, mis primos más cercanos también, disfrutamos aquellas aguas tan gratamente que ahora puedo afirmar que son aquellos días parte de los momentos más felices de mi infancia. Es una pena advertir ahora que fuimos prácticamente casi los últimos en disfrutarlas a plenitud. 

Este lago que una vez inspirara a tantos poetas zulianos por sus cristalinas aguas, por su sabor salobre, por la calidez de su abrazo al sumergirnos en ellas, es ahora un gigantesco pozo séptico cuyas aguas verdosas y oleaginosas bañan nuestras costas en lo que pareciera un deterioro sin retorno. No habría que ser un conocedor profundo del tema para afirmar que el agua del lago ha perdido su capacidad para sostener vida. Hace 44 años hablamos del tema, hace tanto tiempo y qué tan poco hemos logrado Lago adentro. 

 Ciudad Ojeda, 5 de junio de 2016 


 Nota: Las fotos de este artículo fueron tomadas por el suscrito en las costas de Cabimas.

viernes, 3 de junio de 2016

“Luisito”, el millonario

“Luisito”, el millonario
Crónicas perdidas 


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Una de las leyendas urbanas más extendidas es la del mendigo millonario que simula una condición de pobreza para no revelar su verdadera condición de acaudalado. No ha faltado quien desde su ingenuidad haya creído y difundido las especies según las cuales alguno de esos parias urbanos que hemos visto en las esquinas extender su mano para pedir una limosna, son en realidad millonarios; ricos personajes disfrazados de pobres diablos que esconden su identidad quién sabe por cuáles razones. 

Siendo niño, en la esquina donde transcurrieron mis primeros años, en aquella ciudad tan redonda como pequeña que entonces era lo que hoy es la tercera ciudad del estado, un personaje curioso en su apariencia y tanto más aún en su modo de vida, alimentó una de las probablemente primeras leyendas urbanas locales. Surgió en el pueblo –que yo recuerde– prácticamente de la nada. Eso, naturalmente, sirvió de fundamento para aventurar cualquier historia grandilocuente. Algunos comenzaron por decir que “Luisito” –así le decían– se había escapado de un circo donde trabajaba como enano-payaso o malabarista. Que habiendo acumulado un buen dinero en su quehacer circense y cansado del ridículo al que se exponía en cada pueblo, escogió para huir o retirarse de la compañía de diversiones a nuestra ciudad, Ciudad Ojeda, la última escala de un periplo pueblerino que había comenzado desde muy corta edad.  

Una mañana mis ojos de infante vieron pasar justo al lado de mi casa, a un hombre muy pequeño, vestía un traje oscuro o lo que quedaba de éste, que además, lucía extravagante en su cuerpo diminuto. Llevaba puesto un sombrero gris oscuro y de su mano derecha pendía un saco lleno de botellas de vidrio que sobre su espalda descansaba. Caminaba por el callejón ubicado lateralmente a mi casa, en dirección a unos matorrales de un extenso terreno que entonces quedaba detrás del grupo de casas que conformaban el sector donde viví. Todos los días salía muy temprano y regresaba al caer la tarde. Siempre igual en una rutina cronometrada por razones de las cuales solo él era consciente. Pasaba a un lado de la casa, miraba de vez en cuando y saludaba con una sonrisa que apenas podía apreciarse entre la barba poblada. 

En el lugar que habitaba, una especie de choza hecha de cartón, laminas de zinc y maderos viejos; una gran cantidad de botellas de vidrios -entre las cuales había verdes, marrones, transparentes, amarillentas, opacas y brillantes- se apilaban por centenares o miles cual obra de coleccionista. Los comentarios no se hicieron esperar y en cada vecindario por donde “Luisito” aparecía en procura de los objetos que atesoraba, la leyenda fue cobrando fuerza. Le llegaron a ver saliendo de una de los escasas agencias bancarias después de guardar su dinero; otros aseguraban haberlo visto cuando se presentó ante el cajero de unos de esos bancos con un saco lleno de monedas para depositar en su millonaria cuenta. 

