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viernes, 30 de diciembre de 2016

Una belga en Ciudad Ojeda

Una belga en Ciudad Ojeda
Crónicas perdidas
Por: Edinson Martinez
@emartz1


"No existe lugar en el que puedas estar, que no sea el lugar donde te tocaba estar".
John Lennon



Resultado de imagen para persona anciana caminando
Esta ciudad ha visto discurrir sus días, que luego han sido meses y, finalmente, hasta nuestro tiempo, ochenta vueltas al calendario las que se han sumado desde aquellas atribuladas fechas cercanas a la muerte del dictador más longevo del país, y por derivación, al ingreso de Venezuela, como bien dicen algunos, al siglo veinte.  En realidad, no es tanto el tiempo transcurrido, si con apego a las proporciones de otras latitudes tuviéramos que compararla; si conforme a las razonables expectativas de vida tiene cualquier persona, o más aún si hubiéramos de contrastarla con ciudades aledañas a su propio entorno geográfico, donde muchas de ellas llegan a acumular tres o cuatro centurias desde su fundación. Es, en efecto, principal y objetivamente hablando, una ciudad muy joven, de dimensiones modestas, calurosa y apacible, como pocas, refugio de gentes de lenguas extrañas que por el petróleo, el azar, o las carambolas –que viene a ser más o menos lo mismo–, de las que nadie está exento en la vida, llegaron y se quedaron para siempre. Para ellas, el mundo cabía en dos calles, luego, años después, en dos avenidas; Bolívar y Alonso de Ojeda, rectoras viales que todavía siguen orientando el crecimiento urbano del anterior caserío.  