Pero, lo más curioso del personaje, es que no hablaba con nadie; tampoco era repelente o arisco, simplemente mostraba su cordialidad con el esbozo de aquella sonrisa escondida entre las barbas. 
-Es que no quiere trato con nadie porque pueden descubrirlo... -comentaban unos y otros en un pueblo donde las fantasías de otros lugares del mundo, no eran cosas extrañas. En fin de cuentas, a Ciudad Ojeda llegaron -muchas veces de la noche a la mañana- personas de diferentes geografías del mundo y con ello sus historias en sus maletas de viajero. “Yo era italiano”, nos comentó una vez a Miguel Apruzzesse y a mi, un viejo de ojos azules como el cielo y el pelo blanco como la nieve, que bien habría servido de molde viviente de San Nicolás, durante una de esas visitas de campaña electoral en uno de nuestros barrios en el siglo pasado.

“Luisito”, en realidad era mudo, razón que explicaba su sonrisa extraviada entre la barba gris, sus ademanes cordiales y taciturnos sin que de su boca saliera expresión alguna.  Del mismo modo como apareció en la ciudad, también desapareció, algunos afirman que murió quemado en su casa, porque déjenme decirles, que tiempo después de habitar por el vecindario donde antes he comentado, uno de esos días que para entonces no tenían importancia para estos fines, decidió mudarse, naturalmente sin decirle a nadie y menos consultarle su parecer, nunca más se supo de él y en realidad pocos lo recuerdan, es cierto que aún siendo el mismo mar el que nos rodea, no siempre es el mismo agua la que se bate entre las olas, su historia se quedó en el tiempo y en la memoria de unos pocos.  ¿No sería verdad que “Luisito” era millonario? ¿Qué crees tú?

miércoles, 4 de mayo de 2016

Se hunde el barco

Por: Edinson Martínez 
@emartz1 

El título de este artículo es una grata invitación al recuerdo musical de los venezolanos, una evocación melodiosa que al mismo tiempo trasciende nuestras fronteras, especialmente, en el entorno geográfico del Caribe. Es un viejo merengue de la autoría del compositor dominicano Porfi Jiménez, quien en la penúltima década del siglo pasado se hizo popular –viral, como ahora se dice- en todos los convites, fiestas y celebraciones de variado género, además de ubicarse con lugar destacado en las carteleras musicales de las estaciones radiales del país. Fue todo un éxito, sin duda alguna, y con el tiempo fue integrándose en el inconsciente colectivo de varias generaciones de venezolanos. Escuchar en nuestros días Se hunde el barco, es una placentera y sabrosa evocación rumbera. Pero cuando ese hundimiento se refiere a un hecho real y concreto, es evidente que no tiene nada de jaranero o agradable, salvo que se trate del Titanic, es decir, de la versión fílmica de su naufragio, en tanto la diversidad de emociones que despierta entre los habituales del cine. Es en la cinta cinematográfica donde un grupo de resignados músicos acompañan hasta su destino final al célebre buque que ni el mismo Dios hundiría. En efecto, hay casos así, ciertamente -y qué no hay en este mundo de vivos…-, en que los momentos finales se acompañan de una suerte de banda sonora para la eternidad. Hace algunos años leí en la crónica roja de uno de nuestros diarios, una nota informativa sobre un difunto, cuyo último deseo se remitió a solicitar un cortejo fúnebre con el acompañamiento orquestal de la famosa canción de José Alfredo Rodríguez, El Rey. El tema musical de Porfi Jiménez guapachosamente nos habla de un barco que se hunde con un cambio de rumbo y un capitán que no sabe qué hacer. Y así parece que será en nuestra prosaica vida de por estas calles –valga el recuerdo del tema musical del mismo nombre, éxito de aquellos años de crisis que ahora nos lucen como un dolor de cabeza pasajero-, con músicos y todos los que en esta nave viajamos desde 1830. 

Este barco echado al mar de la vida en 1830 –fecha de nuestra partida de nacimiento como Venezuela-, con tanto prodigio natural, que ni el mismísimo Dios tampoco habría podido naufragar, está en barrena desde hace rato por causa de su capitán de relevo. Quién habría imaginado que este país pleno de abundantes y variadas riquezas en su subsuelo, con un clima, además, envidiable -elogio frecuente a voz en cuello por nacionales de otras regiones del mundo que padecen los rigores de crudos inviernos capaces de hacer crujir los huesos- para labores del campo sin alteraciones fatales. Con una amplia costa marina de dos mil setecientos kilómetros que ya quisieran para sí muchos países, algunos de los cuales no tienen ni un metro cuadrado de playa. Y, por si fuera poco, la escasísima presencia de amenazas naturales por huracanes o fenómenos similares. Que nunca nos ha importado si el vecino de al lado es musulmán, judío o budista, porque cuando pisan esta tierra, llamada de gracia alguna vez no por casualidad, se nos hacen compadres o amigos muy entrañables, que aquí quiere decir más o menos lo mismo, y las diferencias no pocas veces se resuelven con una fría de por medio. Que el azar, para no entrar en detalles sobre que otras razones privaron, nos conformó de norte a sur y de este a oeste con modos de ser tan ponderadamente compatibles, que un maracucho cuando visita oriente se siente como en casa. Y el andino apreciado en cualquier región del país, donde sobresale por su comportamiento ciudadano. Nunca hemos estado en guerra con nación alguna, y tampoco involucrados en conspiraciones internacionales para agredir a nadie. Por décadas fuimos el destino de miles de personas que huían de las confrontaciones bélicas que arrasaban sus países, en esos momentos de desesperación nos escogieron como el lugar para vivir y probablemente morir, como muchos lo hicieron, luego de empeñarse en hacer realidad sus sueños más preciados en este pedazo de tierra ubicado entre el Ecuador y el Trópico de Cáncer. 

Cómo es posible que un país así, con todas esas ventajas naturales y de competitividad económica, porque es válido apuntar, que el gobierno de este capitán, que viene a ser el mismo del anterior, tuvo la suerte de coincidir con uno de los ciclos de expansión capitalista más largos de los últimos años –todos sabemos que el capitalismo oscila su crecimiento entre lapsos de caídas y subidas de sus magnitudes económicas, que dichas fluctuaciones le son consustanciales a su metabolismo; y no como consecuencia de una mano providencial, mesiánica, en este caso la del narciso eterno, como una vez se intentó decir-, el cual hizo posible el incremento sostenido de las cotizaciones de las materias primas a nivel internacional, beneficiándonos, en consecuencia, de los altos niveles de precios experimentados por nuestro principal producto de exportación por al menos la mitad del periodo gubernamental; cómo es posible, reitero, que este país, pueda encontrarse en el estado ruinoso y desolado que hoy presenta.

Algo malo hemos debido hacer en otra vida, me decía karmáticamente una vieja amiga, casi que resignada al mal vivir que ya otras naciones han soportado por una eternidad –cuando conversaba con ella vino a mi memoria un recuerdo vago de la lectura de Antes que anochezca de Reinaldo Arenas, escritor cubano ya fallecido, donde relata que la compañera más intima que tenían era el hambre, las personas rogaban en los establecimientos que les vendieran pollos y huevos, que estaban dispuestas a pagarlos al precio que fuera, pero se les negaba porque estos locales eran del pueblo y no podían vender a particulares…-, y que hoy son una de esas tantas personas que integran una franja creciente de venezolanos que busca explicaciones astrales, religiosas y esotéricas a la situación del país. Que por cierto, valga la referencia, en este naufragio colectivo, la abundancia de comentarios y argumentaciones de este linaje que se envían por mensajes telefónicos y redes sociales, bien podrían engrosar el acervo mágico religioso de nuestra condición Caribe. 

Y así es, el barco se hunde, mi querido capitán, intentemos ponerlo a flote los venezolanos que nos resistimos a esta locura que ha usado la política como excusa para el pillaje. Comparto con ustedes la letra del tema musical referido en el título de este artículo.  