En uno de esos días imprecisos de septiembre… –¿octubre?–  en que el cielo parece exprimirse hasta la última gota de lluvia, la vi correr buscando amparo bajo el techo de alguno de los locales comerciales de la avenida. El clima por esta época, sabiéndolo de sol caliente, no deja de ser caprichoso por momentos, como el humor de aquellas personas que van de la euforia a la iracundia, no sabiendo uno con certeza qué esperar de ellas en ciertas ocasiones. Asimismo, el sol por estas latitudes, de vez en cuando se permite ceder sus habituales rayos a una intempestiva lluvia sin que los registros meteorológicos lo adviertan a tiempo; exóticos comportamientos climatológicos a los que ya nos hemos acostumbrado irremediablemente. Entre el asfalto y la acera, el agua corría a raudales no sin atrincherarse en algunas de las deformidades del pavimento para formar varios de los lodazales que el sol luego secaría.  Con una agilidad propia de persona de menos edad, saltó de un brinco el charco formado súbitamente, uniéndose en fraternal encuentro a quienes también buscaban la protección de un techo. El pelo corto sobre su cuello largo, se movía para todos lados, ondeaba cenizo con el viento húmedo de la mañana temprana de aquel día. Sujeto a su hombro derecho pendía un bolso que con fuerza pegaba a su cuerpo liviano para evitar extraviarlo ante el esfuerzo intempestivo. Mientras pude la seguí con la vista hasta perderse entre el grupo de personas que se habían agrupado evitando el temporal. Con el paso de los días aquella imagen se fue desvaneciendo en mis recuerdos, el desplazamiento apresurado de la gente y los gestos que involuntariamente hacían procurando guarecerse, son rutina que fácilmente se almacena como datos prescindibles en la prodigiosa mecánica cerebral que los registra como archivos. Pasaron días, semanas, también meses, y no podría precisar si uno o dos años cuando nuevamente la vi. Atravesaba presurosa –como antes–  la misma avenida, siempre con el bolso y el cabello a igual altura. Sin embargo, lucía más delgada, o la ropa era de una talla ligeramente mayor, podría ser, incluso, esa dieta que ya sabemos el nombre asignado por estos días a la baja súbita de peso. Caminaba en dirección a una de nuestras calles transversales del centro de la ciudad.  En el paisaje humano de las ciudades, los rostros se van mezclando, confundiéndose, y nos vamos haciendo anónimos en la medida en que el inevitable crecimiento demográfico construye una nueva arquitectura social, donde, cada quién, entonces, pasa inadvertido entre la multitud, entre los sudores y humores humanos y, en el que un semblante, en ese hormigueo errabundo, pareciéndonos familiar, no significa nada porque sólo es la consecuencia del acervo fantasmal que llevamos dentro todas las personas. Hace un par de semanas, un sábado corriente por la tarde, me animé a tomar un café en una de las panaderías del centro, al llegar ahí, en el área del mostrador, que sólo tiene espacio para tres o cuatro sillas para los privilegiados que al momento tengan la fortuna de conseguir una disponible; en uno de esos asientos, la anciana tomaba un café junto a un “cachito” –croissant, para el buen decir de ella–. Sus pocos frecuentes ojos azules entre el paisanaje, se voltearon a mirarme cuando me senté en la silla justo a su lado.
–Buenas tardes, ¿cómo está? –atiné a decirle, como es, además, mi costumbre, tanto por cortesía como por ese acto reflejo que la urbanidad por fortuna nos ha impuesto.
Buenas tarrdes, señorr –un rostro surcado por diminutas arrugas, finas como hilos que se extienden desde las comisuras de sus labios delgados hasta la barbilla y, también, en el contorno de aquellos ojos claros, respondió mi saludo, mientras sujetaba entre sus dedos gruesos el «cachito» vespertino. Al hablar advertí un acento extraño, que no era italiano, como en cierto momento llegué a juzgarla por su apariencia. Tampoco inglés, y antes que seguir cavilando me atreví a invitarle lo que enseguida delató su origen: un croissant, pronunciado en inconfundible francés.
–¡Sí, otro croissant, por favor, muchas gracias, señorr! –me dijo.
–¿Cómo se llama usted? ¿Es francesa? –le pregunté.
–No, soy belga, Mi nombre es Élie, hace sesenta años que llegué al país y un poco más de cincuenta aquí, en ésta ciudad, y todavía me persigue ese tono medio rarito cuando hablo… –me respondió con una ligera sonrisa, arrastrando en contracción la “r” que estrella la punta de la lengua contra el inicio de la cavidad bucal.  ¡Una belga en Ciudad Ojeda! ¡Quién iba a pensarlo! Me dije internamente. Probablemente sea la única persona de esa nacionalidad en la ciudad. Por un momento había imaginado que era francesa, no sin dejar de acotar que habría sido asimismo una sorpresa encontrarse una persona de ese origen, cuando comúnmente nos llenamos de italianos, españoles, portugueses, chinos y recientemente árabes por montón. Pero, ¡una belga!, esa sí era una sorpresa.
–¿Cómo fue que llegó una belga a Ciudad Ojeda? –le insistí, mientras me tomaba el café. Es una mujer muy activa, tiene un andar muy ágil y un cierto aire juvenil cuando sonríe.
–Me casé con un polaco, en Europa, ya murió, hace varios años, él me trajo a vivir aquí cuando vino a trabajar en las petroleras. Tengo tres hijos, y cinco nietos, aquí moriré –me dijo con su acento tan particular, como cuando uno escucha el doblaje de una película que busca emular el tono afrancesado de las palabras; una cadencia melodiosa que obliga a la lengua a trabarse en algunas consonantes y a expulsar la voz con ese toque seductor en un acorde extendido de las vocales. Es una percepción, evidentemente, subjetiva, derivada probablemente de la influencia filmográfica francesa que eventualmente se proyectaba en nuestros cines de pueblo décadas atrás. Las escenas románticas tenían ese acompasado inspirador que luego ha servido para mofar el acento francés.  
–… Uno pertenece al lugar donde vive, no donde ha nacido… Cuando uno crece y se hace mayor en un sitio diferente, todo lo que ha construido en la vida se encuentra allí, lo demás son sólo recuerdos, a veces nos llegan a la mente, pero nada podemos hacer. Son como un aroma, un perfume que nos pasa repentino por la nariz, y nada más… –continuó hablándome, lo hacía espontáneamente, como en automático. Simplemente la escuché, dejé que expresara con libertad esa especie de sentencia con ribetes filosóficos que iba desgranando.
–Sí, así debería ser… –dije, por último, asintiendo con una declarada concesión a su meditación. Nada había que agregar. Me quedé pensando por unos segundos, y luego de una pausa común, nos despedimos con la misma cortesía que nos había encontrado hace unos minutos. Tras esos ojos del color del cielo nos miran ochenta años de historia, alguna vez tuvieron el embrujo de domar corazones, hoy de atesorar recuerdos entre los linderos de una nostalgia que busca evitarse. De vez en cuando la veo, veloz y diligente, como siempre, perdiéndose entre las calles tras los quehaceres que cada día le convocan. Pasado el tiempo, supe que aún se ganaba el pan en oficios domésticos. Se resiste a dejar de trabajar pese a sus años.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Hoy es el fin del mundo