Se hunde el barco mi querido capitán 
Se hunde el barco no lo dejen naufragar 
Se hunde el barco si usted sabe navegar 
Se hunde el barco usted nos tiene que salvar 

Si usted es marinero usted debe saber 
que el barco se hunde y no lo puede perder 
Prepare la nave que va a naufragar 
y vuelva a ponerla en su mismo lugar 

Se hunde el barco... 
Capitán, capitán 
si sube la marea 
Capitán, capitán 
vamos a naufragar 
Capitán, capitán 
procure que se vea 
Capitán, capitán 
que usted nos va a salvar 

Se hunde el barco... 
El cambio de rumbo resultó fatal 
pues olas inmensas nos van a atacar 
corrija la ruta mi buen capitán 
pues se acaba el tiempo de rectificar 

Se hunde el barco... 
Capitán, capitán... 
Se hunde el barco mi querido capitán 
Se hunde el barco olas vienen y olas van 
Se hunde el barco si usted sabe navegar 
Se hunde el barco usted nos tiene que salvar 
Se hunde el barco este barco se va a hundir 
Se hunde el barco porque usted lo lleva mal 
Se hunde el barco si usted no lo lleva a puerto 
Se hunde el barco este barco va a naufragar

jueves, 24 de marzo de 2016

El hombre cero

Edinson Martínez
@emartz1

En las afueras del  perímetro urbano de nuestras primeras ciudades -para entonces modestas y precarias poblaciones en transición al futuro anubarrado que hoy representan-, especie de suburbios del pecado, que para el goce y disfrute del amor furtivo se edificaban en torno a ellas, pasiones desesperadas, celos atormentados y amores sin porvenir,  culminaron en tragedias y ruinas personales acompasadas con las bandas sonoras de los éxitos musicales del momento. Fueron denominadas en aquellos tiempos como   “zonas de tolerancias” o “conventillos” -según o en acuerdo a cada nacionalidad-, conforme a una nomenclatura espontánea que surgía de la ocurrencia popular, evidentemente no correspondía a ninguna zonificación catastral de la que modernamente registran en el presente las autoridades de nuestras ciudades, pero a los efectos de la ubicación precisa en los andurriales urbanos de entonces, estos célebres lugares eran harto conocidos y de imperdible ubicación para propios y extraños. En uno de ellos, en fecha imprecisa entre abril y mayo de 1945, probablemente en sincronía que sólo construye el azar, al tiempo que en Europa, en torno a un tablero de operaciones estratégicas, se declaraba el fin de la segunda guerra mundial;  al otro lado del atlántico, y también, intermediando una mesa, pero esta vez, bajo el compás de la “Rubia Mireya”, tres hombres disponían del destino de un muchacho vendedor de leche a domicilio.  Uno de ellos agraviado por la afrenta de su mujer -en realidad la mujer de muchos por razones de oficio y no de amor, como es el caso que nos ocupa, y que de hecho laceraba el corazón del mancillado-,  instruía a los otros dos del delito que horas después cometerían. 

El alcohol, como dice la vieja conseja, llena de valor al cobarde -también lo expresa uno que otro tango-, de nada valdría la noche estrellada que en toda su inmensidad se ofrecía al lupanar que hacía honor al género musical preferido de sus habituales; ni el aroma perfumado que dejaba al paso cada mujer engalanada para el paisanaje noctámbulo de ocasión; ni tampoco el miedo a la ley, que tan exiguamente en aquellos años se aplicaba en el país. No era entonces de dudar, que la fechoría para satisfacción de la hombría de este personaje, se consumaría irremediablemente. Era, por tanto, desde ese instante, el fin del mozo amancebado con las caricias  de la mujer del caporal de la finca aledaña; pero, también, como el sello y cruz de cada moneda, el comienzo de la historia del Hombre Cero.  

Esa noche Pirincho,  entonado con los acordes trágicos, arrebatados, y apasionados en vodevil de mala muerte, repetía desde  la maquina estacionada al extremo izquierdo del amplio salón, los avatares de los “Tiempos viejos” -… ¿Te acordás, hermano, la Rubia Mireya?… ¡casi me suicido una noche por ella, y hoy es una pobre mendiga harapienta.  ¿Te acordás, hermano, lo linda que era? Se formaba rueda pa' verla bailar...!-. El nombre real de “Pirincho” -versión sureña de lo que aquí llamamos “pelopincho”- era Francisco Canaro; bueno, en apego a la verdad, el primero era un apodo, el segundo un seudónimo, y finalmente, su correcta identidad era: Francisco Canarozzo. Un uruguayo nacionalizado luego argentino.

A casa llena y al amparo de la luz celestial de esas estrellas que a modo de ornamentos parecieran fabricadas especialmente para espacios como estos, y en donde además,  las bombillas de colores  se repartían por doquier, complementando, en riguroso y teatral sentido, la iluminación de esta factoría de tragedias e ilusiones vanas que llevaba por nombre el del mismo género musical sureño que con preferencia se escuchaba, los dos autores de la felonía que pretendían un crimen, recibieron la promesa de pago -música paga no suena, también reza el viejo dicho- esa misma noche, junto a los detalles de la rutina laboral que en cada jornada efectuaba el repartidor de leche. Al día siguiente, una vez que saliera de la finca con destino a la entrega acostumbrada, los dos hombres -asimismo jóvenes, pero de mayor edad que el muchacho- lo interceptarían entre la zona más espesa de matorrales y lejana del caserío, allí le asaltarían, luego de trepar uno de ellos -el de mayor estatura de los hermanos atacantes- sobre el macho en que montaba y en cargas llevaba los envases con la leche. Podría decirse que la muerte jugaba agazapada esperando por el hombre cero un día impreciso entre abril y mayo de 1945.   

En el ocaso de las minas, cuando la luz del firmamento ya no era la misma; ni tampoco las bombillas de colores, ni el aroma del perfume femenino se mezclaba en el ambiente húmedo y caluroso del mismo lugar de 1945, conocí esta historia, no de boca de la “Rubia Mireya”, naturalmente,  porque en efecto, en esta tierra, aparte del petróleo, que con abundancia se ha extraído y aún generosamente sigue fluyendo, también los comentarios, las historias y leyendas urbanas, abundan con frecuencia. 

martes, 8 de marzo de 2016

Vidas paralelas en segunda edición

Leandro efectúa un depósito bancario en un viernes agitado y asaltado por el calor sin imaginar que trastocaría la vida de otras personas. A partir de allí, se activan las agujas de un reloj, que no dará tregua para conducir al lector a través de una historia plagada de sobresaltos donde el mando de la intriga no cederá hasta el último capítulo.

Vidas paralelas es una novela que plantea situaciones propias de cualquier ciudad de nuestro tiempo, sumida en avatares e interminables carreras por alcanzar un destino mejor. En ese constante trasiego de la vida, se agitan pasiones sin rubor, campañas electorales y apagones eléctricos tan recurrentes que se vuelven costumbre vital.

En esta obra Edinson Martínez ofrece una prosa fresca e incitante donde los personajes evolucionan y viven en un mundo real y humano, pero asechados desde una perspectiva  ficcional.

 “Juan Carlos escoge el mismo lugar de la vez anterior, no lo hace por azar; es por cábala que lo selecciona; coloca su carpeta entre las piernas y la abre, del bolsillo de su camisa saca el reporte de saldo que hace  unos minutos el cajero le entregó.”
Marcelo Morán


Vidas paralelas, ya se encuentra a la venta en la plataforma por internet de amazon.com 
través de la aplicación de Kindle Direct Publishing del celebre portal de ventas, también, se puede acceder a la modalidad de préstamos en linea para leer la obra. En el siguiente enlace puedes acceder a la información:   http://www.amazon.com/-/e/B01ADLV3SI  
De igual modo en mercadolibre.com en el siguiente enlace: http://articulo.mercadolibre.com.ve/MLV-472164349-vidas-paralelas-novela-autor-edinson-martinez-_JM 

Actualmente también  se encuentra disponible en las librerías del país, en Panamá y Firenze (Italia). Vidas paralelas fue publicada inicialmente en 2014, de modo que esta se trata de la segunda edición de la citada novela. Esta vez bajo una presentación del también escritor y artista plástico, Marcelo Morán, y una nueva tapa, con el sello inconfundible de J. Chemel Noguera, aspira  llegar al mercado de lectores nacionales y más allá de sus fronteras.   Puedes adquirirla en los siguientes puntos de ventas.