                                                  “Para todos los que por mi mente han pasado mientras escribo este fin del mundo”
Edinson Martínez
@emartz1


Imagen relacionadaSi hoy es el fin del mundo, como tanto se ha dicho, probablemente nos lleguen esos minutos finales tratando de hacer las cosas que nunca hicimos en toda una vida. La mayor de las ironías será decir que nunca tuvimos tiempo para ello. Habrá quienes escojan ir de compras por el antojo postergado por años. Viajar al destino soñado.  Hartarse de la comida preferida o simplemente   estrenarse aquellos zapatos reservados en el closet para la ocasión especial. El último momento puede ser tan personal, íntimo y egoísta –en el mejor de los sentidos que ésta condición pueda tener–,  que dedicado enteramente a la satisfacción individual,  hasta una aspiración colectiva expresada por alguien singularmente, la convierte en “su” último deseo.

Por mi parte, hombre sin grandes propósitos mundanos, aprovecho  para escribirte ésta cuartilla de pendejadas que sólo se le ocurren a uno cuando se imagina el fin de los tiempos.  Decidí enviártela, hoy temprano, para que tengas tiempo de leerla antes de  hacer lo que  ya tienes dispuesto para tan valiosos instantes.

Hace un par de noches, mientras aguardaba que la electricidad retornara luego del apagón de rutina, me asomaba por la oscuridad de una ventana desde donde puedo ver caminar a  las personas a cualquier hora del día. Siempre hay gente en las calles, no se qué hacen a horas y deshoras, pero siempre las veo ir de un lugar a otro. Algunas veces van deprisa; otras, a paso lento, como seres distraídos que llevan sus historias de paseo en cada madrugada. En el cielo lleno de puntitos que todos sabemos son cuerpos celestiales sin el resplandor de la luz eléctrica, como el de hace dos noches, me acordé de ti, de vez en cuando lo hago y simplemente es un destello fugaz en mi pensamiento. 

Aquellos segundos -tal vez sea por la noche de estrellas, el ocio cultivado mientras retorna la luz, los buenos momentos de la vida o todas esas cosas a la vez-, mirando desde la oscuridad terrenal del pequeño lugar que ocupo en el universo,  se extendieron primero por unos minutos, y luego por un rato un poco más largo. Entonces, igual que ahora,  te siento  una estrella lejana, como esos luceritos destellantes que puede uno creer se encienden cuando los ve distantes en la inmensidad. Se esconden entre las nubes y uno los vuelve a ver, sin tener la certeza de que son los mismos de ayer.  Este día me llevará escribiendo para ti sobre aquella noche, desenfrenado para ganarle al tiempo que nos resta,  comiéndome desaforado los puntos y las comas en cada uno de los versos de ahora; están ellos perseguidos por el hechizo de la medianoche que nos invade irremediablemente, especie de sentencia que atormentaba las horas felices de La Cenicienta -ahora comprendo la angustia de saber el tiempo que nos queda-. Aquí dejaré  mi devoción final. Si hoy es el fin del mundo, aquí estaré frente al teclado, esperando como un rival ardiente, los minutos culminantes de esta larga travesía que ha hecho de la vida un sueño.


Nota: Este artículo, breve crónica, escrita primero a mano por la ausencia de electricidad,  y luego en computadora, lo hice el 12/12/2012, en medio de  lo que todos llamaban el fin del mundo