Maracaibo: Librerías Europa, Aeropuerto, Don Quijote y Book Shop.
Barquisimeto: Librerías El Clip, Ciencias y Antonio 2000
Trujillo: Librerías Betsy (Carvajal y Timotes)  y Omega Librería y Papelería (Valera)
Merida: Librerías Temas y Ballena Blanca

Cabimas: Librerías La gran papelería, L´Magazine Oficce (antigua Petete)  y La librería del pueblo
Ciudad Ojeda: Librerías San Agustín I y II, Sucre, Ojeda, Il Cafe, Stupendo Cafe, Mi nueva panaderia, Cafe 265, Il Bombon, Multitiendas H y D, La tienda del peluquero.
Caracas: Librerías Lido, Americana Book Shop, Nueva Chacao y Liber Caracas. 
Porlamar: Librería TecniBooks.
Aeropuerto internacional de Maiquetia:  Librerías Bookland y Urimare (zonas de transito nacional e internacional)
Puerto Ordaz: Librería Latina Orinokia
Cumaná: Libreria El Mundo del libro en sus tres direcciones.  
Panamá: Librerías Vida abundante (CC Albrook) y The Art Shop (Tienda de arte)

Italia: Firenze. Edicole Illaria, Davide, L´Areperia (via della mosca) y Piazza San Marco. 

lunes, 22 de febrero de 2016

El Jabón



Edinson Martínez
 @emartz1

La costumbre de bañarse a diario -a veces más de una vez- en nuestros países, es un antiquísimo hábito de pulcritud, heredado de aquellos tiempos remotos del guayuco o taparrabo que modestamente exhibían nuestros antepasados. Esta práctica de higiene personal llamó poderosamente la atención de quienes pisaron por primera vez nuestro continente en el ocaso del siglo XV. Es oportuno advertir -y valga la digresión explicativa, no nos vaya a salir alguno de esos puntillosos que sobre temas históricos no perdonan el menor desliz- que demostrado está que desde mucho antes de aquella aventura transoceánica iniciada en Puerto de Palos -como se nos enseñaba desde el tercer grado de instrucción primaria, en esos lejanos días en que los maestros estaban autorizados por nuestros padres a doblarnos las rodillas y/o sacarnos las lagrimas por alguna travesura u omisión académica- hacia ésta parte del mundo, otros ya habían pasado revista con relativa asiduidad a los predios exóticos de lo que hoy en día es el continente de las mayores desigualdades sociales del planeta. Pues bien, siendo el baño frecuente una novedad de ostensibles beneficios sobre nuestro cuerpo, su higiene, y naturalmente, el olor que emana de este, no dudo en pensar que fue bien acogida por los conquistadores europeos, y como se acostumbra decir por estos días, fue nuestro legado para ellos, que dependiendo del cristal con que se mire el asunto, podría incluso ser una de nuestras mejores herencias para el viejo mundo. 
Pero como en todas las sucesiones, los beneficiarios -¡y beneficiarias!, diría uno de estos maniáticos de las precisiones del género y no del idioma- pueden optar libérrimamente por tomarlas o asumirlas, según sea el caso; o bien, rechazarlas, desentendiéndose de este modo del legado que a otros ha costado ingentes esfuerzos. Hace algunos años fui a Margarita, cuando tomar el sol en alguna de sus playas era una experiencia babélica, al subir al avión de regreso, una de las azafatas que por protocolo y cortesía aeronáutica recibe a los pasajeros, mostraba un semblante rígido, carente de la sonrisa de rigor. Firme, elegante y espigada como una mata de coco nos saludaba con sus buenos días; sin embargo, evitaba meter -sería mejor decir, evitaba dirigir su mirada, suena como más poético- su cara hacia el interior de la aeronave. Adentro con nuestro calorcito tropical expresado al máximo, una legión de caras rubias y cabellos de tonos Igora Royal 9FA, generaban un atmosférico* ambiente cargado de un vaho encebollado que súbitamente me hizo comprender la razón de la mirada esquiva de la aeromoza. Había casi olvidado aquella escena de finales del siglo pasado, pero hace unos días volví a recordarla en medio de una interesante y estimulante aventura -de qué otro modo podría calificarse una experiencia como ésta sino es a partir de la nueva interpretación de la realidad según la perspectiva que nos ha legado el finado, donde lo feo es bonito, lo malo es bueno, la guerra es la paz, una mentira la verdad, las colas una ficción, y la inseguridad una sensación- de una semana en cola, léase bien, una semana, para comprar una batería a mi carro que justo el 31 de diciembre me dejó varado. La mezcla de aromas, tufos y tufillos que la ausencia de jabón primero, y luego, desodorante –ese maravilloso invento de la modernidad para corregir nuestros defectos de fábrica- que fueron acumulándose al calor de los intensos rayos solares de esta región del mundo, democráticamente nos fue igualando a todos bajo la misma condición mal oliente. 

Cuando era niño solía venderse en todos los comercios, además con una abundante publicidad en medios impresos y audiovisuales en el país, un jabón de tocador conocido como “Salvavidas”, lo recuerdo de un color anaranjado, de forma hexagonal y muy duro al tacto, tenía un olor extraño, un aroma a no sé qué cosa horrible, muy desagradable, que al compararlo con los otros jabones disponibles en el mercado, bien podría emplearse para uso de mascotas, hasta su forma, pero principalmente su olor, remedaban las mismas propiedades de aquellos indicados específicamente para tales usos. Pues bien, en esos días de cola llegué a extrañar el “Salvavidas”, comienzo a recordarlo hasta con cariño, en una especie de nostalgia que se reconcilia con el pasado a la que Milan Kundera en su insoportable levedad del ser dedica en no buenos términos parte de su contenido. Sin embargo, ¡Qué maravilla sería tener ahora un Salvavidas! 

Llega a mi memoria un episodio jabonoso de hace algunos años, anecdótico como ha sido esta breve crónica,  para la primera mitad de la década de los 80’. Estando de visita por razones laborales en una empresa transnacional, petrolera, mientras esperaba el turno para ser atendido, en la sala de recepción una joven secretaria nos recibía a todos con exquisita  cordialidad. Al cabo de unos minutos, tal vez un cuarto de hora, un hombre muy grande, inmenso de largo y ancho, hizo su entrada en la pequeña oficina. Enseguida lo reconocí, con frecuencia era noticia en la prensa regional, nunca lo había visto en persona, pero su cara, fácilmente identificable por un bigote grueso como una brocha de tres pulgadas, además de unos anteojos de carey que no sé  por qué hacían juego con su peinado hacia atrás estilo Brylcreem. Se acercó diligente, ágil -como no se imaginaría nadie que lo viera a primera vista-, hasta la chica recepcionista.  Supe en el acto que se trataba de don Pedro Gauna Moreno, un veterano dirigente sindical de aquellos años,  por el trato hacia la chica concluí que la conocía, y luego del saludo con las cortesías zalameras de obligado cumplimiento –todos los visitantes, dos o tres personas, observamos callados-, el personaje público,  sacó de uno de sus bolsillos grandotes del también mayúsculo pantalón de caqui, un par de jabones de tocador marca Cadum -era el jabón cosmético de moda, perfumado y con bonita forma que a efectos subliminales a mi me parecía estar viendo a Susana Giménez  con su shock de frescura-.  Era evidente que se trataba de un halago, la joven tomó el par de jabones, recuerdo eran de empaque verde, y los guardó discretamente en su escritorio. De inmediato, don Pedro entró raudo a la entrevista, antes -por supuesto- de quienes habíamos llegado previamente. Rato después, regresó y se despidió de la oficinista con la misma zalamería del comienzo. En esos tiempos -y en el presente con mucha más razón dada su ausencia absoluta de los anaqueles de toda clase de mercados en Venezuela-, los jabones abrían puertas.  ¡Qué bueno sería tener ahora uno de esos Cadum, aunque también vendrían bien un par de  Salvavidas!

 *.- Expresión de mi amigo Chemel Noguera -músico melenudo poseído por el rock, y diseñador gráfico de alucinante creatividad- para describir una situación particular fuera de lo común.